Santiago de Cali, desde su fundación, ha sido un cruce de caminos dada su ubicación geoestratégica, que la convirtió en la puerta de entrada al Pacífico, como lo avizorara Sebastián de Belalcázar en su momento y de allí el famoso gesto de su estatua ubicada en la ciudad.

Esta ubicación posibilitó su desarrollo industrial, comercial y de servicios, pues su cercanía al Puerto de Buenaventura facilitó tanto la importación como la exportación de productos de todo el País. Según Edgar Vásquez en su libro Historia de Cali en el siglo 20, Cali experimentó durante el siglo XX una transformación demográfica sin precedentes, pasando de ser una ciudad pequeña a una metrópoli, cuya población aumentó 200 veces.

Según la investigación desarrollada por Fernando Urrea, aproximadamente el 30% de la población caleña es afrodescendiente, configurando una de las principales concentraciones urbanas de esta población en Colombia. Sus estudios identifican patrones específicos de asentamiento territorial resultado de múltiples oleadas migratorias en cadena desde el Pacífico colombiano, caracterizadas por tres momentos históricos diferenciados: “la migración laboral hacia los ingenios azucareros y la zona industrial (1940 – 1960), la búsqueda de oportunidades educativas y servicios de salud que consolidó el Distrito de Aguablanca con el 30% de la población urbana (1970-1990), y el desplazamiento forzado por el conflicto armado (1990-presente)”. Igualmente, el análisis demográfico del DANE revela que, del total de la población migrante procedente de departamentos diferentes al Pacífico, los porcentajes más elevados provienen del Cauca (21.5%), Nariño (14.4%) y Antioquia (9.5%).

La configuración espacial de “colonias migratorias” geográficamente localizadas, refleja patrones de asentamiento que, aunque facilitan la preservación de identidades culturales de origen, perpetúan la desconexión territorial con la ciudad receptora. Esta dinámica genera un urbanismo fragmentado donde múltiples ciudades cohabitan el mismo territorio sin construir imaginarios compartidos sobre su presente y su futuro colectivo.

En este orden de ideas, Santiago de Cali enfrenta una paradoja identitaria característica de las metrópolis latinoamericanas contemporáneas: su riqueza cultural derivada de la diversidad migratoria coexiste con procesos de fragmentación social que debilitan la cohesión con el territorio y traen consigo la falta de sentido de apropiación y de pertenencia, evidenciado en el comportamiento ciudadano, especialmente en el espacio público.

El fenómeno de la fragmentación identitaria en contextos migratorios lo plantea el sociólogo Zygmunt Bauman, quien observa que “habitamos en un mundo lleno de identidades fragmentadas que se reconstruyen en cada momento gracias al contacto entre personas de distintos orígenes; identidades que son múltiples, cambiantes y que están en constante negociación con ese otro distinto”.

Si entendemos la identidad como un sentimiento de pertenencia a un colectivo con intereses compartidos, Santiago de Cali presenta precisamente esa multiplicidad de identidades fragmentadas que, según Bauman, pueden reconstruirse mediante el contacto intercultural. El tema migratorio pueda transitar por el reconocimiento de la población receptora y, necesariamente, por procesos de reformulación, renegociación y validación con otras identidades, aceptándolas como complemento y parte de los imaginarios colectivos urbanos.
Esta condición pluriétnica y multicultural debe constituirse en una fortaleza, donde las diferentes identidades coexistan generando narrativas colectivas integradoras que nos permitan actuar en el presente y mirar hacia el futuro con un sentimiento de corresponsabilidad, en la cual cada uno de los ciudadanos cumpla con su parte para que mejore la calidad de vida en la ciudad.

Todos los que habitamos esta ciudad debemos partir del reconocimiento de una realidad como es el fenómeno migratorio y de cómov todos podemos integrarnos de una manera solidaria para que Santiago de Cali sea una ciudad para todos.

Yolanda Constain R