El negocio más malo del mundo

Por Visitante (no verificado) el Sáb, 18/02/2012 - 7:46am

La Super Heladería Gabby se asoma una cuadra antes, con un parasol de colores que estalla entre las nubes de polvo que dejan los buses que transitan por esa calle, como una tormenta de mangostas devorando esos cultivos de caña que uno ve cuando viene del aeropuerto hacia Cali. Gabby se enseña alegre desde lejos, pero es mentira. Gabby está sola, nadie la visita. La heladería queda en la Kra 70 con 3, al lado un deposito de materiales para la construcción tan hedionda que es difícil precisar si huele a orines de caballo o a materia fecal de perro. Afuera tiene 3 mesas rimax y un payaso de fibra de vidrio con la boca abiertísima, para que la gente tire la basura a través de su garganta o meta la mano hasta el intestino, cuando botó algo que no debía. El payaso tiene una mirada sobrecogedora, de paramilitar con motosierra, y tengo que taparme las orejas para no pensar en el ridículo parecido que tiene con mi padre. Adentro, un televisor empotrado en la pared, un refrigerador oxidado que antes de la glaciación fue blanco, una vitrinita llena de cigarrillos, súper-cocos, bananas y uno que otro paquete de galletas; y una pecera que sirve como florero para una mata –la corona de una piña-. Ahí no suena nada, sólo la bulla que hace el refrigerador y los motores de los carros  que pasan por la calle de al frente. Estaba haciendo frío.

-Buenas. A la orden- dice una señora bajita y gordita que salió apresurada de atrás del  refrigerador. Cuando la saludo y le voy a hablar me dice que espere y se clava en un cuaderno que está llenando con un lápiz. Espero. Me fijo en un ventilador de aspas que cuelga del techo. Si yo fuera golondrina, haría mi nido ahí… ¿pero qué maricadas estoy diciendo? Espero. Pasan unos minutos. El lugar está vacío. Casi vacío. Minutos después de mi llegada a la heladería vacía, entró una mujer joven, gorda y con el cabello muy corto y anaranjado, se sentó en una silla y cogió otra para poner los pies. No pidió nada, no dijo nada, no saludó a nadie, y empezó a dormirse por intervalos de tiempo. Durante todo el tiempo que yo estuve ahí, ella también lo hizo.

-Mire, ahí están los sabores. ¿Cuál quiere?- señala unos helados dibujados en icopor de colores desnaturalizados: Cucurucho sencillo, cucurucho doble, Mini-estrella, estrella sencilla, estrella con frutas, piña hawaiana, vaso grande de helado, vaso grande de fresas, cono super-danés, choco-conos, paletas, ensalada de frutas y malteada.

