Somos como un tablero de ajedrez. Un mal movimiento y el rumbo de la partida cambia, todas las fichas pueden llegar a ser frágiles, da igual la cantidad de movimientos que tengan, si las aíslas no valen nada, pero si se unen, hasta los peones pueden hacer jaque mate. Así son nuestras sociedades y por eso, nuestros agricultores protestan, empezaron en los países bajos, pero la voz se extendió a Francia, Alemania, España, Eslovenia, Polonia.
En medio de una Europa convulsionada, los campos franceses se han convertido en el epicentro de una protesta sin precedentes. Subidos en sus tractores, camino a cercar la capital, un ganadero le decía a una reportera “Los parisinos van a pasar hambre”. Este tipo de acciones forma parte de un movimiento masivo que se ha extendido por todo el continente.

Lo que comenzó como una demanda por medidas que enfrenten la inflación y los embates de la guerra en Ucrania, pronto se transformó en un clamor general contra las políticas medioambientales impuestas en los últimos años. Las autopistas francesas fueron bloqueadas, dejando al descubierto la creciente frustración de un sector agrícola que clama por supervivencia.
A pesar de ser los franceses los que llegaron a todas las televisiones, los neerlandeses llevan desde 2019 protestando casi a diario. La gente ya parece haberse acostumbrado a ver tractores por la ciudad y al Ministerio de Agricultura untado en estiércol, leche o cualquier otro producto relacionado con la producción agraria.
Sin embargo, parece que la situación ha estallado y extendido. Ahora los Países Bajos no están solos en la lucha.
Desde Alemania hasta Bélgica y ahora España, los agricultores alzan sus voces contra políticas que consideran injustas y medidas que amenazan su sustento. Las protestas, alimentadas por la ira hacia las políticas de la Unión Europea, han alcanzado una magnitud sin precedentes.

La situación se ha agravado con el impacto de la guerra en Ucrania, que ha desencadenado una serie de consecuencias económicas en toda Europa. La invasión rusa ha perturbado las rutas comerciales y ha llevado a la intervención de la UE, abriendo temporalmente las puertas a las importaciones ucranianas y generando un efecto dominó en los mercados agrícolas locales. Los precios se desplomaron y los agricultores europeos se encontraron incapaces de competir. No es posible competir contra productores que tienen terrenos 100 veces superiores a los tuyos y unas políticas medioambientales casi inexistentes.
En medio de esta tormenta, los agricultores y los europeos enfrentamos una encrucijada.
Las políticas de la UE, destinadas a hacer más sostenible el sector agrícola, han generado descontento y temor entre quienes ven en ellas una amenaza para su competitividad y supervivencia. Esto es algo que cualquier país vas a tener que enfrentarse en un futuro, si realmente queremos vivir en un mundo más sostenible.
Pero ¿qué piden los agricultores?
Hay ciertos acuerdos que no quieren que entren en vigor, como Mercosur, o el acuerdo CETA (Acuerdo Integral de Economía y Comercio de la UE con Canadá) ni tampoco el pacto comercial con Nueva Zelanda. Evidentemente las reticencias vienen por el lado europeo mayoritariamente, por la amenaza que sienten los agricultores ante la competitividad de las exportaciones por parte de los países de Mercosur para los productos agrícolas. Sin embargo, seguro que esos miedos también afloraron cuando la Unión Europea se creó, pues claramente el coste de producción no era, ni es el mismo, en Bélgica que en Rumania. Pero se han tomado medidas para equiparar los países, mediante leyes comunitarias y políticas de ayuda, aspectos que no se abordan en muchos tratados internacionales.
Por eso, los agricultores exigen que en este tipo de pactos la inclusión de ‘cláusulas espejos’, que como su nombre bien indica significa que los productos de fuera hayan sido sometidos y cumplan los mismos requisitos que los locales. Esto es algo imposible, todos lo sabemos, eso no quita que sea una petición justa y legítima.

Asimismo, piden menos burocracia, y es que las etiquetas de “ecológico” o “verde” van de la mano de certificados y ciento un formulario. Un gasto de energía y recursos a mi parecer poco sostenible. Sin embargo, como lee el refranero, la ley no es igual para todos, y los intermediarios se llevan la mejor parte, con políticas medioambientales más flexibles y menos exigentes. Si no, cómo se entiende que cada vez haya más plástico y menos comida en el supermercado.
El futuro parece incierto, con elecciones europeas en el horizonte y un creciente respaldo a partidos euroescépticos que encuentran en la protesta agrícola un terreno fértil para sus mensajes.
Esperemos que las medidas que tome Europa sirvan de ejemplo, para bien y para mal, de como abordar estos restos modernos, y que recordemos que juntos somos más fuertes.