El programa Formadores de Cultura Ciudadana para Jóvenes en Riesgo opera en Cali como una estrategia orientada a reducir factores asociados a la violencia juvenil y fortalecer capacidades sociales en barrios con alta vulnerabilidad. Su eje central es acompañar a jóvenes entre los 14 y los 28 años mediante procesos educativos comunitarios, actividades de liderazgo y participación en acciones que mejoran la convivencia en sus entornos más cercanos. A diferencia de iniciativas basadas en controles o sanciones, este programa se organiza alrededor de la formación práctica en habilidades ciudadanas, la mediación de conflictos y el uso de referentes positivos en el territorio.

Su funcionamiento parte de tres componentes básicos. El primero es la identificación de jóvenes que presentan riesgo de vinculación a dinámicas violentas o que han tenido conflictos reiterados en espacios escolares o comunitarios. Ese proceso se realiza junto a instituciones educativas, organizaciones sociales, líderes barriales y equipos de seguridad y convivencia. El segundo componente es la formación, que incluye ciclos de trabajo sobre resolución pacífica de conflictos, participación ciudadana, manejo de emociones, liderazgo juvenil y acciones colaborativas. El tercer componente es la intervención territorial, en la cual los mismos jóvenes lideran actividades en sus barrios, desde jornadas deportivas y culturales hasta acompañamiento escolar y campañas de convivencia.

Durante los últimos dos años, el programa ha tenido experiencias clave. Una de ellas ha sido la ampliación de grupos juveniles en comunas del oriente y ladera, donde se identificó alta concentración de jóvenes sin actividades formativas ni redes de apoyo. En esas zonas se consolidaron colectivos que hoy funcionan de manera autónoma, coordinando actividades con juntas de acción comunal y unidades de servicios sociales. Otra experiencia relevante ha sido el trabajo conjunto con instituciones educativas oficiales, que permitió integrar a jóvenes con antecedentes de conflictos escolares en procesos de mediación, logrando disminuir episodios de confrontación dentro de colegios seleccionados.

También se desarrollaron intervenciones específicas en sectores con altos índices de riñas y disputas entre grupos juveniles. Mediante la presencia continua de equipos territoriales y la promoción de actividades comunes, se redujeron situaciones de confrontación en varios puntos priorizados. Adicionalmente, el trabajo con organizaciones culturales permitió que jóvenes vinculados al programa participaran en talleres de música, danza urbana y producción audiovisual, incorporando esos aprendizajes en iniciativas locales que fortalecieron la apropiación del espacio público.

En 2024 y 2025 se reforzó el componente de liderazgo juvenil. Algunos participantes asumieron roles de facilitadores, guiando a nuevos integrantes y ayudando a coordinar acciones comunitarias. Esta experiencia aportó sostenibilidad al programa porque permitió que los procesos mantuvieran continuidad incluso en periodos de baja presencia institucional. También se fortaleció la articulación con programas de prevención del reclutamiento, centros de escucha para salud mental y proyectos de empleabilidad, con el fin de ampliar rutas de apoyo para los jóvenes.

El programa ha mostrado avances, pero también enfrenta desafíos. Uno de los principales es asegurar continuidad formativa para jóvenes que tienen movilidad frecuente entre barrios o que presentan condiciones familiares inestables. Otro reto es consolidar redes de apoyo con organizaciones comunitarias que permitan mantener actividades permanentes. Además, la demanda supera la capacidad de cobertura en varios sectores, lo que obliga a priorizar grupos según niveles de riesgo y disponibilidad operativa.

Para quienes deseen solicitar apoyo o conocer cómo acceder al programa, existen varias rutas. La primera es a través de las instituciones educativas oficiales, donde orientadores escolares y coordinadores de convivencia pueden remitir casos de estudiantes que requieran acompañamiento. La segunda es mediante los centros de atención local, donde se reciben solicitudes de familias o líderes comunitarios interesados en incluir a jóvenes en procesos formativos. También se puede solicitar información en las jornadas territoriales de convivencia, que se realizan periódicamente en diferentes comunas.

El ingreso al programa suele iniciar con una valoración básica que identifica el nivel de riesgo, los intereses del joven y las condiciones de su entorno. Luego se coordina la vinculación al grupo correspondiente y se programan las sesiones de formación. Las familias también pueden participar en espacios de orientación que ayudan a fortalecer el acompañamiento en el hogar. Cuando los jóvenes requieren apoyo adicional, como atención psicológica, orientación educativa o mediación por conflictos, el equipo del programa activa rutas con entidades aliadas.

Formadores de Cultura Ciudadana para Jóvenes en Riesgo continúa siendo una herramienta importante para promover vínculos comunitarios, disminuir situaciones de conflicto y generar oportunidades de participación. Sus experiencias recientes muestran que la combinación entre formación, liderazgo y presencia territorial contribuye a reducir factores de riesgo y a mejorar la convivencia en barrios con mayores desafíos sociales. Mantener y ampliar este tipo de iniciativas depende de la coordinación entre instituciones, organizaciones sociales y comunidades, así como del acceso oportuno de las familias que buscan acompañamiento para sus jóvenes.

Ana Lucia Arango M