- Ummm.
- ¿De cuál quiere?
- ¿Le puedo hacer unas preguntas?
- ¿De qué?
- Es para una revista, una revista muy importante, le puede servir cómo publicidad para el negocio.
- Sí, sí, claro.
-¿Cómo se llama? 
-María Teresa Márquez
-¿Hace cuánto tiene esta heladería?
-7 años.
-¿Solamente vendía helados?
-Sí. Ahora, hace como dos años, vendo minutos.
-¿Cuántas personas viven de lo que usted gana aquí?
-Dos. La niña mía y yo.
-¿Quién se encargó de la decoración de la heladería?
-Ah… una señora. Ella hizo los diseños del icopor y pintó el Mickey Mouse de la pared. Esa cortina sí la hice yo. –una cortina que tapa el baño, hecha en tul verde, con figuras de flores hechas con pintura líquida, escarchada de color dorado.-
-¿Por qué tiene esta reja?
-Porque a veces la gente ya se quiere meter aquí. Uno llega y destapa –abrió el congelador oxidado en el que guarda los helados- y la gente quiere meterle la mano a la crema y también para que no le caigan cabellos y cosas; además la reja da un poquito de respeto.
-¿Ha pensado a cambiar de negocio? Un restaurante por ejemplo
-Ay, no. Por acá hay mucha competencia de eso y la idea de uno es poner un negocio que no todo mundo lo tenga porque entonces…
-¿Por qué el nombre de la heladería?
-Ah Gabby, pues por mi hija, que se llama Gabriela.
-Ummm, ¿usted vive cerca?
-Sí, yo vivo al lado. Éste era el garaje de la casa.
- Ummm.
- Pues sí, así es la cosa.
- Ummm, ¿me vende un minuto a celular?
- Sólo tengo a Comcel.
- Ummm.
- Pero ahí afuera venden, vea. – me señala con el dedo a un negro canoso con una sombrilla que está justo al frente de la heladería. Yo salgo y hago la llamada. No contestan. Hace un calor del diablo. Me suda la axila, el culo y la bragadura. Me suda el mundo. Decido esperar afuera un rato para entrevistar a algún cliente sin que la señora vea. Me siento en el andén y espero. Nadie entra, nadie sale. Bien, muy bien. 2 y 35 de la tarde. Llevo tres horas aquí. Entro entonces.
-¿La han robado?
-Nunca, en los siete años que llevo aquí nunca me han robado.
- ¿Y ha tenido algún inconveniente con un helado? Que se haya dañado una crema…
-No, pues hasta ahora nunca han venido a hacerme un reclamo. Mis helados son ricos, a la gente le gustan, y usted los probó ¿que tal le pareció? Es bueno y es económico.
-¿Cuál es el más caro?
-Ése de allí –señaló el vaso grande con cremas dibujado en el icopor- ése vale $4000. Ése me demoro haciéndolo por ahí cinco minutos; se le echa fresas, un pedacito de banano, crema de leche, mermelada, dos bolitas de helado y lechera.
-¿Siempre está usted aquí sola?
-Casi siempre.
-¿Qué es lo que más se vende?
-Pues de la heladería los cucuruchos, o sea,  lo más económico. Pero de todo lo que vendo lo que más se vende son los minutos. Los cigarrillos también ayudan, todo lo que uno vende es una entradita.
-Ha pensado en dejar el negocio.
-No. Por ahora no. Yo no puedo dejar esto porque yo pienso también en el estudio de mi hija, si yo dejo esto ¿qué me pongo a hacer? Vamos a ver hasta donde llego, de pronto me gano la lotería.
-¿Y qué negocio le gustaría tener en vez de éste?
-Un estanco. Pero es que hay que invertir como 20 millones.
- Pero un estanco es un negocio peligroso.
- Sí, bastante.
- Hay que trabajar de noche. La noche es larga.
- Mi señora, el día también.

Decido acercarme a la señora gorda, a preguntarle, tal vez, no sé, no sé a preguntarle qué. María Teresa regresa tras el mostrador, lápiz y papel, de nuevo. Miro a la señora gorda a la cara, ella me levanta las cejas. Le apesta la boca. Me retiro hacia el mostrador. Doña Teresa es bajita, blanca y gordita y aparenta tener entre 45 y 50 años. Tiene cejas de mentira, ojos color café y boca grande. Usa aretes largos y con un caimán trata de ponerle juicio a su cabello. Tenía puesta una bata de laboratorio blanca, unas sandalias que dejaban ver el paisaje con el que decora las uñas del dedo gordo del pie.

-¿Usted se aburre aquí?
-Yo no.
-¿Permanece sola?
-Sí. Hago sopas de letras.
-Un día que le haya ido muy mal…
-Pues siempre que llueve. La gente de Cali se esconde cuando llueve, eso lo digo yo. Pero un helado es más rico cuando hace frío porque a uno le da energía.  ¿Usted me está grabando o qué? ¡Ay! No lo puedo creer. No he dicho nada malo, ¿verdad? Vea yo mantengo así, de buen ambiente.
-¿El helado que más vende?
-El de arequipe
-¿Tiene una nueva idea de vender alguna otra cosa?
-Pues tengo ganas de poner una fotocopiadora, porque por aquí no hay. A mí la gente me dice que ponga musiquita,  pero yo digo que no porque se me llena esto aquí de borrachos.
 -¿Usted paga impuestos?
-Si cámara y comercio y el Sayco y Acinpro por el televisor. (¿?)
Saco mi almuerzo del maletín y le pregunto a la señora si me lo puedo comer ahí. Ella hace un gesto de aprobación. Termino de almorzar y me quedo dormida.
Un gruñido de la gorda peliteñida me despierta. Mi reacción inmediata es acercarme a ella, babeante y lagañosa, y ponerle la grabadora en las narices.
- ¿A usted le gusta más el cucurucho doble o la estrella con frutas?
- A mí no me gusta el helado – me dice, corto y contundente, y cierra los ojos de nuevo. Miro a través de la puerta, alguien hizo un montón de hojas y le prendió fuego. El humo ahoga a los transeúntes en la calle y los perros en las terrazas laten enfurecidos. Me duermo de nuevo.
Despierto. Son las 6 de la tarde y al fin entra un niño.
-Una ensalada de frutas, por favor.
-No. No tengo uvas, ni fresas y tampoco piña. No me ha llegado el pedido.
Entonces tampoco había vaso grande de fresas, ni piña hawaiana y probablemente la estrella con frutas tampoco.
-Una malteada de arequipe, por favor.
-Tengo cucuruchos, cucurucho doble y paleta de agua.
-¿Cómo es el cucurucho?
-Así como el que tiene Mickey Mouse en la mano- Se refería a un ratón con grandes caderas y narizón vestido como Mickey Mouse que habían pintado en una pared. El ratón esta en la playa y lleva en sus manos un cucurucho y una ensalada de frutas.  
-Un cucurucho de arequipe y vainilla.
-Sólo chocolate y chicle.
-Entonces, una paleta de agua.
-Hay de limón.

