Cali ha dejado de entender la inclusión como un simple acto de presencia. Ya no se trata solo de que un estudiante con discapacidad o pertenencia étnica esté en el salón, sino de cómo la institución transforma su arquitectura pedagógica para recibirlo. En los últimos dos años, la capital del Valle ha consolidado una red de apoyo que busca cerrar la brecha entre el derecho legal y la realidad del aula.

La educación incluyente en la ciudad se rige por el Decreto 1421 de 2017, pero su ejecución local depende de la Secretaría de Educación Municipal (SEM). El modelo no crea “escuelas especiales” aisladas, sino que apuesta por la educación formal regular con apoyos específicos.

El corazón de este proceso es el PIAR (Plan Individual de Ajustes Razonables). No es un simple documento burocrático; es la hoja de ruta donde los docentes consignan qué necesita cada estudiante para aprender en igualdad de condiciones. Si un niño tiene baja visión, el PIAR define el uso de macrotipos; si tiene autismo, establece rutinas visuales y tiempos de descanso.

Docentes de apoyo pedagógico: Profesionales que asesoran a los profesores de área en estrategias de enseñanza.

Modelos lingüísticos y mediadores: Específicamente para la comunidad sorda y otras condiciones que requieren comunicación alternativa.

Canastas educativas: Recursos financieros adicionales que el Ministerio de Educación gira por cada estudiante reportado en el sistema con alguna vulnerabilidad o discapacidad.

En los últimos dos años, Cali ha pasado de la teoría a proyectos piloto con resultados medibles.

  1. Fortalecimiento de la Institución Educativa (I.E.) Jorge Isaacs: Se ha consolidado como un referente en la atención a población sorda, integrando la Lengua de Señas Colombiana (LSC) no solo para el estudiante, sino promoviendo una cultura bilingüe en la comunidad escolar.
  2. Enfoque Etnoeducativo: En sectores como el Distrito de Aguablanca y la zona rural, instituciones como la I.E. Nuevo Latir han integrado currículos que respetan la herencia afrodescendiente e indígena, tratando la diferencia cultural no como una barrera, sino como un contenido académico.
  3. Tránsito a la Educación Superior: Se han firmado convenios con el IETI Comuna 17 y la Institución Universitaria Antonio José Camacho para que los jóvenes con discapacidad intelectual o física no terminen su ciclo educativo en grado once, sino que tengan rutas de formación técnica y tecnológica con acompañamiento

El proceso para acceder a estos beneficios es gratuito y no requiere intermediarios.

Diagnóstico médico (si aplica): Para casos de discapacidad, es fundamental contar con la historia clínica o el certificado de discapacidad emitido por la EPS. Esto permite que el sistema lo registre bajo la categoría correcta.

  1. Reporte en el SIMAT: Al matricular al estudiante en cualquier institución oficial de Cali, debe informar la condición de discapacidad o vulnerabilidad. Esto asegura que el sistema nacional lo reconozca como beneficiario de atención diferencial.
  2. Solicitud del PIAR: Una vez matriculado, exija a la rectoría el diseño del Plan Individual de Ajustes Razonables. La institución tiene la obligación legal de sentarse con la familia para definir los apoyos.
  3. Contacto Directo: Puede dirigirse a la Secretaría de Educación de Cali (Avenida 2N # 10 – 70, Edificio CAM) y buscar la oficina de la Subsecretaría de Calidad, donde funciona el equipo de Educación Inclusiva. Allí brindan orientación sobre cuáles instituciones tienen cupos disponibles con el apoyo específico según la necesidad (intérpretes, tiflólogos, etc.).

La educación incluyente en Cali no es un favor; es una obligación del Estado y un derecho ciudadano. El éxito del modelo depende de que las familias activen estas rutas y exijan que el aula se adapte al niño, y no el niño a una estructura rígida que ya no responde a la diversidad del siglo XXI.

Nubela Meneses