Víctor Cepeda, master en psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, psicólogo de la Federación Atlética de Chile, psicólogo del programa de talento “promesas Chile y académico de las universidades Andrés Bello y Central Chile.

Juan Luis Carter: Hemos caminado juntos con Víctor desde mis inicios. El presidente de la federación de antes incluso, porque lo entrenó a él un entrenador que entrené yo. Entonces estábamos muy cercanos. Víctor fue un gran atleta, campeón sudamericano de 800 m. 1 500, gran mediofondista, con una humildad tremenda, pero un gran conocimiento. Hace clases en los másteres, en el magíster acá en la Universidad de Talca, siempre colaboró con la federación. Todas las selecciones de categorías menores salían, los padres y apoderados y los jóvenes, antes de cualquier viaje, pasaban por las palabras de Víctor Cepeda, por el acompañamiento.

Yo creo que hoy día es el psicólogo que más sabe sobre talentos deportivos, porque trabaja en un programa del gobierno que se llama Promesas Chile, y siempre ha estado trabajando ahí en deportes colectivos, deportes individuales, experimentando, innovando, no solo manejando alguna técnica. Yo creo que ya ha desarrollado su propia metodología.

Yo lo he ido observando y veo que, de alguna manera, ha ido ganando terreno, espacio y, sobre todo, confiabilidad de parte de las personas que trabajan con él. Así que, Víctor, un honor tenerte hoy día como invitado y que hayas aceptado ser ponente. Así que adelante, puedes avanzar definitivamente ahora ya. Muchas gracias.

Víctor Cepeda: Siempre me pone contento poder estar en un ambiente de atletismo. Como tú dices, soy parte de un programa estatal, trabajo con distintas disciplinas. Pero, bueno, que quede entre nosotros, que no salga de Latinoamérica: siempre tengo una predilección por el atletismo, ¿cierto? Por el hecho de haber sido atleta y todo eso. Así que contento de la invitación.

Lo que yo les voy a presentar hoy día está basado en mis referencias, que van a ser las siguientes: una tiene que ver con el modelo de desarrollo deportivo de largo plazo, que se utiliza bastante en distintas disciplinas, y que es un modelo bastante integral. Conocerlo siempre va a ayudar a una buena planificación, sobre todo cuando se trabaja con atletas infantiles, juveniles o que hacen la transición al alto rendimiento.

Por otro lado, aparecen como referencia las investigaciones de David Collins y McNamara, que son psicólogos del deporte ingleses que ya llevan un par de décadas precisamente investigando cuáles son los factores psicosociales que favorecen un paso exitoso hacia el alto rendimiento.

Y, por otro lado, vamos a hacer algunas referencias a Stan Global, una psicóloga que aborda bastante el tema de las transiciones deportivas. Y, bueno, también señalarles que voy a poner al servicio mis años en la psicología del deporte. Llevo vinculado a la psicología del deporte casi 20 años y 12 de ellos en el programa Promesas Chile. Por lo tanto, también hay bastante experiencia y casos que puedo usar como ejemplo.

A partir de investigaciones pasadas y reuniones con entrenadores destacados se llevó a la construcción de ciertas dimensiones de lo que sería cada práctica deportiva, que va desde el sedentarismo hasta el deportista de fin de semana y llegando hasta el deportista de clase mundial. Se buscó hacer una clasificación lo más precisa posible y, además, se hizo un análisis estadístico de cuántas personas llegan a esos niveles o practican a esos niveles.

Yo aquí les puse los dos niveles más altos: uno tiene que ver con la élite internacional, que sería la cuarta dimensión, y que son todos aquellos deportistas que compiten en eventos internacionales oficiales, que clasifican a los distintos mundiales o disputan las clasificaciones al mundial o a las olimpiadas, y que tienen un entrenamiento que podría ser profesional o semiprofesional. Ahí sale una estadística súper interesante que dice que solo el 0,25 % de la población llega a este nivel. Y luego está el nivel de clase mundial, que sería lo más alto de este modelo: deportistas que compiten consistentemente en el alto nivel mundial, que han obtenido resultados destacados y que cuentan con becas estatales, financiamiento privado, etc. A este nivel llega solo un 0,06 %, es decir, uno de cada 16 000 personas llega al nivel de clase mundial.