María Teresa está siempre ahí, sentada tras ese refrigerador de domingo a domingo. Ella dice que los heladitos se venden pero hace más de 8 horas que no entra nadie, a parte del niño, que se llevó una paleta de agua de $500. Las matemáticas elementales o el vulgar sentido común arrojarán el mismo resultado: si cada paleta le cuesta $200 y ella la vende a $500, le gana $300 a cada paleta. Y si esa suma está bien hecha, y si, digamos, vende dos paletas por día (una más de las que ha vendido hoy) se ganará $600 diarios. Está bien, cometo imprecisiones, sí, sí, la maldita pereza, la maldita falta de rigor. Está bien, agreguémosle a eso que los domingos la gente consume más. Vamos, sumémosle a la vaina $40.000 pesos de un domingo en el que la mitad del barrio amaneció con ganas de comer helado. Eso es lo que se hace en una semana. Y si se multiplica eso por 4 semanas que tiene un mes se obtiene una cifra que le hará pensar a usted que yo le estoy mintiendo. Pero no. Esa cifra es con lo que ella y su hija viven un mes, duermen un mes, comen un mes, cambian los bombillos un mes, y compran toallas higiénicas de un mes –un paquete de 7 o 10 toallas cuesta  alrededor de $5.200 pesos, y en promedio a una colombiana sin amenorrea le dura la cosa unos 5 o 6 días, así que, al menos que recurra a los pañales reutilizables, su feminidad les sale a las dos en $10.400 al mes, sin contar con un eventual desajuste hormonal. Ese óvulo fallecido que se precipita, esa necesidad básica de mujer, les sale en 7 paletas, 2 estrellas con fruta y 5 cucuruchos dobles. Me levantó y me acercó a ella.

- ¿En todo el tiempo que usted lleva a aquí nunca ha pasado algo raro, algo raro que me pueda contar?
- No.
- ¿Nada, nada que le haya llamado la atención?
- Bueno, una vez…
- Ajá…
- Una vez le pagaron un machetazo a un tipo.
- ¿Dónde?
- Aquí, al frente de la heladería.
- No, digo, ¿en qué parte del cuerpo?
- En el cuello.
- ¿En serio?
- No, me lo inventé.
- ¿Por qué?

- Porque aquí no pasa nada y usted pregunta mucho. – me dice con dulzura y regresa a su sopa de letras. Yo me apeno y fijo la mirada en el televisor apagado. Le pregunto a ella si puedo prenderlo para distraerme un poco. Me dice que sí. Empiezo a dar brincos inútiles para alcanzar el botón de encendido. Maria Teresa me señala un butaco y sonríe. Enciendo el televisor. Sólo cogen los canales públicos nacionales. Parece que no puede pagar televisión por cable, bueno, tendría que elegir entre eso y las toallas higiénicas. La señal de Caracol y RCN entra tan mal que Maria Teresa me mira con los ojos enrojecidos cuando yo intento subirle el volumen. La entiendo, suena como si se viniera abajo una heladería. Así que dejo Señal Colombia y me siento en el butaco, al frente del televisor, disminuida, enana, avergonzada. Están dando un programa que se llama La Sub-30, algo así como un compendio de experimentos adolescentes con cámaras de video de baja definición. Un nuevo genio de Bogotá presenta su obra maestra, algo nunca antes visto: un video experimental acerca de la lluvia. Música de Coldplay, mujeres de perfil cundi-boyacense viendo llover a través de las ventanas de un bus. Nada más. Luego la presentadora, una muchacha con problemas afectivos que acude desesperada a un peluquero que la odia con el alma, habla de autores de otros continentes cuyos apellidos no sabe pronunciar bien y anuncia un video de un joven autor caleño. Richie Ray, tomas de La Plaza de Caicedo, el Palacio Nacional arruinado y orinado. Bien, muy bien. Hasta me dieron ganas de comerme otro helado. Entonces, una voz enmugrecida me saca del deleite.

