Etiopía: La crisis del Sistema de Naciones Unidas

Por Jean Nicolás Mejía H el Sáb, 21/11/2020 - 1:10pm
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Etiopía hoy es la radiografía de la crisis del Sistema de Naciones Unidas, de sociedad internacional dividida y desinteresada

Jean Nicolás Mejía

Profesional en Ciencias politicas Pontificia Universidad Javeriana Bogotá, 28 años, máster en cooperación y organización internacional - Universidad de Barcelona 


Etiopía hoy es la radiografía de la crisis del Sistema de Naciones Unidas, de sociedad internacional dividida y desinteresada. La inminente guerra civil desatada por un Nobel de Paz en territorio africano y en tan poco tiempo, enciende las alarmas sobre la incapacidad del sistema internacional de prevenir conflictos. La posibilidad real de desestabilizar un país con un ejército nacional generando desplazamiento de miles de personas y masacres demuestra que ese concepto de mantenimiento de paz que suele acompañar las acciones de Naciones Unidas es solo eso, un concepto.

Literalmente, el primer principio de la Carta de Naciones Unidas habla del mantenimiento de la paz y la seguridad internacional y su vital importancia de preservarlas a toda costa. Primero y más importante: no repetir lo vivido en la segunda guerra mundial. Más de 60 millones de personas murieron de forma directa o indirecta producto de ello. Pero si Naciones Unidas esencialmente protege ese principio de paz, resulta paradójico que el Primer Ministro Abiy Ahmed este tomando las armas y este llevando a Etiopía a una inminente guerra civil.

Ahmed logró llegar a un acuerdo de paz con Eritrea, por eso el Nobel y  su discurso de unidad va dirigido a una sociedad fragmentada. Llegó al poder en abril 2018 después de derrotar al Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), quienes ejercían control político de Etiopía desde que derrocaran ellos mismos al dictador Mengitsu Mariam en los 90´y gobernaran hasta el 2018.

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El sistema de Naciones Unidas es incapaz de hacer supervisión política, social y mucho menos militar efectiva

Este año el gobierno de Ahmed pospuso las elecciones de parlamentarios por la pandemia. El TPLF se negó y celebró su proceso político en Tigray, por lo que fue clasificada como una región disidente. A raíz de esto Ahmed inició una ofensiva militar en Tigray a principios de noviembre para hacerse con todo el control territorial definitivo. Ofensiva militar que en menos de un mes ha dejado un saldo aproximado de 300.000 personas desplazadas, además de los miles de denuncias de violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas armadas hacia la población civil, mientras Sudán ya prepara un campo de refugiados para estos desplazados.

El sistema de Naciones Unidas es incapaz de hacer supervisión política, social y mucho menos militar efectiva –a pesar de haber desplegado en el continente africano más de una decena de Misiones de Mantenimiento de la Paz desde los años 80’- en el territorio etíope, y en realidad en ninguna parte del mundo. Esta incapacidad por establecer ese efectivo mantenimiento de la paz convierte a la idea de prevenir conflictos y guerras en algo irrealizable, en una sociedad cada vez más exigente de resultados.

 Los abogados internacionalistas defienden a Naciones Unidas bajo el argumento de que la creación de acuerdos y de prácticas internacionales han promovido en los últimos decenios un sinfín de buenas prácticas y relaciones multilaterales, lo cual ha logrado un sistema de cooperación internacional, principalmente en Derecho Internacional Humanitario y Protección de los Derechos Universales. Sin embargo, ese el mismo sistema ha sido testigo del desplazamiento de más de 5 millones de refugiados y 6.6 millones de desplazados en Siria; 2 millones de refugiados en Sudán del Sur y 2.5 millones de personas obligadas a salir de su territorio en Yemen, sin haberlo evitado antes de que pasara.

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Sin embargo, esto va más allá de los problemas estructurales de Naciones Unidas

Órganos como la Comisión de Derechos Humanos con sede en Ginebra, tiene poca o nula influencia en la realidad de conflictos como el de Etiopía porque territorialmente no puede influir de ninguna manera. Dos de los principios de la Carta de Naciones Unidas hablan sobre la libre determinación de los pueblos y la no injerencia en asuntos internos.

