El turismo gastronómico en Cali se ha fortalecido en los últimos años. La ciudad, conocida por su vida cultural y diversidad, encuentra en la cocina una forma de mostrar su identidad y atraer visitantes. Lo que antes era un complemento del recorrido turístico hoy funciona como un eje que motiva viajes, visitas guiadas y encuentro con saberes locales.

Diversos actores emprendedores, cocineras tradicionales, chefs, comunidades rurales y entidades públicas han impulsado iniciativas para posicionar a Cali como destino gastronómico. Esta tendencia responde al interés creciente por experiencias que relacionan la comida con el territorio y las tradiciones.

Uno de los componentes más visibles es la cocina del Pacífico. Preparaciones como el encocado de camarón, el tapao de pescado, la jaiba al ají, el arroz clavado y bebidas como el arrechón hacen parte de una herencia culinaria afrodescendiente presente en restaurantes y festivales. Las técnicas de cocción, el uso de hierbas como el cimarrón, la albahaca morada y el chillangua, y la presencia de productos marinos atraen a quienes buscan conocer cocinas con raíces definidas.

Las plazas de mercado también cumplen un papel importante. San Nicolás, Alameda y Santa Elena dejaron de ser solo centros de abastecimiento y hoy reciben visitantes interesados en conocer ingredientes locales y conversar con vendedoras y cocineras. En estos espacios se realizan recorridos que incluyen degustaciones y explicaciones sobre productos como el chontaduro, el borojó, la badea o el lulo. Para muchos turistas, estos mercados funcionan como aulas abiertas sobre la alimentación del Valle y del Pacífico.

En paralelo, ha crecido la oferta de restaurantes de autor que reinterpretan platos tradicionales. El sancocho de gallina, el champús, las empanadas vallunas o el aborrajado aparecen en propuestas que combinan métodos actuales con bases locales. Esta mezcla de tradición y renovación ha dinamizado la escena gastronómica y ha llevado a la ciudad a tener mayor presencia en circuitos nacionales.

El turismo gastronómico también se extiende a zonas rurales. Corregimientos como Pance, Villacorcona, Los Andes o el Saladito ofrecen visitas a fincas productoras, demostraciones de cocina, catas de frutas y encuentros con campesinos que explican sus prácticas agrícolas. Esta interacción permite comprender mejor la relación entre cultivo, producto y mesa, y contribuye a la economía de las familias rurales.

Los festivales y ferias gastronómicas son otra vitrina clave. El Festival del Chontaduro, el componente culinario del Petronio Álvarez y diferentes ferias barriales han permitido que emprendimientos locales circulen, prueben nuevas ideas y se acerquen a públicos más amplios. Estos eventos ayudan a preservar recetas, dar a conocer ingredientes y fortalecer la identidad culinaria de la ciudad.

Un elemento reciente es la integración entre gastronomía y otras expresiones culturales. Algunos operadores ofrecen rutas que combinan comida tradicional con música, clases de baile, preparación de bebidas o relatos sobre historia afro del Pacífico. Esto permite que el visitante conecte los platos con los contextos sociales que los originan.

A pesar de los avances, el sector enfrenta retos: formalización de emprendimientos, fortalecimiento de la formación de cocineros tradicionales, mejores canales de distribución de productos locales y mayor coordinación entre actores públicos y privados. Aun así, el crecimiento del interés por las cocinas regionales y la variedad de experiencias disponibles muestran que Cali tiene campo para seguir ampliando su oferta.

En conjunto, la ciudad está consolidando una propuesta gastronómica que refleja su diversidad y sus prácticas culinarias. Quien recorre mercados, prueba cocina del Pacífico, visita restaurantes o participa en actividades rurales encuentra una gastronomía que funciona como puente entre territorio, historia y comunidad.

Nubela Meneses