Después de ver varias casas que se ofrecían en los clasificados del periódico, decidieron comprar una de dos pisos, amplio frente y área respetable, cercana a una avenida principal. La edad de la casa rondaba no más allá de los cuarenta años, y se le habían introducido varias reformas en la fachada que la distinguían por mucho de las demás casas del vecindario, en su mayoría discretas construcciones de modesta y parca arquitectura. Su interior también había sido enlucido con gusto. Esos detalles enamoraron tanto a los compradores como la nota de distinción en el frontis del inmueble, que decidieron cerrar la negociación.
La residencia había estado deshabitada por lo menos dos años, pero se le hacía mantenimiento y limpieza constantes. Un vigilante la aseaba los fines de semana y se encargaba de mostrarla los días festivos. Sin embargo, era posible concertar previamente una cita para verla en semana.
El día que les hicieron la entrega material de la propiedad, una vecina oficiosa les comentó que la casa la había desocupado la familia Ríos hacía más o menos dos años, por el problema de la niña Juliana. La mujer, dicharachera y de lengua fácil, se sintió encantada de poder explayarse en los pormenores del ‘problema’ de la mentada niña.
El caso es que una mañana Rosa, la madre de Juliana, fue al cuarto de su hija para despertarla, y al traspasar la puerta se quedó extática en el umbral de la pieza, pues sintió un viento helado y con él una fuerza extraña que le impedía avanzar un paso. Juliana, tendida en el lecho, presa de fuertes convulsiones, balbucía una retahíla de palabras incoherentes con un tono de voz grueso, áspero y cavernoso que nada tenía que ver con su dulce vocecita, que se alcanzaba a oír pidiendo ayuda en los breves intervalos que cesaba el vozarrón. Cuando la petrificada madre oyó que le vociferaban “¡Vete de aquí, perra! ¡Este territorio es mío!”, se sacudió de su marasmo, dio media vuelta y salió corriendo de la habitación dando un portazo.
Esa mañana el padre de Juliana no estaba en casa pues era su semana de trasnocho en la fábrica de plásticos. Rosa decidió llamar a la fábrica, pero el desespero y la angustia le hicieron olvidar el número de la recepción. Armándose de valor y encomendándose a todos los santos, decidió regresar donde Juliana. Cuando entró, cosa inverosímil, en el cuarto estaba nevando.
–Mamá, ¡tengo mucho frío! –gimoteó la niña, tiritando bajo las cobijas–. ¡Ayúdame, mamá, ayúdame!
En seguida, de su misma tierna boca tronó la tenebrosa voz:
–¡Vete, maldita! ¡No me retes!
Rosa, aterrada, salió del cuarto y corrió a la calle a pedir ayuda. Una anciana ciega a quien por poco se lleva por delante, la detuvo al tiempo que le decía que estaba perdida. Rosa, resoplando, se excusó con la mujer, quien le preguntó por qué corría.
–¡Es que a mi hija le sucede algo horrible! –chilló Rosa.
–Lo sé, lo sé –dijo la anciana en tono sereno–. Por eso decidí salir a prestarle ayuda, y me perdí.
En ningún momento del breve cruce de palabras entre las dos mujeres se mencionó lo que le sucedía a Juliana, dado que Rosa, sin saber por qué, dio por sentado que el “lo sé” de la anciana era fehaciente prueba de que en verdad sabía lo que ella misma desconocía.
La extraña mujer le pidió a Rosa que la guiara a su casa, y ya en ella, que la condujera al cuarto del segundo piso, del que se escuchaban desde las gradas terribles gritos y golpes.
–¿Cuántas personas hay en la casa? –preguntó la anciana.
–Mi hija y yo, y con usted, tres.
