Faltan más de dos años para la elección del próximo alcalde de Cali y, sin embargo, la ciudad ya comienza a vivir el ambiente preelectoral. Surgen nombres, aparecen aspiraciones, se organizan movimientos y empiezan las estrategias políticas. Es un fenómeno natural en democracia, pero profundamente inconveniente cuando la ciudad sigue esperando respuestas a sus problemas más urgentes.

Cali no atraviesa un momento cualquiera. Enfrenta enormes desafíos fiscales, técnicos, administrativos y sociales. La inseguridad continúa siendo una de las principales preocupaciones ciudadanas; la movilidad reclama soluciones estructurales; las finanzas públicas siguen sometidas a fuertes presiones; las obras estratégicas avanzan con lentitud y buena parte de los grandes proyectos de ciudad continúan envueltos en interrogantes sobre su viabilidad financiera, técnica o jurídica.

Después de dos años y medio de gobierno, el mensaje que han recibido muchos caleños dista de ser el que esperaban. La administración municipal y el Concejo de Cali tienen la responsabilidad compartida de construir confianza, generar consensos y ofrecer resultados visibles. Sin embargo, la percepción dominante sigue siendo la de una ciudad que avanza más despacio de lo que exigen sus necesidades.

Los 21 concejales, como representantes directos de la ciudadanía, tampoco pueden limitar su papel al debate político o a la aprobación de iniciativas. Su deber es ejercer un control político riguroso, exigir el cumplimiento de los compromisos y contribuir a construir soluciones de largo plazo. La ciudad necesita un Concejo protagonista en las soluciones, no únicamente en las discusiones.

Resulta preocupante que la conversación pública empiece a girar alrededor de candidaturas cuando aún permanecen abiertos los grandes desafíos del presente. La campaña no puede convertirse en una distracción frente a las responsabilidades del gobierno y del control político.

Cali necesita recuperar la confianza en la gestión pública. Antes que promesas para el próximo período, los ciudadanos esperan resultados en el actual. Antes que discursos electorales, demandan obras terminadas, decisiones responsables, planeación seria y ejecución eficiente.

Las elecciones llegarán en su momento. Habrá tiempo para debates, programas y candidaturas. Pero hoy la prioridad debería ser otra: gobernar bien la ciudad y ejercer un control político eficaz.

Los caleños juzgarán a quienes aspiren a dirigir el destino de la ciudad no solo por lo que prometan, sino por lo que hayan sido capaces de hacer mientras tuvieron la responsabilidad de gobernar o de vigilar la gestión pública.

Cali no necesita una campaña prematura. Necesita recuperar el rumbo.

Editorial