Cali mantiene desde hace varios años un programa dirigido a reducir tensiones entre grupos juveniles que presentan conflictos en barrios y comunas. Las jornadas de desescalamiento se han convertido en una herramienta de trabajo comunitario que combina mediación, acercamientos territoriales y coordinación con instituciones locales. El propósito es intervenir antes de que las disputas escalen a hechos violentos, promover acuerdos mínimos de convivencia y activar rutas de apoyo social.

En términos operativos, estas jornadas se desarrollan a través de equipos móviles que visitan sectores priorizados por antecedentes de riñas, amenazas o confrontaciones entre grupos. El trabajo empieza con la identificación de líderes juveniles, adultos significativos, organizaciones de base y redes de apoyo que conozcan la dinámica del territorio. Una vez se establece este mapa, los facilitadores realizan conversaciones iniciales por separado con cada grupo para reconocer los puntos de conflicto, las percepciones de riesgo y los factores que han sostenido las tensiones.

Durante los últimos dos años, Cali ha registrado experiencias concretas que permiten evaluar el funcionamiento de estas acciones. En 2024, por ejemplo, se aplicó un modelo piloto de intervención rápida en tres comunas donde se presentaban disputas recurrentes entre combos barriales. La estrategia se concentró en abrir canales de diálogo y reducir la retaliación inmediata. Los equipos reportaron que, en varios casos, los jóvenes manifestaban disposición a participar siempre que el proceso fuera neutral y que se garantizara la presencia de acompañamiento institucional. Tras varias sesiones de mediación, se lograron pactos de no agresión que incluyeron compromisos de movilidad segura dentro del mismo barrio y acuerdos para evitar provocaciones en eventos deportivos o reuniones comunitarias.

En 2025, el programa amplió su trabajo con entidades educativas y culturales para fortalecer actividades paralelas que contribuyeran a estabilizar las relaciones entre grupos. En colegios oficiales se realizaron encuentros de análisis de conflictos, ejercicios de escucha dirigida y actividades de reconstrucción de hechos, donde cada grupo explicaba cómo había percibido una situación de confrontación. Este enfoque permitió reducir interpretaciones erróneas y facilitar compromisos que se trasladaron al territorio.

Otra experiencia significativa se dio en zonas donde los conflictos no eran solo entre jóvenes del mismo barrio, sino entre grupos de distintas comunas que se enfrentaban durante desplazamientos diarios. Para estos casos se usó un modelo de mediación itinerante, que reunió a los jóvenes en puntos neutrales —centros culturales, casas de cultura, escenarios deportivos— con el fin de negociar acuerdos básicos. La coordinación con la Policía de Infancia y Adolescencia y con gestores territoriales fue clave para asegurar el cumplimiento de los compromisos y para activar alertas cuando surgían riesgos.

Las jornadas también incorporaron componentes de oferta institucional. A través de la Secretaría de Paz, la Secretaría de Bienestar Social y programas de empleabilidad, los jóvenes recibieron información sobre apoyos disponibles, rutas para cursos cortos, oportunidades de formación y orientación psicosocial. Esta parte del proceso resultó útil para vincular a algunos participantes a actividades estables que disminuyeron su exposición a entornos conflictivos.

Aunque estas experiencias muestran avances, el programa enfrenta desafíos. La rotación de líderes juveniles, los cambios en las dinámicas territoriales y la continuidad de factores sociales que alimentan los conflictos —como el consumo de sustancias y la falta de oportunidades— obligan a mantener las jornadas de manera constante y flexible. Además, la ciudad requiere mayor articulación entre instituciones para que las acciones de mediación se consoliden y no dependan únicamente de intervenciones puntuales.

Para quienes necesiten apoyo o quieran activar una jornada de desescalamiento en su barrio, el procedimiento es directo. El primer paso es comunicarse con la Secretaría de Paz y Cultura Ciudadana, que coordina los equipos de intervención. Esta dependencia recibe reportes sobre tensiones entre grupos juveniles y programa visitas de diagnóstico en campo. También se puede solicitar acompañamiento a través de las Casas de Juventud o de los gestores de convivencia adscritos a la Alcaldía.

Durante el reporte inicial se recomienda describir brevemente el tipo de conflicto, el lugar donde ocurre, los horarios en que se presentan las tensiones y las personas o grupos involucrados. Esto permite que el equipo priorice la atención y establezca un plan de trabajo. Una vez verificada la situación, se programan encuentros con los jóvenes, se definen compromisos y se realiza seguimiento.

El éxito de estas jornadas depende en gran medida del trabajo conjunto con la comunidad. Los adultos significativos, líderes barriales y organizaciones locales cumplen un papel de puente entre los jóvenes y las instituciones. Su participación ayuda a evitar que los acuerdos se diluyan y facilita la identificación temprana de nuevos riesgos. Cali continúa afinando este programa con el objetivo de que las intervenciones sean cada vez más oportunas y efectivas, manteniendo una presencia territorial que permita responder a conflictos antes de que escalen y fortalecer la convivencia en los barrios.

Ana Lucia Arango M