La anciana abrió la puerta y traspasó el umbral sin problemas. Rosa, temiendo lo peor para la anciana, se quedó en el pasillo, a escasos pasos de la puerta, desde donde escuchaba la infernal batalla verbal que se entabló entre la anciana y lo que fuese que le gritaba “¡Vete, perra, vete!”, a lo que ella le replicaba con no menos brío e incluso en tono más alto. Tras unos minutos de bestial barahúnda, la anciana salió y le pidió a Rosa:
–Necesito una cuchilla limpia, una mota grandecita de algodón o un pedazo de gasa, un poco de alcohol y una o dos curas.
Esperó a que Rosa volviera con su pedido, y regresó a la pieza. El torrente de gritos, insultos y palabras soeces de parte y parte fue esta vez espeluznante. De repente se hizo una calma total. El frío que salía del cuarto cesó. Tras unos minutos de suspenso, la anciana volvió con algo en las manos envuelto en el algodón impregnado de sangre.
–¿Cómo está Juliana? –le preguntó Rosa, al borde del colapso.
–Ella está bien. En un momento puede usted pasar; pero antes consígame una tapa metálica y un fósforo. – Al ver los ojos como platos de la madre, creyó necesario decirle–: A la niña le estaban haciendo maleficio.
Rosa, andando a trompicones, fue por la tapa y el fósforo. La anciana vació un poco de alcohol en la tapa metálica, introdujo en él el algodón sanguinolento y encendió un fósforo que acercó al envoltorio, que ardió de inmediato. Dentro de aquel amasijo algo se retorcía tratando de escapar; pero en segundos el fuego consumió el algodón y la aberración que estaba adentro. Acto seguido, con una sonrisa de satisfacción, la mujer dijo a Rosa:
–Ya puede pasar a ver a la niña.
Rosa entró y se aproximó al lecho, donde yacía Juliana con un aura de serenidad en el rostro y quien le dijo con tensa voz: “Mamá, ¡fue algo horrible!”. Las dos se abrazaron y rompieron en llanto.
–Ya pasó todo, mijita –la tranquilizó la madre, acariciándole el rostro con ternura–. Esa señora que encontré en la calle te salvó.
En ese instante la anciana ciega daba cautos pasos por el pasillo a medida que tanteaba con una mano la pared, en busca de las gradas para descender al primer piso.
–¡Espéreme! –le gritó Rosa, que escuchó el arrastrar de los cansados pies–. Yo la ayudo.
Cuando las dos mujeres bajaban lentamente los escalones tomadas del brazo,
la misteriosa mujer le dijo a Rosa casi en un susurro:
–Yo creo que deben abandonar esta casa. Hay en esa habitación una fuerza maligna que detecté en cuanto entré.
Una vez abajo, la anciana manifestó que tenía que irse porque la estaban esperando. Al preguntarle Rosa dónde vivía, le dijo que “en la casa de la esquina”, y le rogó que la llevara; que ella había dejado entreabierta la puerta. Salieron, pues, juntas, y nuevamente tomadas del brazo recorrieron un corto trecho hasta las puertas de una casa blanca de balcón, frente a las cuales detuvo sus pasos la anciana y dijo a Rosa que allí vivía, y abriendo torpemente una de las naves que, efectivamente, estaba entreabierta, entró y la invitó a entrar.
Una vez en el interior de la vivienda la mujer se movió como pez en el agua, dado que debía de conocer palmo a palmo todos sus rincones. Invitó a Rosa a que tomaran asiento en una salita con una pequeña mesa de centro de madera, y ya frente a frente, muy amablemente le dijo que estaba dispuesta a responder a todas sus preguntas. Rosa no se hizo de rogar, y la atosigó con un diluvio de interrogantes.
–¿Qué le pasaba a Juliana, señora? –comenzó, y sin darle tiempo siquiera a abrir la boca soltó uno tras otro–: ¿Quién le quiere hacer daño? ¿Qué fue lo que le sacó y que llevaba en el algodón? ¿Quién es usted? ¿Cómo llegó hasta nuestra casa si usted es ciega? ¿Por qué…
–Oh, son muchas preguntas, querida –la cortó la anciana–. Por favor, venga más tarde y le contaré todo. –Suspiró–. Ahora estoy muy agotada. Pelear con ‘él´ es demasiado para mi edad. –Y le reiteró–: La espero en la tarde.
