La liturgia da relieve a esta Conmemoración por varias razones. Primera, porque los fieles difuntos también son Iglesia o cuerpo espiritual de Jesucristo que han entrado ya en ese mundo sin dolor ni muerte; de ese mismo cuerpo son ellos y nosotros; seguimos unidos. Segunda, porque los fieles ya difuntos cuando caminaron en este mundo sembraron en favor nuestro lo mejor que tenían, y es natural que demos gracias por su vida en la tierra y celebremos nuestra confianza en que, por la misericordia de Dios, hayan vencido a la muerte. Tercero, porque nos recuerdan nuestra vocación cristiana: en el agua del bautismo fuimos simbólicamente sepultados para resucitar a una vida nueva donde han entrado ya definitivamente nuestros hermanos difuntos. Debemos caminar en esa vida nueva.
En el calendario litúrgico para esta Conmemoración se dan varias opciones en la elección de lecturas. En todas ellas hay como tres claves fundamentales: morimos insertos en el misterio pascual de Jesucristo que muere por amor venciendo a la muerte; cuando termina nuestra vida en la tierra, Dios misericordioso nos acompaña; todo lo bueno que hemos intentado sembrar en este mundo, ya no cae en el vacío.
Para dejar libertad a las distintas comunidades en la elección de las lecturas, centraré la reflexión en tres frases que leemos en los textos propuestos.
– Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7: He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios.
– Salmo 24: A ti, Señor, levanto mi alma
– Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 20-21: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 17-27: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Reflexión del Evangelio de hoy
“La muerte no podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Nuestro Señor”
En Jesucristo hemos percibido que Dios es presencia de amor; nos fundamenta y nos sostiene. En esa Presencia existimos y nos movemos.
Si por otro lado Dios es dueño y fuente de la vida, no es posible cue nos abandone en la muerte, ese momento decisivo en nuestra existencia “Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí mismo; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos, ya muramos, somos del Señor”.
Es la verdad que confesamos los cristianos sobre la realidad y desenlace de la vida humana.
“Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Si hemos sido incorporados a el en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya”
Confesamos que la encarnación de Dios, presencia de amor, ha tenido lugar de modo definitivo en Jesucristo. Y que la encarnación continúa de algún modo en todo ser humano.
Es lo que real y simbólicamente los cristianos celebramos en el bautismo: sepultados en el agua salimos con una vida nueva; y toda nuestra existencia será bautismal, dejar las obras de muerte para respirar y dar vida.
Es la realidad simbolizada en el bautismo: una peregrinación siguiendo a Jesucristo que pasó por el mundo haciendo el bien, y entregando su vida por amor a los demás, ha vencido a la muerte y hoy no dice: “Yo soy el camino”.
“También nosotros andemos en una vida nueva”
No faltan cristianos con cara de cuaresma pensando en un juicio final. Olvidan que el Dios, ese juez implacable que se imaginan, se ha revelado ya en Jesucristo como Padre de la misericordia que no sabe más que amar.
El juicio final sobre nuestra existencia en la tierra lo vamos dando cada uno mientras caminamos en el tiempo: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me iste de beber, fui forastero y me hospedaste, estuvo desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, en la cárcel y viniste a verme”.
Hoy celebramos el camino que recorrieron nuestros difuntos tratando de seguir esa conducta, y nuestra confianza en Dios revelado en Jesucristo cuyo poder se manifiesta en la misericordia.