El fervor patriótico norteamericano es inigualable. En todos los rincones de su inmensidad, desde la más humilde vivienda en sus apartadas planicies hasta la majestuosidad de rascacielos y monumentos de sus centros urbanos, orgullosamente ondea la bandera distintiva de 50 estrellas, simbolizando los cincuenta estados y las 13 rayas rojas y blancas conmemorando igual número de las colonias iniciales que lucharon por su independencia. Declaración que dio lugar al estado de derecho democrático mas representativo del mundo.  

Desde ese entonces (1776) el regreso a la ciudad natal de cada soldado que ha luchado por su país es recibido con honores y procesiones festivas de héroe entonando la marcha patriótica “Estrellas y Rayas para Siempre” escrita por John Phillip Sousa, exaltando el orgullo patrio y respeto institucional. 

Esta pasión centenaria transformó a lo largo de su historia a millones de multiétnicos migrantes, en búsqueda de libertades individuales, en ciudadanos de un solo país quienes bajo el juramento de lealtad prometen ser parte de “. . . una nación, bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos.” 

Fue precisamente a este ideario que el entonces candidato Donald Trump basó su campaña de “Hacer Grande a Estados Unidos Otra Vez” – Make America Great Again (MAGA).

 A mediados del siglo pasado era el país más industrializado del planeta. Sus grandes planicies convertidas en despensa alimentaria. Sus centros urbanos receptores de olas migratorias y plataformas de bienes y servicios. Generación de empleo formal con excelente remuneración, brindando bienestar, respetuoso y disciplinado aporte fiscal, contribuyendo en seguridad ciudadana, infraestructura, salud, educación, principios y valores en familia.  

Pero finalizando el siglo, la manufactura, especialmente el sector automotriz y auto partes, buscó mejores condiciones fabriles en otros continentes. La nación inició su desindustrialización. 

Condescendiente con un régimen arancelario permisivo acumuló una colosal balanza comercial contraproducente. Es la razón de que, en pocas semanas, y siendo coherente con sus promesas de campaña desató la “guerra mundial comercial” reciente, de paso generando un beneficio fiscal que eventualmente podría traducirse en incentivos para el regreso del aparato productivo. Como lo ha manifestado reiterativamente; Estados Unidos es para sus ciudadanos, quienes son su prioridad.

Colombia por su mínima participación comercial comparativamente a la Unión Europea, Asia, especialmente China, no ha sido castigado arancelariamente con severidad. Pese a los TLC, los cuales fueron abolidos temporalmente, al país se le impuso una tarifa única del 10%, compartida por un centenar de países y socios comerciales de Estados Unidos. 

La oportunidad de Colombia es privilegiada.  

Los productos agropecuarios serán más competitivos. Café, flores, cacao, aceite de palma africana, azúcar, frutales y hortalizas tendrán ventaja. El sector de confecciones y tecnología podrá competir en mejores condiciones en el mercado norteamericano por el incremento arancelario a los países asiáticos, hoy proveedores de grandes maquilas de ropa y elementos tecnológicos. El sector minero de elementos preciosos; oro, cobre, hierro plata, platino, entre otros, se benefician. El sector hidrocarburos bajo el impulso en mejorar condiciones de dependencia energética y de combustible norteamericanas ostentan circunstancia favorable histórica.

El desafío de Colombia no es enfrentar la guerra comercial, es su (in)capacidad de administrar el panorama. No hay ministro de Comercio nombrado en propiedad. No existe coordinación para aprovechar la circunstancia proveyendo condiciones favorables crediticias, articulación ente ministerios, que pudieran proyectar un desarrollo social y económico uniforme. Un recién nombrado ministro de hacienda, anunciando medidas arancelarias reciprocas hacia Estados Unidos, cuando el país arroja una balanza comercial negativa. Una equivocada ideología contraria a la exploración y explotación de los hidrocarburos que brinda nuestro mayor comprador (40%). 

La mala hora de Colombia es tener la rama del poder ejecutivo pensando en la contienda electoral del 2026 y no en el desarrollo del país en el contexto global que, “sin querer, queriendo” el presidente Trump nos brinda.

Guillermo E. Ulloa Tenorio

Economista de la Universidad Jesuita College of the Holy Cross en Estados Unidos, diplomado en alta dirección empresarial INALDE y Universidad de la Sabana. Gerente General INVICALI, INDUSTRIA DE LICORES DEL VALLE, Secretario General de la Alcaldía. Ha ocupado posiciones de alta gerencia en el sector privado financiero y comercial.