Efectivamente, esa tarde, en la misma salita, la anciana le dijo estas extrañas palabras:
–Él inocula culebritas de maldad en seres de luz indefensos. Su hija se salvó a tiempo, pues ha de saber que en muchos casos esa culebrita crece tanto en el seno de su hospedero, que termina por devorarlo. Pero el bicho que eligió a su hija no había penetrado aún por las fisuras del cráneo; porque eso es lo que primero busca: romper las uniones de los huesos del cráneo para comerse los sesos, su manjar predilecto.
Rosa no quiso oír más. Se puso de pies con violencia, salió de la vivienda y corrió a su casa. Nada más trans puesta la entrada oyó que Juliana la llamaba repetidamente en tono angustioso. Rosa, subiendo de dos en dos los escalones corrió al lado de su hija.
–Mamá, ¡tengo mucho miedo! –gimoteó Juliana–. ¿Quién era esa señora que me rajó la cabeza? ¡No quiero ir a estudiar! ¡No quiero dormir más en este cuarto! ¡Sácame de aquí!
Rosa notó que la cabeza de Juliana tenía un pelón y en él había una pequeña cicatriz.
–Mamá, ¿recuerdas que el otro día te conté que había como una sombra que se movía en el cuarto, daba vueltas alrededor de la cama, iba y se miraba en el espejo y luego se sentaba a mi lado? –Rosa asintió, sin dejar de acariciarle las manos y mirándola a los ojos. Juliana prosiguió–: Pues has de saber, mamá, que esa sombra que nunca me hizo nada, hoy trató de estrangularme y bregaba a metérseme por la boca. Tenía unas manos grandes y flacas pero no tenía cara. Me gritaba que abriera más la boca y yo más la cerraba. Entonces, me mordió arriba de la sien y me desmayé. ¡Mamá, vámonos de esta casa, por favor!
Al día siguiente en la mañana, cuando Miguel, esposo de Rosa y padre de Juliana, llegó a casa una vez cumplido su turno de trabajo en la noche, y escuchó estupefacto lo que atropelladamente y a dos voces le narraron madre e hija, montó en cólera y, rojo de la ira, bramó:
–¡Esto no puede ser! ¡Vayamos ya mismo a hablar con esa vieja!
Y para allá se fueron, caminando a grandes pasos. Tocaron repetidamente en la puerta de la casa esquinera que les indicó Rosa, hasta que les abrió una mujer de mediana edad. Rosa le preguntó por la anciana, y la mujer respondió secamente que allí no vivía ninguna anciana, sino solo ella y su esposo. Y cuando se le inquirió si aquella puerta solía estar entreabierta, aseguró que siempre, ¡siempre!, la puerta estaba cerrada, y en tono ya más amable los invitó a pasar. Así lo hicieron, y cuando, sentados en la misma salita que ya conocía Rosa, la mujer escuchó de sus labios la tenebrosa historia, quedó más asustada que quienes habían vivido semejante angustia.
Juliana fue llevada a la sala de urgencias del hospital, y el médico que la auscultó corroboró que se le había hecho una incisión en el cuero cabelludo y que las juntas de los huesos occipital y temporal estaban raídas. La cosa, dijo, era delicada pero no grave. Y creyó necesario preguntar:
–¿Qué le hicieron a esta niña? –y a renglón seguido advirtió a los padres–: Si alguien la atacó hay que instaurar una denuncia.
Desinfectó la herida y le cosió dos puntos. A continuación expresó, con alivio:
–Aparentemente no hay infección; pero debe de tener un terrible dolor de cabeza. –Le recetó un analgésico e hizo la siguiente observación–: La niña va a presentar algo de sueño, por lo cual sería mejor que no fuese a estudiar hoy –y expidió una excusa para la directora de la escuela.