Sin embargo, esto va más allá de los problemas estructurales de Naciones Unidas. La verdad es que si es indispensable un ecosistema internacional como el que ha creado, pues las prácticas internacionales y de acuerdos ha hecho de ese ecosistema un entorno de dialoga las controversias antes de hacer la guerra y que busca soluciones pactadas, algo que al inicio del siglo XX era difícil de lograr.

El problema radica en su incapacidad para auto evolucionar y adaptarse a las exigencias del contexto internacional actual. Esta reconfiguración debe darse a partir de dos bases fundamentales: la primera es la reforma en el Consejo de Seguridad, y la segunda exigir los líderes mundiales un compromiso mayor con las responsabilidades internacionales.

El Consejo de Seguridad debería ser el órgano que influye directamente en prevenir guerras y conflictos, pero concretamente no es eficaz y no interviene de manera influyente. Cuando lo formaron en 1945, era buena idea que los cinco miembros permanentes (Rusia, China, EE. UU., Reino Unido y Francia) tuvieran derecho de veto en la toma de decisiones (si en una votación algún país ejerce el veto lo que se vota no prosperará), todo con el fin de promover una sociedad internacional que supuestamente se basa en la paz y apoyar esa paz como sea. Pero ese derecho al veto hizo que se bloquearan entre todos y no hubiera decisiones reales. El ejemplo de su ineficacia: el conflicto palestino israelí vigente.

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El resultado de la desconfianza internacional porque el Consejo de Seguridad no tiene influencia verdadera en evitar los conflictos

El resultado de la desconfianza internacional porque el Consejo de Seguridad no tiene influencia verdadera en evitar los conflictos, es la creación de espacios alternativos que buscan tomar decisiones más rápidas y ver resultados más concretos, como el G20 o el G8. Pero lejos de ser espacios incluyentes, son como clubes de países que tienen intereses en común y nada más.

Por otra parte, la exigencia de la sociedad por un mayor compromiso de las responsabilidades internacionales por parte de los presidentes de los países debe seguir siendo permanente, y la respuesta son cambios y reformas inmediatas en Naciones Unidas. Países como Brasil y Japón han presionado por reformas del Consejo de Seguridad. Que los líderes mundiales tengan la capacidad de proponer nevos métodos de cooperación para hacer efectivos esos principios de paz, los convierte en eso líderes, la oportunidad esta creada. De cómo intervenir de una forma más concreta en situaciones como las de Etiopía, para que en pleno XXI y en una emergencia sanitaria global no haya posibilidad de que se desate una guerra civil como la que se puede desatar.

Estos líderes deben ser concretos y contundentes en proponer y tomar ellos mismos medidas ejemplares de diplomacia internacional e influencia en directa en los conflictos desde sus gobiernos, desde la influencia directa. De nada sirve un gran acuerdo internacional contra el cambio climático si el presidente de los Estados Unidos, guiado por sus convicciones personales e intereses decide que retirarse – y además logra hacerlo- es lo que debe hacer, termina dañando todo el esfuerzo continuo que hacen los países para hacer concesiones y tratar de cuidar el medio ambiente, un bien mayor.

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El resultado final es que los dirigentes de los países si tienen la verdadera fuerza para lograr el cambio que tanto necesita el sistema

El resultado final es que los dirigentes de los países si tienen la verdadera fuerza para lograr el cambio que tanto necesita el sistema. También en la presión real que la sociedad pueda ejercer sobre sus propios presidentes y gobiernos– hace unos días dimitió -en una semana en el cargo- un presidente en Perú por la ola de protestas. Solo cuando los gobiernos dejen algunas prácticas mediocres y tomen con responsabilidad lo que se acuerda internacionalmente, cuando la sociedad internacional sea más crítica políticamente y tenga una preocupación real en el bien colectivo, el sistema de Naciones Unidas tendrá la verdadera autoridad de no permitirle a un político Nóbel de Paz que está fomentando una inminente guerra civil desde el gobierno central en Etiopia, que lo haga.

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