Por otro lado, tenemos un estudio de Gullich, bastante citado en el mundo del atletismo, que nos dice que solo un 0,3 % de los atletas con especialización temprana alcanza el nivel internacional. Entonces, nos dice que los atletas de clase mundial, comparados con los atletas de nivel nacional que no han podido dar ese salto, tuvieron un inicio que podría llamarse más bien tardío. Es decir, comenzaron a practicar atletismo de manera consistente y sistemática a partir de los 14,4 años, comparativamente con aquellos que llegan al nivel nacional, que suelen iniciar más temprano: 12,1 años o incluso 9 años, según algunos estudios.

También es importante destacar que los atletas que llegan a la clase mundial tienen la característica de haber practicado mucho más deporte. El 66 % de los atletas de clase mundial tienen experiencia multideportiva.

¿Por qué les presento estos datos? Porque nos ayudan a entender que los entrenadores tienen una gran responsabilidad. Una responsabilidad en el sentido de que es importante seguir preparándose lo más específicamente posible, adquiriendo conocimiento para poder acompañar estos procesos exitosos hacia la élite mundial, la clase mundial, etc., pero también para tener en cuenta que son pocos los que logran llegar a los niveles más altos del deporte. Por lo tanto, surge la pregunta: ¿qué hacemos con aquellos que no llegan? Ahí existe una responsabilidad social y personal hacia todos ellos, que implica también cuidado y compromiso en su formación, incluso cuando no alcanzan el alto rendimiento.

Cuando hablamos de los llamados talentos deportivos que intentan dar el salto al alto rendimiento, estamos hablando de un viaje, de una trayectoria. En psicología del deporte, este proceso se denomina transiciones deportivas, entendidas como eventos o procesos que provocan cambios en la estructura de vida del atleta y que exigen recursos psicológicos para afrontarlos.

Existen dos tipos de transiciones:

  • Normativas: aquellas que suelen estar marcadas por la edad o la disciplina, como pasar de infantil a juvenil, de un nivel local a uno internacional, o del deporte amateur al profesional.
  • No normativas: situaciones inesperadas como lesiones graves, cambios de entrenador, exclusiones de selección, problemas familiares o académicos, que generan desorganización en la vida del atleta y lo obligan a recurrir a sus recursos personales.

En este contexto surge la pregunta: ¿es talento real o solo una ventaja temporal? Uno de los modelos más interesantes al respecto es el de Collins y McNamara, denominado el camino pedregoso, que invita a entender el talento no como un don innato, sino como una trayectoria de posibilidades que debe actualizarse mediante práctica sistemática, deliberada y exposición a desafíos progresivos.

Aquí aparece la tensión entre la promesa temprana y la progresión sostenida. La precocidad no garantiza la consolidación en el alto rendimiento. Una promesa temprana es aquel atleta que destaca desde pequeño, gana con frecuencia y sobresale físicamente o técnicamente, a veces gracias a una maduración biológica temprana o factores genéticos. Sin embargo, los demás compañeros que no tuvieron esa ventaja inicial suelen compensar con el tiempo.

La progresión sostenida, en cambio, depende de la capacidad del atleta para desarrollarse cuando aparecen nuevas exigencias: mayor volumen e intensidad de entrenamiento, cambios de la adolescencia, lesiones, fracasos o estancamientos. Muchas promesas tempranas, al no haber enfrentado adversidades en edades iniciales, carecen de las habilidades psicológicas necesarias para sostenerse en el tiempo. Por eso es importante observar también a esos atletas que, aunque no destaquen demasiado, muestran resiliencia: pierden una competencia el fin de semana, pero el lunes están puntualmente en la pista, con las zapatillas puestas, listos para entrenar de nuevo. Ese amor y pasión por el deporte es un indicador valioso que a veces pasa desapercibido.

