Las ciudades, además de ser seguras, funcionales, confortables y agradables, deben procurar emoción a sus habitantes a través de su urbanismo y paisajismo, pero sobre todo de su arquitectura; y esta lo logra mediante su emplazamiento, función, construcción y, desde luego, con su forma. Y la emoción, en este caso, consiste en una alteración del ánimo intensa y agradable, aunque pasajera, a través de los sentidos, principalmente la vista. 

          El emplazamiento de una edificación en un sitio destacado de la ciudad, este le confiere emoción por sí mismo, incluso superando la de la misma edificación, como sucede con las ermitas. Pero en cualquier otro lugar en el que se halle, es la pertinencia de la manera en la que está emplazada, la que entonces le da emoción a dicho entorno inmediato, pero sin destacarse excesivamente en el mismo ya que en estos casos la ciudad va antes que cada una de sus edificaciones.  

          La función de una edificación, cuando se expresa claramente en su exterior, le da emoción, como sucede en un templo, un teatro, un museo o un edificio público; en los que parte de su propósito es que sean emocionantes. O, por lo contrario, la emoción está circunscrita a su interior como en una vivienda, a menos que sea un palacio, a través del recorrido por sus varios espacios y las diferencias de tamaño, iluminación y vegetación entre ellos.

          La construcción por si misma produce emoción al hacer evidente su resistencia a la fuerza de la gravedad, mas sin revelar el cómo es que lo logra, pero por supuesto sin llegar a inspirar un sutil temor a que la edificación colapse. Y, por otro lado, todos los materiales usados en la construcción, sus formas, tamaños, colores, texturas y disposición en una superficie, generan sutiles emociones que contribuyen a la de la edificación como un todo.

          Y, finalmente, la forma de cualquier edificación, ya se trate de edificios, casas u otras, tanto la de sus volúmenes como la de sus espacios, es la que logra que su emplazamiento, función y construcción emocionen; pero desde luego sin afectarlos negativamente, como sucede con la arquitectura espectáculo, en la que su fatal error es privilegiar la forma en lugar de utilizarla para una función, construcción y emplazamiento que emocionen.

          Por todo lo anterior, es que el proyecto de una edificación, por supuesto en unas más que en otras, debe incluir el brindar emoción como uno de sus propósitos básicos, además de su función, y por lo demás aumentando la calidad de esta misma. Lo que hay que lograr en el proyecto arquitectónico respectivo mediante el uso de la estética más indicada para su adecuado emplazamiento, construcción y forma, y no apenas por la belleza misma.

          Una belleza que se basa en que su armonía y apariencia sea agradable a todos los sentidos, que es en lo que reside la estética de lo urbano, considerando que lo que más predomina es lo visual. Una belleza que está directamente interconectada a la emoción en la medida en que su percepción genera placer al lograr un equilibrio interno que integra el bienestar mental y el físico, que mejora la autoestima y la calidad de vida de los habitantes de las ciudades. 

Benjamin Barney Caldas

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle y especializaciones en la San Buenaventura. Ha sido docente en los Andes y en su Taller Internacional de Cartagena; en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, en Armenia en La Gran Colombia, en el ISAD en Chihuahua, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998, y en Caliescribe.com desde 2011.