Cada vez que somos invitados a celebrar el día del Señor, lo que pide cada cristiano cuando se integra en la asamblea dominical, es tener en ella una experiencia de fe en Cristo. Quiere ser capaz de experimentar, por medio del velo de los signos litúrgicos, la presencia viva de Jesús. 

¿Cuál es el Cristo que emerge hoy de la proclamación de la Palabra y sale al encuentro de nuestra comunidad? A la luz de estas lecturas nos vemos sorprendidos ante un Jesús que está atento al grito de aquellos que están lejos. En efecto, a los leprosos se les tenía prohibido acercarse a los pueblos, para evitar el contagio. Es un Cristo respetuoso de las prescripciones de su tiempo, pues ordena ir a presentarse donde los sacerdotes. Y, lo más relevante en esta ocasión: es un Cristo que quiere abrazar el dolor de quien lo padezca, sin importar su raza o condición. Uno de ellos, era extranjero. Esta es la insistencia que armoniza el evangelio con la historia de Naamán: la universalidad de la acción amorosa de Dios verificada en Jesús. 

La expresividad de los gestos que aparecen en las lecturas es elocuente: caminar, detenerse a distancia, gritos, alabanzas en voz alta, arrojarse a los pies, rostro en tierra, levantarse… Nosotros también celebramos con gestos, realizados con la sobriedad de los gestos rituales. Procuremos tomar conciencia de ellos, de lo que significan.  

Es hermoso constatar que en nuestras celebraciones se da el movimiento de súplica, de alabanza y adoración que vemos en el texto evangélico. 

Los leprosos, en conjunto, suplican. Nosotros, también en comunidad, durante el acto penitencial (tercera fórmula), o tras éste, tenemos un momento para clamar: «¡Jesús, ten compasión de nosotros». No nos podemos acercar del todo a él, porque aún la historia no se ha consumado, pero sabemos que el Señor nos acompaña, nos escucha, y actúa sobre nosotros. 

También en la eucaristía alabamos y damos gracias, como en el himno del Gloria, y, sobre todo, en la Plegaria eucarística, a la que la asamblea se suma entonando el Santo e interviniendo al final de la plegaria con un vigoroso «amén» al final. La verdadera acción de gracias de la eucaristía está aquí, y no durante la oración de la comunión. Es aquí cuando Cristo alaba al Padre y cuando la asamblea se une a esa alabanza, confiando que el Señor es el mediador, el amigo y en quien nos injertamos para realizar esa alabanza, gracias a la generosa voluntad del Señor. 

No demos gracias solo por lo que tenemos, sino por quien nos lo ha dado. El momento más difícil en la vida de un ateo es cuando siente gratitud y no tiene a nadie a quien agradecer. Nosotros tenemos al Señor, fuente de todos los bienes. 

Y también tenemos un momento de adoración, cuando de rodillas adoramos al Señor que está presente sobre el altar. Qué importante es expresar con nuestro cuerpo lo que la mente está reconociendo: la presencia divina en medio de su pueblo. Como dijeron los israelitas en el Antiguo testamento lo decimos nosotros con mucha mayor autoridad: «¿Quién tiene a su dios tan cerca de su pueblo como lo tenemos nosotros?»

Que el esfuerzo del la celebración pueda expresar esa presencia.

-Lectura del segundo libro de los Reyes: “Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio”.

– SALMO 97: El Señor manifestó su victoria.

– Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a Timoteo: Si hemos muerto con Él, viviremos con Él. Si somos constantes, reinaremos con Él. Si renegamos de Él, Él también renegará de nosotros. Si somos infieles, Él es fiel, porque no puede renegar de sí mismo.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 17, 11-19: Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”

REFLEXION DEL EVANGELIO

“Y le salieron al encuentro unos leprosos” (Lc 17,12). En otro pasaje del Evangelio se dice que Jesús “tocó” (Lc 5,13) al leproso que se le presentó. Jesús, por tanto, se deja encontrar; se ha hecho nuestro prójimo para que podamos encontrarlo en el umbral más trágico y pesado del sufrimiento. Desde la cruz, nos enseña a buscar su propio rostro en los enfermos, a acercarnos a quienes sufren precisamente allí donde experimentan su indigencia. El ejemplo de Cristo debe animarnos a perseverar en nuestro compromiso con aquellas situaciones sociales que aún se muestran insensibles o impotentes ante la tragedia de la lepra. No debemos desistir si nuestros esfuerzos a veces parecen infructuosos o si nos encontramos ante entornos en los que el terror del mal inspira medidas defensivas inhumanas, fruto de aversiones instintivas e irracionales hacia los enfermos. Debemos seguir trabajando para que estos mismos entornos, que parecen más refractarios, también se abran a la esperanza. Acojamos el grito que los mismos leprosos dirigieron a Jesús: «¡Jesús, Maestro, ¡ten piedad de nosotros!» (Lc 17,13). El Señor ha confiado en nuestras manos muchas obras de caridad, para que a través de ellas seamos corresponsables de su plan de salvación.

Hector de Los Rios