He visto esto de cerca en mi trabajo con mediofondistas destacados de Chile que, curiosamente, no brillaron en edades tempranas. Aun así, tras derrotas o clasificaciones frustradas, nunca los vi abatidos, sino firmes y motivados, con una pasión por aprender y disfrutar la pista más allá del resultado. También acompaño actualmente a una lanzadora a quien entreno desde el colegio, que ha debido sobreponerse a múltiples adversidades. En su caso, un entrenador comprensivo y adaptativo ha sido clave para su proceso.

Todo esto nos recuerda que las experiencias de éxito temprano deben ser acompañadas con mucha cautela, y que no debemos deslumbrarnos con el “campeón de los 10 u 11 años”. El verdadero desafío es que ese talento logre sostenerse en el tiempo.

El camino hacia el alto rendimiento no es recto ni suave: es pedregoso. Según Collins y McNamara, son necesarias las dificultades, entendidas no como traumas clínicos, sino como desafíos significativos que desestabilizan temporalmente al atleta y lo obligan a poner a prueba sus recursos. No se trata de evitarlos, sino de acompañarlos. El rol del entrenador es crucial: planificar considerando estos posibles momentos de crisis y estar presente para guiar al deportista en su afrontamiento.

Por tanto, no basta con piernas fuertes: se necesitan recursos mentales. Son los entrenadores quienes, en gran medida, contribuyen a forjar el mindset o sello psicológico del deportista, aquello que encarna y proyecta su fortaleza interior.

Alabamos a atletas, destacamos atletas y definimos atletas importantes, ¿cierto? Generalmente hacemos la definición utilizando lo siguiente. Hablamos de esos deportistas refiriéndonos a sus habilidades, pero principalmente a sus valores: “este atleta es valiente”, “este atleta es perseverante”, etcétera. Y todo eso se va construyendo y forjando progresivamente. Son ustedes, los entrenadores, quienes ayudan precisamente a formar ese mindset.

¿Cuáles son algunas de las habilidades que muestran los estudios necesarios para hacer frente a las dificultades que van apareciendo en esta trayectoria deportiva? Por ejemplo, el autoconocimiento: necesitamos un atleta que sea capaz de conocerse, de reconocer qué emociones favorecen un buen proceso. Necesitamos un atleta consciente de cuáles son los obstáculos o situaciones que podrían impedir desplegar su potencial. Necesitamos atletas capaces de tolerar el error e integrarlo como parte del proceso. Atletas que sepan diferenciar y poner su atención en asuntos relevantes, descartando los distractores que no sirven para la experiencia deportiva. Necesitamos construir una motivación interna. Generalmente, las promesas tempranas tienen un solo motivador: ganar. “Me acostumbré a ganar, por lo tanto, solo me siento competente y motivado si gano”. Para que el atleta se sostenga en el tiempo es importante diversificar las motivaciones: sí, me importa ganar porque es importante, pero también me motiva ir a un espacio donde disfruto con mis compañeros, donde aprendo, donde me desarrollo. Esa es una motivación diversificada. Además, se necesitan distintas habilidades de afrontamiento. A veces juego con los deportistas y les digo: “Dime en 20 segundos qué haces para concentrarte. Dime en 20 segundos qué haces para motivarte”. Cuando el deportista responde rápidamente, significa que está construyendo un mindset sólido.

Es importante tener en cuenta lo siguiente: estas habilidades no son innatas. Se pueden entrenar y reforzar desde edades tempranas. Existe la idea de que “el deportista nació fuerte en cierta cualidad”. Sí, algunos tienen estrategias de afrontamiento naturales, pero otros las aprenden y forjan con el tiempo. Necesitamos dedicarles atención y entrenamiento, igual que a los elementos técnicos.

