Las lecturas de este domingo nos ponen ante un tema difícil de entender y de aceptar: Si vivimos el Evangelio y sus valores, tarde o temprano, aparecerán el conflicto y la persecución. Y en ese punto debemos seguir confesando nuestra fe y no negando a Jesucristo.
Escuchamos la palabra angustiada del profeta Jeremías –perseguido– quien pide a Dios que le proteja de quienes le persiguen y se manifiesta seguro de su relación con Dios: «El Señor está conmigo», proclamando así su total confianza en la salvación de Dios.
En el pasaje de la carta de san Pablo a los Romanos podemos entender mejor las razones de la confianza en la salvación que Dios nos ofrece. Por un hombre (Adán) entraron en el mundo el pecado y la muerte; pero no hay proporción entre el delito y la gracia de Dios que nos otorga por un hombre, Jesucristo, y se desborda sobre todos.
La confianza en la gracia de Dios puede lograr que la reacción humana ante la persecución sufrida por proclamar el Evangelio y seguir a Jesucristo no sea el miedo. Por tres veces nos pide hoy Jesús en el evangelio: «no tengáis miedo».
Confianza en Dios aun en las circunstancias más difíciles, agradecimiento por la gracia que desborda sobre nosotros y superación del miedo a vivir como seguidores de Jesucristo, esas son las líneas maestras que este domingo nos ofrece la Palabra de Dios para crecer en nuestra fe.
Lecturas del domingo 21 de Junio
– Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13: Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.
– Salmo 68 R/. Señor, que me escuche tu gran bondad.
– Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
+ Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.
Reflexión del Evangelio de hoy
Confiar en Dios
La persecución a los valores del Evangelio y a quien los vive puede ser manifiesta y beligerante. Pruebas suficientes hay en la historia del cristianismo. Y hoy también tenemos con frecuencia noticias de persecuciones y matanzas de cristianos.
Pero hay otras formas más sutiles y refinadas de tratar de poner a prueba y desacreditar a quienes ponen su confianza en Dios. «Oía la acusación de la gente: “vamos a delatarlo”…». «Mis amigos acechaban mi traspié: “A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”».
Ante esas situaciones, los impulsos de venganza o de confrontación no significan solución ninguna, más bien complican. Jeremías nos enseña: «Pero el Señor es mi fuerte defensor… ¡te he encomendado mi causa!». Confiar en Dios no es desentenderse y quedarse de brazos cruzados, es creer firmemente que solo con los valores que Jesús, el Señor, nos predicó podremos construir una vida humana que engendre Reino de Dios… y ponerse a la tarea.
Ser agradecidos
Dice Pablo a los Romanos: «si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos». Gracia y agradecimiento. Gratuitos ambos. Una es iniciativa de Dios, el otro es la correspondiente respuesta humana.
El Papa Francisco insistió repetidamente en que teníamos que recuperar mucho en nuestras relaciones humanas las expresiones “por favor”, “perdón” y “gracias”. Más allá de la cortesía, las tres refieren a la confianza agradecida en un Dios al que queremos aceptar como compañero de camino en la vida, en las necesidades, en las caídas y en las alegrías de la salvación que nos ofrece en su Hijo. No en vano, acción de gracias es el significado y la esencia de la Eucaristía.
No tener miedo
Jesús nos lo pide hoy hasta tres veces. En la primera («nada hay encubierto que no llegue a descubrirse») pide que sus seguidores hablen a plena luz y pregonen desde las azoteas. La nuestra es la hora del anuncio del Reino de Dios, la hora de una Iglesia en salida sin miedos ni complejos.
La segunda vez («temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo») llama a no tener miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Siempre la predicación del Evangelio es mayor que la voz que la proclama; a esta podrán callarla, pero el anuncio se reencarnará en otras gargantas.
La tercera vez («valéis más vosotros que muchos gorriones») explica que ni uno de ellos cae al suelo sin que lo disponga el Padre. En la misión de la Iglesia ya no caben posturas pasivas ni indiferentes; todos hacemos camino juntos (sinodalidad). Al recordarnos el valor que todos y cada uno tenemos, Jesús cuestiona la manera de ser Iglesia que siguen practicando muchos cristianos y pide mayor confianza en el Padre providente. La misión pastoral la hemos recibido todos del Señor, y Dios no abandona a los discípulos de su Hijo.
Negar a Jesucristo
Cuando Jesús nos pide hoy no tener miedo se refiere a los miedos que nos pueden surgir a la hora de proclamar el Evangelio y de seguirle a él. Y nos pone las cosas bien claras: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y, si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».
Hagámonos una pregunta: ¿Me acarrea algún conflicto o persecución el ser cristiano? Muchas personas viven hoy según criterios distintos de los que los cristianos tenemos por nuestros. Los cristianos debemos tener muy claro qué valores defendemos y a los que no hay que renunciar. El cristianismo hemos de vivirlo con el testimonio personal y diario.
Sin embargo, pervive un cristianismo acomodado a los criterios de la sociedad y que rebaja sus exigencias para que no resulten estridentes. Un cristianismo privado, intimista, alejado de cualquier compromiso en la vida pública. Un cristianismo cultual, que no logra ser el que dé sentido a nuestros intereses, opciones, pensamientos, acciones. Un cristianismo sociológico, basado en tradiciones y costumbres, pero en el que falta una clara opción personal por seguir a Jesucristo.
Jesús pide hoy que más bien seamos sal, luz y sabor en un mundo que necesita que se le hable de Dios en pleno día y desde las azoteas. Tengo que hacer una opción clara por Jesucristo y confiar en que él dará la cara por mí si yo la doy por él. Y pedirle la valentía para vivir los valores del Evangelio, aunque me acarree algún tipo de incomprensión. Pensemos, ¿cabe que me avergüence de ser discípulo de Jesucristo o de parecerlo? ¿Acaso me quiero arriesgar a que él se avergüence de mí?