El camino pascual de la Alianza de Dios

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 20/03/2021 - 12:09pm
Edicion
517
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

La liturgia de este Domingo subraya en esta Cuaresma el tema de la Pasión del Señor. Nos acercamos a la Semana Santa, y la Pasión y muerte de Jesús emergen como tema dominante para nuestra preparación para la Pascua. Dios es vida y unirse a Él es creer en la novedad, en la posibilidad de cambio, en una tierra nueva, en una fuerza interior que nos transforme en novedad. Dios es capaz de hacer vivir a los muertos. Él es el único que puede crear novedad auténtica.

LECTURAS:

Jeremías 31, 31-34: «Grabaré mi Ley en su corazón»

Salmo 51(50): «Dame, Señor un corazón nuevo»

Hebreos 5, 7-9: «Aprendió sufriendo lo que es obedecer»

San Juan 12, 20-33: «Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado»

La gloria del Padre

Dar la vida no es solo un camino hacia la gloria; es ya la gloria del Padre que se manifiesta de una manera total. Dios es amor y los que aman dando la vida, manifiestan a Dios. La cruz es el centro de atracción del mundo, es la gran victoria del amor, la gran manifestación de la gloria de Dios. En este Evangelio Jesús, no sólo anuncia su  muerte violenta, sino por sobre todo, le da a su muerte su significación total.

Como fuente de humanización y vida, la muerte de Jesús creará un movimiento de fraternidad y reconciliación entre la gente, como opuestos al movimiento pecador de odio, división y explotación. Esta fraternidad, brotando de la muerte de Jesús, es una proyección de reconciliación y comunión hecha entre Dios y el hombre: «Yo -una vez que sea levantado de la tierra- atraeré a los hombres hacia mí».

La Nueva Alianza

Reconozcamos que no es fácil para nosotros la renovación. La novedad es vivir a contracorriente en el mundo. Es vivir para amar y no para ser amado. Es buscar más la derrota que el triunfo, es creer que la muerte es el camino para la vida.  La Nueva Alianza ha quedado inaugurada con la muerte y resurrección de Cristo. Esto nos enseña claramente el mismo Jesús cuando al instituir el Memorial perenne de su Sacrificio Redentor dice: «Este Cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, la que por ustedes es derramada». «Esta es mi sangre de la Alianza que es por todos derramada en remisión de los pecados».

Vivir sin Dios de esta manera es imposible. Él tiene que crear la novedad, cada día y cada hora. Enseñarnos a dar la vida en la entrega total es una difícil tarea. Los cristianos no nos acabamos de convencer que la única originalidad posible en nuestro mundo es vivir el amor que procede de la cruz de Cristo y que en ello está el único camino salvador. Todo renovarse es morir un poco y esta renovación es dejar que se realice la obra de Dios en nosotros. Pero la renovación interior es difícil. Por eso en nuestro mundo preferimos cambiar ideas más que cambiar vida. Jesús no nos pide hablar de un modo distinto, sino vivir muriendo y dando la vida.

La obediencia de Jesús y del cristiano

El mensaje de la Carta a los Hebreos nos recuerda la angustia y sufrimiento de Jesús como mediador e instrumento del nuevo pacto. También es un recordatorio del valor de cada persona -como socio del pacto- para cuya salvación Jesús pasó por tanto dolor y oración. Jesús siguió el camino de la pérdida total, camino de la cruz y muerte y así llegó a la novedad total de la vida, a la Resurrección: «aprendió sufriendo, a obedecer». Jesús fue el «sí» total y confiado al Padre. Dios escucho su grito. que fue libertad para todos; pero no le evitó el paso por el duro camino de la cruz. No es la renovación de Dios un evitar nuestros esfuerzos y luchas, renovarse es esperar en la fuerza de Aquel que es capaz de dar la vida a los muertos y que se manifestó en Jesús. Renovarse es morir, es aceptar la voluntad de Dios dando la vida en el tajo de nuestro vivir, como Jesús nuestro sacerdote y víctima. Vivir es esperar muriendo cada día en la entrega total y esperar la respuesta de Dios.

¿A QUÉ NOS COMPROMETE la PALABRA?

Preparémonos para vivir estos acontecimientos. Más allá de lo simplemente llamativo de la Semana Santa, de sus procesiones y monumentos, de sus cantos y alegrías, está el misterio que vamos a celebrar: la presencia actual, a través de la liturgia, de un acto salvador que no pasa y que cubre todo el tiempo. Entraña para nosotros y para el mundo un compromiso radical: abrazar el evangelio de Jesucristo con todas sus exigencias de amor a Dios y al prójimo, de responsabilidad en el mundo y de presencia viva ante Dios que sin cesar nos revela el camino de la felicidad total en él.

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