Más que ser un entrenador técnico, es fundamental ser un entrenador que acompaña la transición. El camino hacia el alto rendimiento es pedregoso: se necesita cierto nivel de trauma o desafío para que el deportista pueda afianzarse y sostener una carrera. Y, por otro lado, se requieren habilidades psicológicas. Ustedes son parte fundamental de este camino. La relación entrenador–atleta es clave. Desde la clase de educación física hasta el club, el entrenador puede ser determinante para que un joven llegue al alto rendimiento o, simplemente, para que sea un adulto activo y saludable en su vida. A veces se habla de factores psicosociales que favorecen u obstaculizan las transiciones exitosas, mencionando a los padres, las instalaciones, los contextos. Yo les diría: los entrenadores no son parte del contexto, son parte del contenido. La relación que ustedes establecen con los atletas es fundamental.

En los primeros años, cuando los niños se acercan al atletismo, necesitan guía sistemática y contención emocional. A medida que crecen, necesitan autonomía, feedback crítico pero constructivo, y corresponsabilidad. La relación evoluciona. El atleta de 14 no es el mismo de 18. Si nos quedamos con la imagen de un niño que ya no lo es, nos volvemos poco adaptativos, y eso puede obstaculizar su desarrollo.

¿Cuáles son los factores críticos? donde el deportista pueda decir: “Tengo miedo”, y ustedes no lo censuren. El miedo es una emoción recurrente en la competición. Se necesitan estilos de comunicación adaptativos, donde ambas partes puedan expresarse claramente. Y se requiere sintonía con las necesidades emocionales y evolutivas del atleta. Está demostrado que los estilos autoritarios van en contra de esos climas de confianza. Aunque el atletismo se piensa como un deporte individual, se entrena en grupo. Tengan siempre en cuenta armar grupos amables y cooperativos, casi como si fuera un deporte colectivo. Eso favorece la adherencia, la motivación y la autoconfianza.

Todo esto se da en un marco de participación, aprendizaje y rendimiento progresivo. Al inicio fomentamos la participación; luego ajustamos el aprendizaje, haciéndolo más preciso; y, a medida que crecen, se pone mayor atención en la técnica. El destino final lo decide el propio deportista, según cuánto se comprometa.

Por eso, cuando ustedes planifican, no solo hacen un plan técnico. Están estableciendo una alianza de crecimiento y progresión con el atleta, una alianza que puede determinar hasta dónde llegará.

Les comparto un dato: un estudio del 2023 entrevistó a niños que practicaban sistemáticamente deporte en distintas disciplinas, en programas parecidos al “Promesas Chile”, antesala del alto rendimiento. Se les preguntó cómo definían compromiso y disfrute. El estudio arrojó que los niños pueden soportar niveles altos de exigencia cuando hay motivación interna, capacidad de decisión y contención emocional. Además, no entrenan solo por premios o presión externa, sino por propósito personal y valores.

¿Qué papel juegan los padres? Los niños dicen: “Quiero a mi papá cerca, sí, pero a la distancia. Que sea un espectador orgulloso de lo que hago. Que no intervenga en las decisiones del entrenador, porque cuando lo hace, daña la relación entrenador–deportista”. Acompañar sin criticar, estar disponible sin invadir, validar el proceso y no solo los resultados. Les digo a veces: cuando el hijo pierde, se van todos callados en el auto; y cuando gana, dicen: “Vamos a comer”. Les invito a dar un trato parecido en la derrota y en la victoria, para que el atleta valore el proceso en sí. La sobreinvolucración interfiere en la autonomía y daña el vínculo entrenador–deportista.

Conclusiones:

  • El talento precoz no garantiza éxito futuro.
  • La evaluación de talentos no debe hacerse solo por resultados, sino por respuesta al desafío y capacidad de adaptación.
  • Los entrenadores deben ser grandes observadores de la conducta, más allá del resultado puntual.
  • La exposición progresiva a desafíos según edad y desarrollo técnico-psicológico es clave.
  • El desarrollo tiene altibajos y requiere recursos mentales y vínculos significativos.
  • El talento sin habilidades psicológicas sucumbe ante la presión.