Una semana más tarde la familia Ríos entregaba la propiedad a la agencia de arrendamiento, que fue benévola con ellos al escuchar sus razones y los eximió de cobrarles lo pactado por dar por terminado el contrato antes de la fecha prevista.
Pero el trauma que sufrió Juliana minó preocu- pantemente su salud física y mental, lo que obligó a sus padres a ponerla en manos de un parasicólogo. El
‘maestro’, después de muchas sesiones con la niña, concluyó que ella había tenido contacto con un ser elemental. Y al ver el desconcierto en los ojos de sus padres les soltó la siguiente perorata:
–Los seres elementales inmateriales, conocidos como duendes, silfos, gnomos, son por lo general inofensivos. Eso sí –aclaró–, pueden hacerles creer a las personas que atormentan, que en realidad son de carne y hueso. Ellas los ven desplazarse de un lugar a otro de la habitación donde duermen, o cambiar de vestido rápidamente, o ir hacia ellas de repente y en un segundo estar lejos. – Hizo una pausa para que sus oyentes asimilaran lo que tan difícil era asimilar. Satisfecho, les comentó lo que en verdad les interesaba–. El problema aparece cuando uno de estos seres frecuenta lugares del bajo mundo, el Inframundo. En esa otra dimensión hay espíritus repudiados que siempre están haciendo el mal.
”Hay personas que tienen el don de hacer viajes astrales en las noches. Como desconocen estas cosas, su mente rechaza el ver su cuerpo terrestre sin ente, abandonado a merced de cualquier espíritu burlón que quiera apoderarse de él. Aquí surge el conflicto. –Suspiró, y agregó, comprensivo–: Yo sé que todo esto es difícil de digerir, pero la idea es esa.
Los padres de Juliana no quedaron nada tranquilos, pero aceptaron la explicación.
* * *
–¿Piensan ustedes vivir allí? –preguntó la parlanchina vecina a los flamantes nuevos propietarios luego de su prolijo relato de tan inquietantes hechos; y sin esperar respuesta declaró–: Yo no se los aconsejaría. Abran allí un negocio o una oficina. El problema aparece cuando hay niños o jóvenes. A las personas mayores no las tocan.
II
Pero, ¿será cierta esa historia? –preguntó a su marido la nueva dueña de casa, sin poder ocultar un dejo de inquietud–. ¿No se habrá excedido en el cuento la vecina? Eso suena inverosímil. Y sin embargo –reflexionó–, ella dice que la cosa salió en los diarios con un titular impactante: “Segunda versión de El Exorcista”.
–Lo mejor en estos casos es quedarse callado y esperar que las cosas sucedan –opinó el marido–. Si alborotamos el avispero comentando lo que ella nos dijo, tal vez no podamos vender la casa cuando queramos. Así que a lo hecho, pecho.
En fin de cuentas, lo de la historia qué más les daba, si su propósito no era vivir en la casa. Por su ubicación, por sus grandes espacios y su disposición en la casa, en ella montarían la agencia de publicidad. La segunda planta era ideal para instalar las máquinas de impresión láser y el taller de ensamble.
Una corrección en la fachada, un cambio de color y unos vistosos parasoles mejoraron el aspecto de la casa, cuya amplia área frontal servía de parqueadero para varios vehículos. Cuando todo el montaje estuvo a punto, la agencia de publicidad abrió sus puertas en mayo de ese año.
Era el segundo y grande despegue de la agencia de publicidad “Materializamos su idea”, nombre idéntico al de su lema. Muchos contratos, innovación en los diseños, muchos clientes fieles caracterizaban a la empresa que subía como una palma en cuyo alto los cocos no cabían.
Todo marchaba a la perfección, hasta el día en que el jefe de producción solicitó a alguno de su personal trabajar en la noche en una labor específica, pues al día siguiente deberían entregarse algunas importantes piezas de gran calidad.
–Yo me puedo quedar… –dijo Aníbal, pero exigió–: si alguien más me acompaña. No sé por qué no me atrae la idea de quedarme de noche solo en este salón. –Se refería al espacio que alguna vez fue la alcoba de Juliana.
