Entre 1736 y 1786, el Valle del Cauca fue escenario de cambios importantes derivados de las reformas borbónicas en el imperio español. La creación del Virreinato de la Nueva Granada en 1739 y la reorganización fiscal, militar y administrativa impulsada por la Corona bajo el reinado de Carlos III integraron la región de manera más estrecha a las políticas virreinales, manteniendo su dependencia de la Gobernación de Popayán.

Territorio, administración e infraestructura

La jurisdicción del Valle incluía ciudades como Cali, Buga, Cartago, Toro y Caloto, gobernadas por cabildos locales que operaban bajo una supervisión más directa de las autoridades reales. La llegada de visitadores y administradores peninsulares reforzó el control sobre la gestión municipal y sobre el cumplimiento de las disposiciones fiscales y comerciales.

Las reformas promovieron mejoras en infraestructura como la reparación de caminos hacia Popayán, Pasto y Buenaventura, la construcción de puentes y la adecuación de tramos estratégicos para el transporte de mercancías. El puerto de Buenaventura se consolidó como enlace marítimo con el Pacífico y facilitó el tránsito de productos hacia rutas que conectaban con el comercio imperial.

Estructura social y fuerza de trabajo

La sociedad mantuvo su organización jerárquica. Españoles peninsulares y criollos concentraban la propiedad de la tierra y el acceso a los principales cargos locales. La mano de obra estaba sostenida en gran medida por afrodescendientes esclavizados que trabajaban en haciendas cañeras, explotaciones ganaderas, labores urbanas y actividades mineras en el litoral Pacífico.

La población indígena se encontraba cada vez más reducida a resguardos donde estaba sujeta al pago de tributos y a la realización de trabajos comunales. Paralelamente creció la población mestiza libre que se dedicaba a la arriería, el comercio menor y la producción artesanal, desempeñando un papel relevante en la circulación de bienes entre el interior andino y el litoral.

Economía y comercio

El Valle del Cauca consolidó su papel como proveedor agrícola de las zonas mineras de Barbacoas, Raposo y el Chocó. Los ingenios azucareros aumentaron su producción y junto con cultivos de cacao, maíz y yuca, abastecían los mercados internos y los centros mineros. La ganadería tuvo un papel importante en el suministro de carne, cueros y sebo para la región.

Cali reforzó su papel como centro logístico desde el cual partían caravanas de mulas hacia Popayán, Pasto y Buenaventura con cargamentos de productos agrícolas, aguardiente, sal y textiles. El retorno traía oro y mercancías importadas que ingresaban por el litoral. El comercio estaba regulado por un sistema de impuestos que incluía alcabalas y diezmos, lo que fortalecía tanto a la Corona como a la Iglesia.

Religión y vida comunitaria

La Iglesia católica mantuvo una fuerte presencia en la organización social. La expansión de parroquias y capillas rurales acompañó el crecimiento de las haciendas y los registros parroquiales funcionaban como base para el control demográfico y fiscal. Las festividades religiosas actuaban como espacios de cohesión social y de reafirmación del orden establecido.

Las órdenes religiosas también participaron en la economía mediante la administración de tierras y la concesión de créditos. La expulsión de los jesuitas en 1767 produjo cambios en la educación y en la propiedad de sus bienes, que pasaron a otras órdenes o a manos particulares.

Cali y el Valle en un sistema más integrado

Hacia 1786, el Valle del Cauca estaba plenamente articulado a las redes económicas del Virreinato de la Nueva Granada. Cali se había consolidado como un punto estratégico en la conexión entre el interior andino y el litoral Pacífico, con una base productiva diversificada en agricultura, ganadería y comercio. Las reformas borbónicas habían fortalecido el control administrativo y fiscal, pero también habían favorecido la mejora de la infraestructura y la integración regional.

Continuará: 1786 – 1836

Redacción