Colombia condenada a no estar en paz social ni militar

Por Carlos Cuervo el Sáb, 19/09/2020 - 10:07pm
Edicion
491

Carlos Armando Cuervo Jiménez

Emprendedor y empresario con formación en Ingeniería Industrial


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Las más recientes muestras de acciones vandálicas por fuera de Colombia se dieron en Minneapolis USA, después del asesinato de George Floyd

A raíz de los acontecimientos de barbarismo acaecidos en el país con motivo de las protestas originadas tras la muerte a manos de dos agentes de la policía de un ciudadano en Bogotá y del derribamiento ejecutado por miembros de un grupo indígena en Popayán de un monumento homenajeando al fundador de esa ciudad, surgen dos preguntas ligadas a la validez o no del vandalismo como argumento de perturbaciones publicas fundamentadas en hechos sociales, o de reivindicar la dignidad de pueblos ancestrales, o de recuperación de la honorabilidad de grupos marginales o del simple deseo de reconocimiento de derechos no otorgados a minorías sociales.

Las más recientes muestras de acciones vandálicas por fuera de Colombia se dieron en Minneapolis USA, después del asesinato de George Floyd el 25 de mayo pasado. Y luego en muchas otras ciudades de esa nación hubo muestras de destrucción del patrimonio público, además de monumentos que evocaban a conquistadores y ciudadanos adscritos al pasado colonial y esclavista. No se escaparon estatuas de Cristóbal Colon, asi como las de respetados hombres adscritos a las tropas y políticas de los estados confederados del sur.

El modelo se trasladó al Reino Unido y en algunos lugares puntuales de Europa y quiso por esas reacciones tardías que en Popayán en esta semana se remedara con las subsiguientes reacciones y manifestaciones en pro y en contra de esta operación.

Lo primero que deseo cuestionar es si al derribar un monumento se reivindica a los pueblos o se ayuda a recuperar la dignidad.

No lo creo, porque se parece a esas acciones impensadas y motivadas por la acción mediática, que hace creer a sus ejecutores que han llegado al culmen de la rebeldía.

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Lo primero que deseo cuestionar es si al derribar un monumento se reivindica a los pueblos o se ayuda a recuperar la dignidad

Además si aceptamos que derribar un monumento de un conquistador español nos ayuda a superar los hechos de un pasado oscuro, entonces por todo el mundo habrían razones para eliminar todos las estatuas y monumentos que evoquen a militares y conquistadores como Alejandro Magno, Atila, Hernán Cortes, Napoleón Bonaparte y muchos otros, porque el vencedor cuenta su historia, ovacionando con monumentos las gestas de sus líderes y conquistadores.

Del otro lado los perdedores sentirían el rechazo a quienes los sometieron y a sus obeliscos y monumentos que evocan el sometimiento, justificando la barbarie contra estos monumentos.

Esta es una realidad del espíritu humano en los últimos 4000 años. Chinos y Egipcios los hicieron en el apogeo de sus imperios, luego Persas, Griegos, Romanos dejando como recuerdo imágenes y construcciones de sus heroicos militares y no por ello los perdedores o subyugados se dedicaron una vez liberados a demoler los obeliscos.

La segunda parte de este raciocinio cuestiona si el vandalismo en contra del mobiliario urbano, las estructuras empresariales e institucionales reivindica o degrada la protesta social conduciendo a su desaprobación.

Inicialmente la historia nos cuenta que las transformaciones sociales profundas no se han hecho pacíficamente, verbo y gracia recordemos el proceso de independencia de España. Pablo Murillo vino a pacificar unas provincias rebeldes en manos de terroristas para España, héroes para nosotros. De esta manera la respuesta no se ve clara.

Ahora ¿será que los ajustes en Colombia podrán realizarse de otra manera sin vandalismo?

La respuesta la tienen el congreso de Colombia, los gremios económicos fuertes como la ANDI, ANIF, ASOBANCARIA, FEDEGAN, ASOCAÑA y algunos otros y por supuesto por Duque y su grupo político el Centro Democrático.

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Creo que vienen tiempos muy parecidos a la época del estatuto de seguridad de Turbay Ayala expedido en 1978.

Por ahora las últimas decisiones solo avizoran más presión sobre 45 millones de colombianos y cero cambios.

¿Adónde desembocará todo esto?

Difícil pronóstico y el ejecutivo se está preparando para responder con mayor represión, y desde ya fabricó nuevos enemigos para justificar su accionar.

Creo que vienen tiempos muy parecidos a la época del estatuto de seguridad de Turbay Ayala expedido en 1978.

Colombia parece condenada a nunca estar en paz social y militar. Es una pena porque hasta hace dos años los indicadores económicos de la industria sin chimeneas, el turismo, preveían buenos tiempos para la inversión extranjera y el incremento sustancial de viajeros desde el extranjero y ahora está completamente postrada al margen de la pandemia.

De nuevo solo me resta invitarlos a reflexionar en profundidad.

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