La elección presidencial colombiana de 2026 está produciendo una transformación histórica: el colapso simultáneo del centro político, el desgaste severo de la izquierda gobernante y la crisis de legitimidad de los partidos tradicionales. Lo que emerge de ese vacío es una contienda concentrada en apenas tres figuras nacionales, mientras el resto del espectro político empieza a desvanecerse electoralmente.

La gran novedad de esta campaña no es solamente el ascenso de Abelardo de la Espriella, ni el desgaste de la izquierda radical de Iván Cepeda o de los partidos tradicionales que apoyan a Paloma Valencia. La verdadera ruptura es la desaparición práctica del centro político colombiano como opción presidencial competitiva y con la llegada de la izquierda al poder en Colombia, tras más de dos siglos de vida republicana, representó una oportunidad histórica de transformación social y democrática. Sin embargo, para la gran mayoría de los ciudadanos, el gobierno de Gustavo Petro terminó convertido en una oportunidad perdida: muchos y graves escándalos de corrupción, el fracaso de la llamada “Paz Total”, la ausencia de reformas estructurales para fortalecer la educación básica y una profunda crisis financiera, operativa y estructural del sistema de salud. Un proyecto político que prometía cambio terminó dejando un país más polarizado, con instituciones debilitadas y crecientes señales de desconfianza ciudadana.

Durante más de una década, el centro ocupó un lugar determinante en Colombia. Se presentó como la política técnica, moderada y racional frente a la polarización. Sin embargo, terminó atrapado por sus propias contradicciones éticas y por una desconexión profunda con la emocionalidad del país.

El derrumbe del Partido Verde simboliza esa caída. La captura y encarcelamiento del presidente del senado, Iván Name destruyó buena parte del discurso legado por Antanas Mockus, que el centro había construido durante años. Pero el golpe más demoledor fue el escándalo alrededor de Carlos Ramón González, una de las figuras más poderosas del gobierno y del propio mundo verde, hoy convertido en símbolo de corrupción, crisis institucional y graves cuestionamientos políticos, con asilo en país comunista..

En términos de percepción ciudadana, el mensaje fue devastador: el sector político que prometía transparencia terminó asociado a las mismas prácticas que decía combatir. Y en política, la pérdida de superioridad moral suele ser irreversible, adicionalmente fue cooptado por el gobierno Petro y lo sepultó ante la opinión publica.

Por eso las encuestas muestran un fenómeno contundente: el centro prácticamente desapareció. Sergio Fajardo aparece reducido a porcentajes marginales, sin narrativa nacional ni capacidad de movilización. Claudia López tampoco logró construir una candidatura competitiva. Ambos parecen representar un ciclo político agotado.

La elección entonces quedó estructurada alrededor de tres polos.

El primero es Cepeda, representante directo de la continuidad del proyecto político de Gustavo Petro. Su fortaleza está en conservar el voto duro progresista y de izquierda. Pero también carga el peso del desgaste gubernamental: percepción de improvisación, conflictos internos, radicalización ideológica y creciente fatiga ciudadana frente al estilo confrontacional del petrismo. Además, su resistencia a debatir empieza a erosionar su imagen democrática y fortalece la idea de una candidatura encerrada en un núcleo ideológico rígido.

El segundo polo es Paloma, quien intentó convertirse en la candidata del establecimiento de su partido centro democrático, el conservador y el liberal al mismo tiempo. Una especie de social democracia, abandonando en gran parte, la ortodoxia ideológica de derecha.  Adicionalmente surgió su principal problema: terminó abrazando demasiado rápido a las maquinarias políticas más desgastadas del país Liberal, Conservador, Cambio Radical y La U, precisamente cuando la ciudadanía muestra uno de los mayores niveles de rechazo histórico hacia los partidos tradicionales, con una abstención del 51%, que representa el rechazo mayoritario a los partidos de izquierda y derecha tradicionales. Lo ocurrido esta semana agravó la situación. Primero, el episodio confuso y fracasado alrededor de un supuesto debate ( Paloma –  Cepeda )  con IA; después, el reto público  a Abelardo para debatir “por el segundo lugar”, justificando en un inexistente empate técnico y  que terminó exponiéndola como una candidata reactiva, perdedora  y sin liderazgo.

Y finalmente aparece Abelardo: el fenómeno político más disruptivo de Colombia en años.

Su fortaleza no proviene de partidos ni de estructuras regionales clásicas. Proviene de una narrativa emocional construida en redes sociales y en un discurso antisistema desde la derecha no tradicional. Ese fenómeno es nuevo en Colombia. Mientras la izquierda perdió el monopolio del voto protesta y de opinión y la derecha clásica perdió definitivamente credibilidad, Abelardo logró ocupar el espacio de la indignación nacional.

Su campaña entendió antes que los demás una realidad decisiva: en 2026 los ciudadanos ya no buscan administradores técnicos ni ideólogos sofisticados. Buscan alguien que simbolice ruptura.

Además, su fórmula vicepresidencial con Restrepo ha sido vista como la más sólida entre los candidatos competitivos, aportándole equilibrio técnico y credibilidad institucional a una candidatura basada en alta emocionalidad popular. Ya nos es importante Oviedo , como lo fue en el mes de marzo post consulta y Aida Quilcue, solo mueve la población indígena, sumada a las fuerzas de una izquierda, parecida a la anterior de la Unión Soviética.

La ciencia política hoy parece contundente: la primera vuelta ya dejó de ser una competencia abierta entre múltiples sectores. Colombia pasó de un escenario multipartidista a una elección triangular concentrada.

Y dentro de esa nueva realidad, el candidato que parece crecer con mayor velocidad emocional y narrativa es Abelardo. Porque mientras unos representan el desgaste del gobierno y otros representan el desgaste del establecimiento, él logró instalarse como el rostro del cansancio nacional frente a ambos.

Ramiro Varela Marmolejo