La expresión fair play, en español, juego limpio surgió en Inglaterra durante el siglo XIX, en el contexto de las escuelas públicas británicas y del desarrollo del deporte moderno, especialmente del fútbol, el rugby y el cricket.
Se consolidó como un ideal educativo que promovía la competencia con honor, respeto y lealtad, más allá del simple cumplimiento de las reglas.

Claro no podemos olvidar que la idea de competir con honestidad es mucho más antigua: nació en los Juego Olímpicos de la antigua Grecia

Si unimos esos momentos especiales de la vida puedo afirmar que se convirtió en un principio fundamental de la formación del carácter, enseñando que el verdadero mérito del deporte no consistía solo en ganar, sino en hacerlo con integridad y respeto hacia el adversario.

Lamentablemente muchos jugadores no entienden su trascendencia de reconocer la urgencia , la necesidad, , la conveniencia de los gestos ejemplares dentro y fuera del campo de juego.

Esa frase e ideal educativo, hoy debe constituirse en UN PRINCIPIO ETICO UNIVERSAL, que transcienda lo deportivo para que llegue y se quede en la vida pública, en la gestión institucional, en la convivencia cotidiana, en la familia.

El juego limpio: es respetar la dignidad humana por encima de todo, principio ético esencial, es el pilar fundamental de la convivencia civilizada.
Ni en los juegos deportivos, ni en la cotidianidad la victoria nunca puede alcanzarse a costa de la humillación, la violencia, el engaño o el desconocimiento del valor intrínseco de otro ser humano.

La dignidad humana, reconocida por la Constitución Política de Colombia como fundamento del Estado Social de Derecho, exige que toda actuación esté orientada por el respeto, la igualdad, la solidaridad y la integridad. En consecuencia, el juego limpio implica reconocer al adversario como un igual en dignidad, merecedor de consideración y trato respetuoso, independientemente del resultado de la competencia.

Desde la perspectiva ética, el juego limpio promueve virtudes como la honestidad, la lealtad, la responsabilidad, la prudencia, el autocontrol y el respeto por las normas libremente aceptadas. Estas virtudes fortalecen la confianza entre las personas y consolidan una cultura basada en la integridad y la justicia.
No podemos patrocinar la agresión, el fraude, el irrespeto, porque rompen el principio ético superior que reconoce a la persona como un fin en sí misma y nunca como un simple medio para alcanzar un objetivo.

El verdadero triunfo no consiste únicamente en obtener la victoria, sino en hacerlo preservando la dignidad humana, honrando los valores éticos y demostrando que el respeto por la persona siempre debe prevalecer sobre cualquier interés competitivo.

Aspiremos que la recién terminada Copa Mundo de Futbol, nos haya aportado además de alegrías por el juego vistoso nos haya sensibilizado en el respeto por la persona, por la comunidad haciéndonos más virtuosos como el ideal Aristotélico.

Jorge Enrique González Rojas