Celebramos hoy el Domingo del Buen Pastor y la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instituida para la Iglesia Católica el 11 de abril de 1964 por el Papa Pablo VI. Desde el año 1971 se celebra el Cuarto Domingo de Pascua, conocido como el Domingo del Buen Pastor.
En este día estamos invitados a orar y a reflexionar sobre la vocación, realidad que toca lo más profundo de nuestro ser y de nuestra libertad. El Papa Pablo VI achacaba la escasez de vocaciones sacerdotales, que ya se estaba viviendo entonces, a una falta de vitalidad en la salud espiritual de toda la familia católica. La vocación sacerdotal está al servicio de todas las demás vocaciones en la Iglesia. Por eso, orar por las vocaciones sacerdotales es, en el fondo, orar por todas las vocaciones y por el bien de toda la Iglesia.
Llama especialmente la atención la coherencia de las lecturas de este domingo. La primera recoge la continuación del discurso de Pedro en Jerusalén el día de Pentecostés (fiesta del don de la Ley) ante la multitud venida de muchos lugares para esa fiesta; la eficacia de su predicación fue espectacular: aquel día se bautizaron unas tres mil personas.
El Salmo 22 compara la relación de Dios con Israel con el cuidado que muestra un pastor hacia su rebaño; sus atenciones inspiran una confianza total. En la segunda lectura, san Pedro compara a quienes no tienen fe con ovejas descarriadas (así eran antes los cristianos a los que dirige su carta); califica a Jesús de «pastor y guardián de vuestras almas». El pasaje evangélico habla tanto del cuidado del Buen Pastor por sus ovejas como del peligro que representan para estas los falsos pastores.
LECTURAS DEL DOMINGO 26 DE ABRIL DE 2026
– Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14a. 36-41: Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
– Salmo 22 R/. El Señor es mi pastor, nada me falta.
– Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 20-25: Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 1-10: En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Reflexión del Evangelio de hoy
El guía de nuestras vidas
En nuestros días encontramos en Internet tutoriales para casi todas las acciones de la vida; muchos son muy útiles para resolver problemas concretos. Pero, ¿quién nos podrá enseñar a vivir de tal manera que alcancemos una vida plena? Jesús se presenta en el Evangelio de hoy como el Buen Pastor, como verdadero guía que nos descubre los secretos de la vida. Él no es el único que se presenta como guía. Por eso, nos da criterios seguros para distinguir al verdadero de los falsos guías. Utiliza varias imágenes para que su enseñanza sea más fácil de asimilar. Nos habla de un aprisco, de su puerta, del portero, de ovejas y de pastores.
El pastor no cuida una sola oveja, sino muchas. Eso nos indica que el camino hacia la vida plena no lo alcanzamos solos, sino con otros. Separase de los otros es separase también del Pastor y quedarse a la intemperie, a merced de todos los peligros; es extraviar el camino, privarse de la meta que en lo más hondo de nuestro ser estamos llamados a alcanzar.
Diferencia entre el Buen Pastor y los ladrones y bandidos
Jesús establece un fuerte contraste entre el Buen Pastor y los ladrones y bandidos, identificados con los falsos o malos pastores. Siguiendo la interpretación que hace santo Tomás de Aquino de este pasaje, estos últimos no entran en el aprisco por la puerta, que es también Cristo, sino por la ambición, el poder del mundo y la simonía; son ladrones y bandidos porque roban, matan y pierden a las ovejas. La puerta del aprisco es pequeña por la humildad, y solo pueden entrar por ella quienes imitan la humildad de Cristo. Quienes no entran por esta puerta son orgullosos, no imitan al que, siendo Dios, se hizo hombre; y no reconocen su humildad.
Los malos pastores son también los que han venido antes de Cristo. No se refiere con esto a los patriarcas ni a los profetas, sino a quienes no han sido enviados por Dios, a los que han venido por su cuenta, y no tienen que ver ni con la inspiración ni con la autoridad divinas, ni tienen la intención de buscar la gloria de Dios, sino su propia gloria; son ladrones porque se atribuyen lo que no les pertenece, es decir, la autoridad para enseñar; son bandidos porque matan difundiendo una doctrina perversa o costumbres depravadas; vienen para perder a las ovejas; se matan a sí mismos y a los demás.
Los signos del verdadero pastor
Cristo muestra los signos por los que podemos reconocer al verdadero pastor. En primer lugar, el Buen Pastor entra por la puerta, y el portero le abre. Cristo es, al mismo tiempo, el Pastor, la puerta y el portero. La puerta tiene, entre otras funciones, la de proteger el aprisco. Cristo es una puerta infranqueable para los enemigos de sus ovejas. Pero no es una puerta cerrada para los suyos; no es una puerta que limita la libertad o que impide las entradas y salidas. El Buen Pastor respeta la libertad de los suyos, incluso la afianza o la refuerza.
En segundo lugar, las ovejas, es decir, los creyentes o los justos escuchan su voz. Escuchar significa aquí también obedecer. El tercer signo son las acciones del pastor: desde toda la eternidad conoce a cada una de sus ovejas por su nombre; esto es una muestra de la familiaridad e intimidad que mantiene con ellas; las conduce afuera y las conduce hacia los pastos abundantes; les da el verdadero alimento, o mejor, se entrega a sí mismo como alimento; también las saca del aprisco para que ellas mismas procuren la salvación de los que están fuera; a diferencia de los pastores de ovejas, que habitualmente caminan detrás del rebaño, Cristo camina delante para dar ejemplo, convirtiéndose en modelo del rebaño; va abriendo camino, enfrentando y derrotando los peligros aun a precio de su propia vida.
Jesús definió de distintas formas su misión. Dice, por ejemplo: «Para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37); «No he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo» (Jn 12,47); «Yo soy la luz; he venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Jn 12,46). En nuestro pasaje afirma: «yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Esta vida abundante es la vida de la justicia que recibimos al entrar en la Iglesia por la fe.
En el libro del profeta Habacuc se dice que el alma del incrédulo no es recta, mientras que «el justo vivirá por su fe», palabras retomadas por la carta a los Romanos. La prueba de que poseemos esta vida, o –como dice san Juan en su primera carta– de que hemos pasado de la muerte a la vida es que amamos a nuestros hermanos. Esta vida abundante se manifiesta en el amor fraterno. La vida que Jesús ha venido a traernos es también la vida eterna, que consiste en conocer al Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo.
Cristo es el único Pastor bueno y seguro que nos puede alcanzar la vida plena que tanto anhelamos porque él es la Vida. Solo hace falta que depositemos en él nuestra confianza para que la vida en abundancia que nos promete nos inunde completamente.