”Aquí he estado solo varias veces, y siempre, pasada la medianoche, me da la impresión de que alguien me está mirando. Es una sensación extraña y molesta, créanme; tanto, que hace que uno se erice. –Animado al ver que el grupo era todo oídos, Aníbal se atrevió a dar más detalles de su experiencia, y prosiguió–: Si cambio de sitio la sensación merma y se esfuman mis aprensiones, pero paso por alto el hecho de que si estoy de frente o de espaldas a cierta pared, reaparece la sensación de que soy espiado. En varias ocasiones he sentido la presencia de un ser inmaterial que me observa muy de cerca, y he llegado a pensar que quiere decirme algo. –La audiencia lo escuchaba con cordial interés, pero Aníbal decidió avivarlo diciendo–: En una ocasión sentí que ‘eso’ intentaba apagar el interruptor de la impresora láser. Ya ven por qué no me quiero quedar solo.
–Bueno, sencillo –decidió el jefe de producción–: Esta noche se quedan a trabajar los cuatro.
Después de comer algo, y antes de las diez de la noche, sus colegas le hicieron varias chanzas a Aníbal, pero él no se inmutó.
–Esperen que sea la media noche… –dijo en tono agorero–, y sigan con las chanzas.
Pasaron las horas. El primero que gritó fue Jorge, porque sintió que le cortaban la oreja con el lápiz que allí tenía. David se precipitó al cuarto de baño, volvió con un tarro de polvos y anunció con decisión:
–Voy a regar polvos en el piso. No se muevan por un rato. Nosotros somos más porque somos cuatro.
Rápidamente empolvó la zona de circulación, y todos se sentaron a esperar. Aníbal, con un movimiento de cabeza, aprobó la decisión de Jorge. Por un rato no sintieron nada. De súbito, habló David.
–Creo que el hombre está cerca de mí –susurró–. Aquí, a mi lado derecho. Ustedes no lo ven, pero yo lo siento. Se mueve muy despacio –observó.
–¿Qué se hizo? –le preguntó Jorge, y le reclamó–: ¿Y por qué te referís a eso como un hombre? ¿Y si fuera una mujer?
–Si fuera una mujer estaríamos tratando con una bruja, ¡y esas sí que son peligrosas! –aseguró David, y con un gesto de escalofrío juró–: ¡Yo no vuelvo a quedarme aquí ni siquiera acompañado!
–¡Silencio, por favor! –les encareció Aníbal a media voz, al tiempo que se dirigía hacia la pared lateral, junto al closet, bordeando el piso espolvoreado–. Desde aquí creo que me observa cuando estoy solo –anotó. El espacio blanqueado del piso dejaba ver una secuencia de huellas muy tenues. Aníbal les señaló a sus colegas ese detalle y precisó–: Aquí estuvo alguien y se metió por esta pared. Mañana voy a traer un gato. Dicen que los gatos son animales muy sensibles a la presencia de los elementales, que los odian porque son insoportables y se meten en todo. Bueno, ya que la cosa se escondió en su camita –concluyó–, acabemos con nuestro trabajo y vámonos de aquí. Hay que encarecer a la compañía de seguridad para que monitore este sitio en la noche.
Al día siguiente Fernando Líbano, el administrador de la agencia, escuchó con escepticismo, de boca de los cuatro hombres, lo sucedido la noche anterior. Sin embargo, quiso estudiar el certificado de tradición del inmueble. –Observó con curiosidad el enorme gato que cargaba Aníbal, y le preguntó–: ¿Y para qué traes ese animalazo? No me digan que vieron ratas gigantes… ¿o será que se asustaron con un murciélago? –dijo, y soltó una carcajada.
