La inminente sanción presidencial de la nueva ley de encuestas en Colombia ha encendido un debate crucial sobre el futuro de la democracia, el acceso a la información y la integridad de la estadística pública. Aunque sus promotores insisten en que la iniciativa busca mayor transparencia y rigor técnico, el texto aprobado por el Congreso representa, en la práctica, una amenaza al debate democrático y a la libertad informativa.

La restricción para publicar encuestas de intención de voto hasta tres meses antes del inicio de la inscripción de candidaturas, en la práctica, impone un apagón informativo en el periodo más decisivo de la formación de opinión ciudadana. Esta nueva prohibición limita el seguimiento continuo a la evolución de las preferencias políticas, privando a los votantes de insumos científicos para tomar decisiones informadas y empobreciendo la calidad del debate público.

El acceso a información plural y oportuna es un derecho fundamental. Limitarlo favorece la desinformación, y deja el terreno fértil para rumores, fake news y manipulación en redes sociales, donde no existen controles metodológicos ni técnicos.

La medida beneficia a los candidatos ya posicionados, quienes podrán consolidar sus ventajas sin el escrutinio de la opinión pública, mientras que nuevas alternativas políticas verán reducida su visibilidad y capacidad de competir en igualdad de condiciones.

La ley introduce requisitos técnicos y administrativos desproporcionados para las firmas encuestadoras, entrega de microdatos anonimizados, códigos computacionales, grabaciones, formularios originales y justificación estadística de la muestra, además de auditorías obligatorias y la obligación de estar registrados ante el CNE con al menos tres años de experiencia.

Estos requerimientos incrementan los costos y la carga operativa, expulsando del mercado a pequeñas y medianas firmas, y dejando el negocio en manos de grandes operadores o de quienes tengan músculo financiero, lo que restringe el pluralismo y la competencia.

La amenaza de sanciones penales por errores técnicos, como fallas de muestreo o desviaciones operativas, es inédita y desproporcionada. Equiparar una omisión estadística a un delito penal inhibe la innovación, fomenta la autocensura y desincentiva la entrada de nuevos actores al mercado.

La exigencia de entregar datos y grabaciones al CNE plantea serios riesgos de privacidad y protección de datos personales, entrando en conflicto con la Ley 1581 de 2012 y exponiendo a los encuestados y a las firmas a posibles vulneraciones de seguridad.

El Consejo Nacional Electoral (CNE) asume un papel de regulador, auditor, sancionador y custodio de microdatos, sin mecanismos claros de control externo ni instancias de apelación. Esta concentración de funciones abre la puerta a arbitrariedades y a la utilización política de la regulación estadística.

La creación de una Comisión Técnica de Encuestas designada por el propio CNE, para auditar y validar encuestas, revisar preguntas y hasta invalidar publicaciones, afecta la libertad metodológica y puede derivar en censura indirecta o impugnaciones estratégicas por motivos formales.

El Centro Nacional de Consultoría y otros actores del sector han advertido que la ley debilita la democracia, restringe la participación ciudadana y atenta contra derechos fundamentales como la libertad de expresión, el derecho a la información y el derecho a ser elegido, consagrados en la Constitución.

El pluralismo y la transparencia requieren más información, no menos. La regulación excesiva y la penalización de la estadística solo favorecen la concentración de poder informativo, en detrimento de la deliberación pública y la rendición de cuentas.

La ciudadanía y los medios quedarán con menos herramientas para evaluar a sus gobernantes y candidatos, especialmente en contextos locales donde el control institucional es débil y la vigilancia social depende de la información técnica y trazable que proveen las encuestas.

La nueva ley de encuestas, lejos de fortalecer la democracia, la debilita al restringir el acceso a información esencial, penalizar la práctica estadística y concentrar el control en un solo órgano estatal. La transparencia no se logra con mordazas ni amenazas, sino con reglas claras, pluralismo y garantías para la libre circulación de información confiable.

Presidente Petro, no sancione una ley que, bajo el pretexto de la transparencia, puede convertirse en el mayor cerco legal a la opinión pública en la historia reciente de Colombia.

Redacción