El acceso al alcantarillado es uno de los indicadores más claros de desigualdad social en las ciudades latinoamericanas. En Cali, la cobertura y calidad de este servicio básico reflejan profundas brechas históricas entre barrios consolidados, comunas periféricas, zonas de ladera y asentamientos informales. A pesar de los avances en infraestructura y planeación urbana, el acceso equitativo al alcantarillado continúa siendo un desafío vigente que impacta directamente la salud pública, la calidad de vida y la dignidad humana.

Desde el crecimiento urbano acelerado del siglo XX, Cali se expandió de manera desigual. Mientras los barrios formales y planificados del centro y el sur de la ciudad incorporaron tempranamente redes de alcantarillado, amplios sectores del oriente y las zonas de ladera se desarrollaron sin infraestructura básica. Estos territorios, ocupados en muchos casos por población de bajos ingresos y desplazada, crecieron al margen de la planificación oficial, generando asentamientos informales sin acceso adecuado a sistemas de saneamiento.

En las comunas con mayor consolidación urbana, el alcantarillado permitió mejorar las condiciones sanitarias, reducir la presencia de enfermedades de origen hídrico y garantizar un entorno más seguro y saludable. Por el contrario, en sectores de ladera y barrios informales, la ausencia de redes formales ha obligado a la población a recurrir a soluciones precarias como pozos sépticos, descargas directas a quebradas o sistemas improvisados, aumentando los riesgos ambientales y sanitarios.

Estas desigualdades territoriales tienen consecuencias directas sobre la salud pública. Las zonas con menor cobertura de alcantarillado registran mayores tasas de enfermedades gastrointestinales, parasitarias y dermatológicas, especialmente en niños y adultos mayores. La exposición constante a aguas residuales, suelos contaminados y malos olores afecta no solo la salud física, sino también el bienestar psicológico y social de las comunidades.

La situación se agrava en las zonas de ladera, donde la topografía dificulta la instalación de redes convencionales de alcantarillado. La combinación de pendientes pronunciadas, suelos inestables y asentamientos informales incrementa el riesgo de deslizamientos, colapsos de redes y contaminación de fuentes hídricas. En estos contextos, la falta de saneamiento adecuado se convierte en un factor de vulnerabilidad social y ambiental.

A lo largo del tiempo, las políticas públicas han intentado reducir estas brechas mediante programas de legalización de barrios, ampliación de cobertura y proyectos de infraestructura liderados por entidades como EMCALI. Sin embargo, la velocidad del crecimiento urbano y las limitaciones financieras e institucionales han impedido cerrar completamente la brecha entre los territorios formales e informales. El acceso al alcantarillado sigue dependiendo, en muchos casos, de la ubicación geográfica y la condición socioeconómica de la población.

En la actualidad, la desigualdad en el acceso al alcantarillado plantea un reto ético y social para la ciudad. Garantizar este servicio no debe entenderse únicamente como una obligación técnica, sino como un derecho fundamental asociado a la equidad urbana y la justicia social. Superar este problema histórico requiere enfoques integrales que combinen inversión en infraestructura, planificación territorial inclusiva, soluciones técnicas adaptadas a la topografía y participación comunitaria.

En conclusión, la desigualdad social y el acceso al alcantarillado en Cali evidencian que el saneamiento básico sigue siendo un problema estructural aún no resuelto. Mientras existan comunas y asentamientos excluidos de este servicio esencial, la ciudad continuará enfrentando brechas en salud, calidad de vida y oportunidades. Avanzar hacia una Cali más equitativa implica reconocer el alcantarillado como un eje central del desarrollo urbano sostenible y la inclusión social.

Ana Lucia Arango M