El principal mandamiento

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 30/10/2021 - 4:00pm
Edicion
549
P. Héctor De los Ríos L.
 

VIDA NUEVA

Toda reunión lleva consigo un compartir algo. Pero sólo se comparte de verdad cuando se ama. El amor se expresa y se fortalece en la reunión de amigos. Este es su fruto más auténtico. También nosotros al reunimos hoy, debemos partir de esta actitud fundamental de fraternidad y de amor. Sólo de este modo, la Eucaristía será el signo verdadero que expresa, realiza y fortalece el amor de Dios a los hombres, y el amor de los hombres entre sí y para con Dios.

LECTURAS:

Deuteronomio 6, 2-6: «Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria»

Salmo 18(17): «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza»

Carta los Hebreos 7, 23-28: «Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa»

San Marcos 12, 28b-34: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón»

El amor por encima de todo

Por muy mediocres que seamos en la vida, puede asegurarse que la gran mayoría de los cristianos sabemos cuál es el mandamiento principal de Cristo: amor a Dios y al prójimo. Incluso podría afirmarse que casi la totalidad de los hombres, aunque no sean creyentes ni cristianos, admiten el principio del amor como la base de toda humana interrelación, el fundamento primordial de la convivencia y el entendimiento. Y es que a los cristianos nos acecha un peligro constante: olvidar lo principal a costa de insistir en lo secundario. La «estructura» que hemos montado sobre el amor ha llegado a ocultar la misma base que debe sustentarla para ser verdadera.

Entretenidos en el «cómo» y el «cuándo» hemos prescindido, a veces, del «qué» fundamental. Y así en vez de defender y vivir el amor que Cristo nos enseña, hemos preferido defender y vivir el amor que a nosotros nos interesa.

El mandamiento más grande

El más grande y primer mandamiento es y será siempre «amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, y con toda la propia fuerza». En la medida en que el Pueblo de Dios, a lo largo de los siglos, ha profundizado el significado del amor de Dios, se ha dado cuenta que el amor hacia Dios será siempre real y verdadero, sólo si se hace concreto en el amor hacia el prójimo. Por esto, el segundo mandamiento, que manda el amor al prójimo, es semejante al primer mandamiento del amor de Dios. “Si uno dice: amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso” . ”Toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos”. Al principio no estaba muy clara la conciencia de las exigencias del amor al prójimo. Sobre este punto ha habido una evolución en tres etapas a lo largo de la historia del Pueblo de Dios:

1a Etapa: «Prójimo» es el pariente de la misma raza El Antiguo Testamento enseñaba la obligación de “amar al prójimo como a sí mismo”. En este lejano comienzo la palabra próximo era sinónimo de pariente. Ellos se sentía obligados a amar a todos los que formaban parte de la misma familia, del mismo clan, de la misma tribu, del mismo Pueblo, Pero en lo que se refería al extranjero, o sea, aquellos que no pertenecían al Pueblo judío, el libro del Deuteronomio decía: “podrás exigirle el derecho del extranjero; pero no de tu hermano al que harás la remisión” .

2a Etapa: «Prójimo» es aquél que me está vecino Poco a poco el concepto de prójimo se alargó. Y así en el tiempo de Jesús, se desencadenó toda una discusión sobre «¿Quién es mi prójimo?». Algunos doctores pensaban que se debía alargar el concepto de prójimo más allá de los límites de la raza. Otros no querían saber nada de esto. Entonces un doctor de la ley dirigió a Jesús esta pregunta polémica: «¿Quién es mi prójimo?»” Jesús responde con la parábola del Buen Samaritano, en la cual el prójimo no es ni el pariente, ni el amigo, ni el patricio, sino aquél que se te acerca, independientemente de la religión, del color, de la raza, del sexo o de la lengua. ¡Tú debes amarlo!

3a Etapa: La medida del amor al prójimo es amar como Jesús nos ha amado El doctor ya estaba «cerca del Reino de Dios», pero para poder entrar en el Reino tenía que dar un paso más. En el AT el criterio del amor al prójimo era: - «Amar el prójimo como a sí mismo». En el NT, Jesús ensancha el sentido del amor: «¡Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado!. Ahora el criterio será: «¡Amar al prójimo como Jesús nos amó!». Es el camino seguro para llegar a una convivencia más justa y más fraterna.

¿A QUÉ NOS COMPROMNETE la PALABRA?

Mientras el precepto del amor a Dios y al prójimo no ocupe el centro de nuestra fe, nuestras actividades y nuestra vida, estaremos falseando mediocremente la respuesta constante que debemos al amor de Dios. El amor no tiene barreras, no excluye ninguna parcela de la vida, no se queda en teorías, no se oculta impunemente. El creyente tiene obligación de amar y de enseñar a amar, de confesar su fe en el amor y de vivirlo como «memorial» de amor de Dios.

Luchar contra el permanente sabotaje de este máximo principio significa no engañarse con falsas justificaciones; no fijarse en lo secundario, olvidando la principal; no dar prioridad al egoísmo, al orgullo o al poder sobre el amor; no mancharse las manos con la injusticia de un mundo que prefiere los intereses económicos y la opresión del débil a la justicia que se funda en la caridad.

Para orar y vivir la Palabra:

«Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza».

Me gusta rezar con las propias palabras del salmista y decirte a boca llena: «Yo te amo, Señor». Déjame repetirlo porque esas palabras se hacen miel en mis labios. «Te amo, te amo». Y es que no estoy acostumbrado a ese lenguaje. En la Biblia siempre eres Tú quien nos tomas la delantera; siempre nos amas primero, siempre nos sorprendes con tu amor. Pero, en este salmo, este gran amigo tuyo ha querido madrugar un poco más que Tú para decirte: «Yo te amo»". Y este amor tan grande, tan intenso, tan mañanero hacia Ti es su fuerza.

¡Qué fuerza tiene el amor! Nada se pone por delante.

Nadie lo puede detener. ¿Quién podrá adivinar lo que será capaz de hacer una persona poseída por el amor de Dios desde el amanecer? «El salmista, habiendo escuchado los beneficios del Señor, le ofrece el don más valioso: el amor». (San Atanasio).

«Dista mucho la revelación de los profetas de la de los apóstoles. De los profetas se puede decir: 'agua tenebrosa en las nubes del aire' porque escriben con oscuridad. De los apóstoles se dice: 'resplandezcavuestra luz en las tinieblas'» (Ruperto de Deutz).

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