El Reino como comunión y plenitud

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 10/10/2020 - 9:21pm
Edicion
494
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

El Domingo es un día señalado en el ritmo de nuestra rutinaria vida. Es el día de descanso, día de fiesta, día de familia. Para los cristianos es el día de encuentro entre nosotros, como manifestación de nuestra fe y de encuentro con el Señor para hablarle en la oración, darle gracias en el Eucaristía, y escuchar su Palabra. Al igual que cuando vamos invitados a una fiesta, a una casa o a una mesa, nos preparamos debidamente para no desentonar en ella, también aquí nos preparamos para acoger la Palabra de Dios y para alcanzar su misericordia.

LECTURAS: Domingo 28 del tiempo ordinario

-      Isaías 25,6-10a: «El Señor preparará un festín y enjugará las lágrimas de todos los rostros»

-      Salmo 23(22): «Preparas una mesa ante mí...»

-      Filipenses 4,12-14.19-20: «Todo lo puedo en aquél que me conforta»

-      San Mateo 22, 1-14: «A cuantos encuentren, invítenlos a la boda

EI simbolismo del «comer con y beber con»

El banquete ha sido siempre una de las categorías que mejor entendemos para expresar lo que hay de bueno y de festivo, tanto en relación con Dios como con los hombres. Es alimento y nutrición, pero también es signo de comunión y solidaridad entre los comensales y con el que invita (en este caso, el que invita es Dios).

Este lenguaje del comer con otros («convivium») y beber con otros («symposium») es uno de los que más universalmente se entiende en las relaciones humanas. Depende mucho de qué calidad tienen los manjares y los vinos que se sirven, pero sobre todo depende del clima y de la comunicación que hay entre los comensales, sobre todo cuando celebran una fiesta familiar, o un encuentro de amigos, o una victoria deportiva o política, o un pacto comercial beneficioso para las dos partes.

Por eso no nos extraña que también en la Biblia se utilice para expresar los planes festivos de Dios. Isaías anuncia que Dios, en los tiempos mesiánicos, preparará «un gran banquete festivo», con manjares suculentos y vinos generosos. ¿Qué mejor metáfora podíamos pedir para expresar la fiesta que Dios prepara? Jesús aparece en el evangelio como una persona que come y bebe con los demás: con sus discípulos, en casa de Mateo o de Zaqueo o de Lázaro. Cuando describe el Reino que él inaugurará, recurre también a este lenguaje: el Reino es un banquete que Dios prepara. Puede servirnos de correctivo si tendemos a presentar el Evangelio sólo como exigencia y ascesis o deber: todo eso entra en el proyecto de Dios, pero fundamentalmente el Nuevo Testamento nos lo presenta como Buena Noticia, Evangelio, algo digno de celebrarse.

¿Se nos ocurre decir alguna vez, con las palabras de Isaías, "aquí está nuestro Dios, celebremos y gocemos con su salvación"?, ¿o preferimos un cristianismo triste, reducido a cuatro normas a cumplir resignadamente, cuando Dios lo ha pensado como una fiesta?

Llamados a ser felices

Lo que Dios quiere para nosotros, con amor de Padre, es la felicidad, el bienestar, la paz, desde nuestra vida terrena, y finalmente acogernos con amor, para siempre, en lo hondo de su Misterio. Ese es el gran proyecto de Dios, que envuelve todos los tiempos, a todos, hombres y mujeres de la historia. La encarnación de Jesucristo, presencia humanada de Dios en el mundo, es punto culminante de ese que san Pablo llama el Misterio y que no es otra cosa que el proyecto eterno de Dios sobre el mundo y el hombre.

¿Cómo hablar al hombre de esa realidad prometida por Dios y realizada a lo largo de la historia en etapas bien definidas? Dios ha querido emplear imágenes de felicidad. Una de ellas es el «banquete». En él hay fiesta, alegría, compartir. Alguien nos invita, nos vestimos de fiesta, olvidamos pesares, disfrutamos, nos hacemos hermanos. Es un momento intenso de vida. Admirablemente nos lo describe Isaías): Dios que invita a todos los hombres y mujeres de la historia, a congregarse en torno a Él. El mismo se apresta a servir lo mejor: «manjares exquisitos, vinos generosos»... En adelante nadie tendrá que llorar. A partir de ese festín todo será distinto y nuevo. ¿Quién no ha soñado alguna vez con un mundo así? Pero todo eso es figura e imagen de algo mayor. Los banquetes nuestros terminan y volvemos a la rutina de cada día y de nuevo nos visita la tristeza. Pero el banquete de Dios no termina. Dios no tiene límites ni fronteras. Y se podrá decir: «Aquí está nuestro Dios».

En uno de sus chistes gráficos, Cortés dibujaba a unos ángeles que llevaban a la tierra sendas tarjetas de invitación a una boda. Un matrimonio les contestó que no podían ir porque no conocían a los novios. Una religiosa, que no podía porque su superiora seguramente no le dejaría ir a una boda. Al final, los ángeles vuelven al cielo con las tarjetas, y Dios entonces comenta: «tal vez si les hubiera enviado la invitación a un funeral, hubieran aceptado todos».

Nosotros estamos invitados al banquete hoy

Es un honor no merecido ser in vitados al banquete del señor. Nunca somos dignos de este don in efable. por eso nos asombra siempre y nos invita a ser conscientes de la gracia recibida y a no devaluarla. Es necesario estar siempre en actitud de asombro y acción de gracias porque el Señor nos favorece con su invitación. El abre las puertas de su fiestas para que entre todo el que quiera aceptar su oferta....

No sólo esperamos para el futuro, en la eternidad, el banquete que Dios nos ofrece. Lo empezamos a disfrutar desde ahora. ¿Qué ha preparado Dios para nosotros durante nuestra vida terrena? Larga es la lista de los favores divinos. El mundo entero, entregado al hombre desde la creación, la «imagen y semejanza» del mismo Dios dada al hombre, la Palabra divina que nos revela lo que Dios es y lo que quiere de nosotros,  el prójimo que será siempre regalo de Dios a cada uno y por el cual el mismo Dios nos dirá: «¿Dónde está tu hermano?», la atención cuidadosa de Dios a lo largo de la historia, su Hijo Jesucristo, María, Madre de Jesús y Madre nuestra, el Espíritu Divino que nos habita, la Iglesia como sacramento de salvación, los Sacramentos, la Eucaristía, el amor de Padre que Dios nos tiene y que se nos revela a lo largo de la vida en el amor de nuestros padres y hermanos, de todos aquellos que amamos y nos aman...

Y añadamos las oportunidades que nos brinda la vida. Si hay oscuridades en ese panorama, odios y desamores, violencias e injusticias de todo género, todo eso no viene de Dios sino de nosotros mismos. Nosotros ponemos la nota oscura en ese cuadro de vida.

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