La relación entrenador–atleta puede marcar la diferencia entre rendirse o seguir. Y, por último, la práctica deportiva debe enraizarse en valores. No se trata solo de ganar, sino de demostrar valentía, perseverancia, disciplina. El atleta debe ser consciente de que para llegar a su meta necesita cultivar esos valores.

Les dejo estas preguntas: ¿Estoy reforzando la autonomía y el afrontamiento de mis deportistas? ¿De qué manera acompaño sus crisis o transiciones? ¿Qué significa realmente disfrutar del deporte en la juventud?

Muchas gracias. Espero que en esta breve presentación haya dejado algunas inquietudes y desafíos para ustedes.

JLC: Quiero hacerte una pregunta. Yo sé que tú eres un tipo muy inquieto y perteneces a una asociación de psicología social del deporte que hay en Chile, que yo la conozco de cerca, conozco a otro. Yo creo que ese concepto de psicología social es el que CEPALAC de alguna manera lo identifica, porque tiene que ver con una cultura, con una sociedad, con un territorio.¿Nos puedes decir cuál es la diferencia entre la psicología social, cierto, y la psicología deportiva propiamente tal?

VC: Generalmente la psicología del deporte se tiende siempre a asociar un poco al vínculo más directo con el rendimiento deportivo, cierto. Hoy día sí, cada vez más cerca también de lo que se llama bienestar, y ha ayudado a consolidar esa unión que también es súper necesaria. Sabemos que el rendimiento deportivo es duro. Siempre se dice que no es salud, etcétera, y que comparto en gran medida, pero también entender que puede estar dentro de un contexto de bienestar.

Entonces, en el fondo, la psicología social del deporte también, como si este fuera un lente, es como que aumenta el lente y nos ayuda a mirar el todo. Nos ayuda también a observar cuando son contextos favorecedores no solamente del gran rendimiento deportivo, sino también de que haya mayor cantidad de prácticas corporales, por ejemplo, nos ayuda a mirar críticamente. En el fondo, lo quiero graficar de la siguiente manera: hay una investigación súper interesante que se llama de los 3, 30, 300 te dice, una teoría que dice que ojalá que cuando tú te asomes por tu ventana puedas mirar 3 árboles, ojalá que sean árboles frondosos. Después, el 30 viene de ojalá que tu comuna, tu territorio, tu parcela, tu provincia en el fondo, el 30% de ella esté poblada de árboles. Y ojalá a 300 metros de ti haya un gran parque que te permita recrearte.

Uno puede decir: ¿qué tiene que ver esto con la psicología? Tiene que ver mucho, porque te dice que cuando existe eso, por ejemplo, hay mejores niveles de salud mental, hay menor incidencia de sufrimiento psicológico, la gente va menos al psicólogo cuando se presentan estas 3 características. Y de una u otra manera, la psicología social del deporte te ayuda a observar y entender esos fenómenos.

JLC: Muchas gracias por tu entrega permanente al atletismo, no solo de Chile ahora, sino de Latinoamérica. Ya disté un salto grande. No podías estar ausente en esta primera jornada por toda tu entrega, tu compromiso, tu amor por el atletismo y por tu profesión de psicólogo. Y como alguien decía, eres una persona muy humilde, y eso es lo que siempre voy a rescatar en ti, siendo un campeón, pero también estudioso y con mucha fuerza para llegar.

Para mí representas un modelo de psicólogo, pero no solo eso, también de persona integral. De alguna manera, también los dirigentes que entendemos la psicología la valoramos. Yo siempre la entendí, entendí que era importante. Contamos con varios psicólogos más, igual que tú, que trabajaron con la federación desinteresadamente. No teníamos los recursos, pero me quedo con eso. Ahora es cuando la psicología debe estar sentada en la mesa junto con la fisiología y la teoría del entrenamiento. Creo que este CEPALAC puede ser el momento para que eso ocurra. Así que muchas gracias por todo.

VC: Muchas gracias por tus palabras y muchas gracias a todos los entrenadores. Me encantó haber tenido la posibilidad de este alcance tan regional y latinoamericano.

Redacción