El estudio del certificado de tradición de la casa le dio a conocer los nombres de todos los que habían intervenido en las transacciones de compraventa del inmueble desde su inicio, y se las ingenió para hacer un listado con las direcciones y teléfonos de los dueños anteriores. Tres meses después sus agentes identificaron a todos y cada uno de ellos, la mayoría de los cuales aún vivía. La agencia de investigación corroboró que los anteriores dueños no notaron nada fuera de lo normal durante el tiempo que habitaron la casa. El segundo propietario, un hombre de edad avanzada de profesión piloto, fue quien modificó dos habitaciones de la segunda planta, que compartían un mismo baño. Con ello, uno de los cuartos quedó con baño interno y el otro se convirtió en una amplia alcoba grande con closet.
III
Poco a poco fueron conociendo a sus más cercanos vecinos, y supieron que algunos aún vivían en el barrio, entre ellos Tulio Gómez, el viejo piloto, casado con Orfa Rodríguez, sobrina del dueño de la constructora que edificó la vivienda y quien, según el runrún, había desaparecido de una forma muy extraña.
Hacía años, Tulio Gómez había piloteado uno de los helicópteros de la compañía americana que estaba construyendo el oleoducto Orito – Puerto Limón. La jornada de tales pilotos era extenuante: volaban diecisiete días seguidos del mes y descansaban los trece restantes. Por tanto, doña Orfa permanecía medio mes sola, y como recién casada necesitaba los favores de su marido. Pronto las malas lenguas propalaron el chisme de que un motorista asignado por la empresa la transportaba a todos lados, y que en ocasiones pasaba largo rato en casa de los Gómez realizando algunos trabajos menores. Y no faltó quien aseguró que el tal conductor cumplía las obligaciones maritales de don Tulio.
Tarde que temprano don Tulio tendría que enterarse de los deslices de su amada, pues los últimos años que vivieron juntos no fueron muy tranquilos. Él le echaba en cara que el conductor solo debía conducir el vehículo y nada más. Ella le objetaba que se sentía sola y a veces el conductor la llevaba hasta las puertas del cine y luego se iba. Incluso, le dijo a su marido, la mayoría de las tardes despachaba al hombre temprano para que se fuera a su casa.
Por el tiempo que les tomó la remodelación de la casa, la señora Gómez se fue adonde una tía suya que vivía en Cholula. Terminados los trabajos, el señor Gómez fue al Distrito Federal a verse con ella.
El caso es que doña Orfa nunca más volvió. Don Tulio comentaba que se habían separado de común acuerdo. Poco tiempo después vendió la casa y se fue a vivir a una más modesta en el mismo barrio.
A Fernando Líbano le dio por hacer dos mediciones a los cuartos de la casa, y comprobó que las medidas no coincidían por los dos lados: a uno de los lados le estaban faltando ochenta centímetros, y a lo largo faltaba casi un metro. Necesariamente el closet debería ser más grande. Dedujo, entonces, que debería haber oculto un espacio que no se estaba utilizando…, o se estaba utilizando para otra cosa, por ejemplo, un osario, le dio por pensar. Con un profundo suspiro, decidió dejar las cosas así, seguro de que algún día hallarían lo que el señor Gómez había encerrado por ahí.
Para beneplácito de Aníbal, el gato supo hacer su trabajo pues su presencia permanente acabó con la sensación de espionaje que flotaba en el ambiente. Es que él bien sabía que los ‘elementales’ huyen de los gatos. Desde entonces la casa estuvo ocupada varios años por la agencia en paz y tranquilidad. Hoy se levanta allí un edificio de siete plantas con un curioso nombre: “El Erizal”.
El edificio tiene medio piso enterrado, para evitar llevar el ascensor hasta el sótano. El otro medio piso sobresale por encima del andén. La portería del edificio, un poco adentro de la fachada, para crear un acceso de elegancia al edificio, coincide con la ubicación del cuarto que tuvo Juliana y en donde funcionó una importante dependencia de la agencia de publicidad.
Los porteros de El Erizal adquirieron la costumbre de hacerse acompañar en su turno nocturno, todo el tiempo, por el gato de doña Esther, del apartamento 102. Con ello pueden dormir tranquilos, seguros de que nadie los va a asustar.