Comenzábamos el miércoles, con la imposición de la ceniza, el tiempo de Cuaresma. Los 40 días previos a la Pascua. Un tiempo para ordenar y prepararnos para la conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Un tiempo penitencial, un tiempo donde acentuar la necesidad de la conversión, y reconocer lo que nos separa de Dios, de los demás y de nosotros mismos… y tratar de poner los medios para cambiarlo, de modo que nuestra vida se parezca más a lo que debería ser según nuestra fe.
La cuaresma regresa cada año como una invitación. Como una memoria de deseo y de sed. Regresa año a año con las preguntas que en tantos momentos del año arrinconamos y no tenemos tiempo a afrontarlas. Por ser un tiempo especialmente marcado para la introspección, nos trae la capacidad -siempre que quiera vivirse bien- de volver a pasar por el corazón nuestros más profundos anhelos en la vida.
Las tentaciones del desierto que este Domingo escuchamos, nos ayuda a eso, a mirar con verdad y hondura nuestra realidad débil que se ve tentada tantas veces en nuestra vida por una mentira: que la felicidad y la plenitud pueden alcanzarse al margen de Dios. Las tres tentaciones de Jesús, son las mismas tres que todo ser humano vive, cada cual a su modo, pero las tres mismas: el tener, el parecer y el poder.
Lecturas
-Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7: El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida.
-Salmo 50 R/. Misericordia, Señor: hemos pecado
-Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-19: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 1-11: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”
Reflexión del Evangelio de hoy
“Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”
El relato del pecado original, como todo relato mítico, recoge una profunda verdad: que la tentación es siempre un engaño. Nos promete plenitud, felicidad, sentido, verdad… y es una inmensa mentira.
Si caemos en ella, descubrimos que ese engaño nos lleva a todo lo contrario: al sufrimiento, el miedo, a perdernos a nosotros mismos. A perder no sólo la paz, sino todo lo que nos une a los demás y a nosotros mismos. A perder nuestra identidad. A perder a Dios.
Y toda tentación, todo pecado, viene de la misma clave: del engaño de que sin Dios seríamos más plenos. De no fiarnos de Él, de dudar de que sus planes para nuestra vida son los que realmente nos harían plenos, felices, llenos de vida. Por no fiarnos de Dios, por dudar de sus mandatos, lo perdemos todo. En pos de una quimera, caemos en el engaño. Perdiendo a Dios, perdemos lo que somos, para no ganar nada…
“…por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos”
Pero Dios no abandona al ser humano a merced de ese pecado. Toda la historia de la Salvación es un acercarse constante de Dios al ser humano para devolverle su identidad perdida. Para recordarle cómo vivir en plenitud desde la justicia y el amor, desde el perdón y la entrega.
Una historia de salvación la historia de la humanidad, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios en Cristo, y de su entrega por amor hasta la muerte por el género humano, para acabar con esa huella de mal y de pecado del corazón del hombre, para reconciliarlo cada vez que sucumbe al engaño.
Eso dice Pablo en este pasaje de Romanos. Como por Adán entró el pecado –en el relato mítico escuchado en Génesis- por Jesús y su entrega de amor, llegó el perdón. La desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo, la desconfianza del primer hombre, y la entrega absoluta y confiada de Jesús de Nazaret, verdadero Dios, pero también verdadero hombre.
“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado”
La central declaración de nuestra fe es ésa: la condición de verdadero Dios y verdadero Hombre, en todo menos en el pecado, de Jesús de Nazaret.
Eso quiere decir que como verdadero hombre, aunque Él no cayó en la tentación, sí que fue tentado con las mismas tentaciones que cualquier hombre.
Este pasaje de Mateo nos habla de tres tentaciones, que recogen casi todas las tentaciones que el ser humano puede vivir. Son como las tres claves que subyacen a cualquier pecado humano: tener, parecer y poder.
“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”
Aquí nos habla de la tentación de tener en todo su más amplio espectro. La tentación de creer que las cosas saciarán nuestra hambre profunda de vida y de sentido, que consumiendo, cubriendo nuestras apetencias materiales, ya estaría la vida llena…
Olvidarnos de que el hombre vive de más cosas que sólo de tener, alejarnos de Dios tal cual nos hizo, con ese deseo profundo de Él y de amor, para pensar que las cosas materiales llenarán nuestra vida.
Renunciar a Dios como fuente de plenitud, para caer en la tentación de que lo que realmente nos haría felices no es Dios, sino tener, acumular, la comodidad, el placer… como este nuestro mundo constantemente nos dice.
“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo y te sostendrán en sus manos sus ángeles”.
La tentación del parecer, del ser reconocido, del ser importante, de que nos quieran y nos valoren, de ponernos a nosotros mismos en el centro. El diablo le sube al alero del templo a Jesús para que todos puedan verlo y se asombren y lo adoren…
Y nos habla también de nuestros propios pecados. De hacer lo que sea para parecer importante, para que nos adulen, para que nos valoren, seamos considerados, seamos importantes…
Y olvidarnos de la humildad, de que lo pequeño es lo que llena el corazón del ser humano. Que no es en nosotros mismos donde hay que poner el foco, que cuanto más nos olvidemos de nosotros y más vivamos en don, en amor y en entrega, más realmente seremos quienes estamos llamados a ser. Olvidar la paradoja central del evangelio, que muriendo a nosotros mismos, es cuando más vivos estaremos. Quitar a Dios del centro para ponernos a nosotros…
“Todo esto te daré, si te postras y me adoras”
La tentación del poder, del dominio, de ejercer control para que el mundo, la vida, las cosas marchen y funcionen y se organicen como uno cree.
La tentación del tener razón siempre y que los demás nos hagan caso en todo. La tentación de ser dioses que ordenen la existencia según nuestros propios criterios.
La tentación de no aceptar que con otros, con sus propias ideas y criterios, se vive mejor. No aceptar ni la pluralidad, ni que hay una realidad creada por Dios de la mejor manera posible. Del individualismo salvaje de ser uno mismo lo más importante que existe y quien realmente sabe cómo todo iría mejor…
Olvidarnos que Dios es la realidad que mejor nos enseña cómo vivir en este mundo, para vivir según nuestros antojos
“He aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”
Igual a todos los hombres fue Jesús en todo, menos en el pecado. No sucumbe al engaño, a la tentación, no olvida a Dios, y nos recuerda a quienes hoy escuchamos sus respuestas a cada tentación -No solo de pan vive el hombre; No tentarás al Señor, tu Dios; Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto- que la verdad frente al engaño y la mentira de la tentación, es que solo Dios puede dar la plenitud al ser humano.
Sólo la realidad de acoger y abrirnos a cómo nos ha hecho Dios, a cómo está hecho el mundo, solo aceptar éso, sólo buscar a Dios y su mensaje de cómo vivir desde el amor, es lo que puede llenar el corazón del hombre.