En la medida que hemos evolucionado como sociedad, la solidaridad ha ido transformándose, por ejemplo existía en Roma el patronaje de personas poderosas que apoyaban a los individuos de menor estatus social a cambio de lealtad y servicios, también estaban presentes los evergetas que donaban dinero para financiar proyectos públicos como la construcción de edificios, o la realización de festivales; hoy gracias a la evolución social y económica, esas ayudas de privados se realizan a través del Estado que cobra tributos a las personas pudientes y a las empresas.

  1. Durante la tragedia de Armero en 1985, miles de colombianos donaron alimentos, sangre y refugio. La nación entera se unió para aliviar el dolor colectivo.
  2. En la pandemia de 2020, comunidades rurales compartieron sus cosechas con familias urbanas. Nació la “cadena solidaria campesina”, símbolo de empatía y resistencia social.
  3. Tras el huracán Iota en Providencia, jóvenes voluntarios reconstruyeron viviendas y escuelas. La solidaridad nacional demostró que la unión supera cualquier adversidad natural o social.

Debo recordar que esa solidaridad que invoco está instituida en el artículo 95 de la C. P. con claridad impone: es un deber de la persona y el ciudadano, nos corresponde vincularnos con nuestro propio esfuerzo en beneficio de otros.

Hoy escribo invocando la generosidad y la solidaridad que deben existir aflorar en el corazón de todos, porque poseemos valores altruistas y una cultura de servicio que brota sin necesidad de ser llamada. Como diría alguien, la solidaridad es como la sangre: llega sin necesidad de que se le convoque.

Dedico estas letras para que no exista esa apatía que aparece en los momentos difíciles de las personas, cuando padecen situaciones de emergencia, donde es escasa la solidaridad porque prima el comportamiento facilista e irresponsable, que resumo con la siguiente frase: “No se meta a ayudar, deje así, no es su familiar.” Entonces no damos apoyo para enfrentar las situaciones críticas que padecen otras personas. En esos momentos no debiéramos ser indiferentes, como cuando se ataca a una persona indefensa, ocurre un accidente de tráfico o se presencia un incendio pudiendo auxiliar a las personas o salvar bienes, o cuando una persona mayor necesita ayuda en un medio de transporte público.

En estos duros momentos debería primar la solidaridad como valor individual, a favor del desprotegido que se encuentra en situación de debilidad.

Pregunto:

¿conocíamos esta obligatoriedad, estamos decididos a actuar como nos lo exige la norma suprema que nos gobierna a todos?

Si no lo sabíamos, preparémonos para actuar de manera correcta, para proceder con empatía y apoyo. Demostremos que nos importa la situación que sufre la otra persona, bien sea escuchándola, dándole apoyo emocional, ofreciéndole ayuda práctica y, en especial, mucho respeto y discreción, reverenciando su espacio íntimo y demostrándole que estamos presentes y que nos importa su dolor.

La solidaridad no puede sernos extraña. Desde los escritos de Homero —la Ilíada y la Odisea— se narra y destaca la solidaridad, la hospitalidad y la lealtad entre los héroes griegos, valores que debemos seguir y hacer relevantes hoy. La indiferencia nos hace daño: debemos articular la civilización y la cultura, donde la primera es la forma material y tecnológica de una sociedad, y la segunda, su marco espiritual.

Jorge Enrique González Rojas