- ¿Qué es esa mierda? Apagá eso. Eso tan malo, ¿eso pa’qué? – La gorda pelirroja mira la pantalla y suena tan harta y decidida que me apresuro a obedecerle. La gorda duerme de nuevo. Yo me resigno a mirar la decoración del lugar, otra vez. Las paredes color mango viche y mandarina madura deberían producir deseos de comer helado, a mí me marean. Tal vez sea eso. Tal vez sea que todas las tardes algún idiota quema un montón de hojas de almendro al frente y nadie se atreve a entrar por temor a morir ahogado. Un helado no vale la muerte. Tal vez sea eso.

Son las ocho de la noche. Un hombre joven entra y saluda a la señora gorda con un beso en la boca, se queda mirándola un rato. Entra un indigente –Grandote, gordo, caderón, peludo y blanco- a vender unas estampillas –figuritas de esas que regala en las papitas rizadas-. Le ofrece a la señora gorda, ella dice no. El tipo, que tenía una chucha capaz de abrir un caja fuerte, le ofreció las estampillas a Doña Teresa y al ver su negativa le pidió agua; el señor que había besado a la señora gorda le dijo: –¿Qué? ¿Agua? Yo a vos no te doy ni mierda- mientras tanto doña Teresa servía agua en una botellita. El loquito subió el tono de la voz y le dijo al señor -¡Vos!... ¡Vos sos un papasote! Un día de estos te voy a matar. Toma la botellita con agua y sale. El que había besado a la señora gorda esperó un rato, como petrificado por el calor y se va también.

-Me da una estrella de tres bolas- Entró una muchacha de 24 años y 6 meses de vida en la pancita. Dos entradas en 10 minutos, esto se compone, pienso.
-Niña, cucuruchos y paletas de agua.
-Ay no. Tengo antojos de estrella de tres bolas.
-Pero si quiere le armo un cucurucho de tres bolas: dos de chocolate y una de chicle.
-No muchas gracias, yo quiero una estrella con helado de mora y lechera chorriada.- sonrió y se fue.

Doña Teresa dejó de comprar helados porque a veces se le quedan ahí hasta dos meses y le toca botarlos. Solamente compra chocolate porque es su favorito y chicle porque es el que está de moda entre los niños. Eso dice ella, que a los niños les gusta el chicle.

- Normalmente los fines de semana, me toca contratar una señora para que venga y me ayude porque esta heladería se llena. -la señora gorda suelta un bufido y se ríe- Vienen un poco de enamorados con sus prometidas a comer helado -La señora gorda sonríe medio adormecida, me mira y niega con la cabeza- Esta heladería la compró María Teresa con el dinero que le pagaron de liquidación en su antigua empresa, sin embargo, ella hubiera preferido una licorera. Su hija nunca invita a sus amigos a la casa porque le da pena que la heladería de su mamá lleve su nombre, según cuenta María Teresa.
- Yo lo hice como un gesto de amor, pero a ella le avergüenza.

La hija de Teresa entra rápidamente, vestida con el uniforme del colegio, abre un cajón –que funciona como la caja- y saca mil pesos. -¿Para qué los necesita?- Le pregunta la mamá, la joven, rubia –de ese rubio sucio y oxidado de mestizo- y de ojos claros, sin detenerse le responde – para una cosa- y se va.

Huele a lluvia. La cosa empeora, pero la señora no se da cuenta. Coge de nuevo su revista mata-tiempo y va pasando las hojas, buscando una sopa de letras divertida. Lo hace con emoción, o la finge, ¿a quién le importa? Es viernes, son las 8 y media de la noche. Tengo cosas que hacer.

- Muchas gracias, María Teresa.
- A usted. ¿Cómo se llama la revista?
- La verdad, no sé, yo después le digo.
- A bueno, que le vaya bien.
- Mucha suerte con el negocio.

La señora gorda habla:

-El negocio, sí, sí, el negocio, el negocio más malo del mundo.

 

 

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