Alimentados por Dios en el desierto de la vida

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 07/08/2021 - 11:11am
Edicion
537
P. Héctor De los Ríos L.
 

VIDA NUEVA

Desde siempre el hombre ha querido independizarse de Dios, ha querido ser como Dios. La tentación crece en la medida en que avanza en sus hallazgos, en la técnica. Pero si el hombre es sincero consigo mismo descubre que no es así, que está lleno de limitaciones: es pobre en el amor, no sabe construir una sociedad mejor, se hace egoísta y enemigo del que es hermano suyo.

Lecturas: 

1Re 19,4-8: «Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas»

Sal. 34(33): «Gusten y vean qué bueno es el Señor»

Ef. 4,30 - 5,2: «No pongan triste al Espíritu Santo»

Jn. 6, 41-51: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae» 

Sigamos sus enseñanzas paso a paso: 

Primero: La gente, que ha seguido a Jesús hasta ahora más por interés propio que por fe, lo empieza a criticar. Eso significa que todavía no están listos para creer y seguir su Palabra, cuando les reprocha su prudencia humana y sus ideas preconcebidas. Esto no es extraño a nuestra propia experiencia: nosotros tendemos también a elegir lo que nos gustaría o no nos gustaría creer.

Segundo: Aprendemos, una vez más, que la fe en Jesús es un regalo de Dios: «nadie puede venir a mí si mi Padre que me envió no lo atrae». Esto es aplicable a todos los que somos llamados a creer como cristianos. Particularmente, de acuerdo a este Evangelio, en el Misterio eucarístico.

Tercero: Jesús declara explícitamente que Él es el Pan de la vida, el pan de la vida eterna, enviado por Dios desde el cielo.

Fe existencial

Para aceptar a Cristo se precisa de una fe profunda que es don de Dios. El no ser aceptado da pie a Jesús para asentar varias verdades básicas, fundamentales, aunque sean inadmisibles para el hombre autosuficiente y creído.

La actitud básica para hacer vida de este mensaje es la fe existencial. El cristiano se distingue de quien no lo es por la fe en Cristo traducida en obras (no en palabras). Esta fe en Jesús nos lleva a comer el doble alimento de la Palabra y de la Carne-Eucaristía. Jesús se hizo carne para ser comido y dar vida, fuerza y amor.

El hombre se cree dueño absoluto de lo que no es suyo. Quiere dominar, mandar. Se cree autosuficiente. Unos se creen superiores a otros y los dominan, los aplastan. A medida que avanza en la técnica, cree más en sí mismo. Quiere ser como Dios. Esta es la tentación perenne del hombre, desde que existe.

Sólo el creyente podrá restablecer el equilibrio perdido. El creyente logra vivir, por la fe, el puesto que Dios le ha asignado en el poema de la creación y en la historia de la salvación. Descubre que aun siendo la letra más pequeña de la creación es la más importante y que su misión es llevar todo al creador. He aquí la gran responsabilidad del hombre.

El creyente descubre las limitaciones inherentes a su condición de criatura, limitación en el poder, en el saber, en el amor, en el construir una sociedad mejor. Descubre que el sufrimiento es su pan cotidiano y llega a convertir, con Dios, el sufrimiento en resurrección.

Gran Opción 

Pero para esto precisa de una gran opción: opción por vivir la vida en conformidad a la lógica de Dios y no a la suya propia; opción por dejarse guiar por su Palabra; opción por alimentarse de El en los sacramentos. Quiere ser hombre plenamente, pero viéndolo todo a la luz de Dios.

Y en esta opción será sensible al Espíritu, la fuerza de Dios que le guiará hasta la verdad completa, tendrá luz para «pasar haciendo el bien», para «vivir como vivió El». Se dejará llevar, «atraer», por el Padre hacia Cristo, sentirá la presencia del Padre en él. En esta presencia de hombre débil pero robustecido por Dios sentirá que su fe se va vigorizando día a día, constantemente.

Resumiendo: la vida cristiana no debe consistir en obrar, sino en dejar que Dios obre en nosotros.

La fortaleza de la Eucaristía 

Jesús nos vuelve a recordar hoy en el Evangelio que no podemos cambiar y mejorar en nuestra vida si El no nos ayuda, si no comemos el verdadero pan del cielo. Si nuestra vida sobrenatural no se ve acrecentada y fortalecida con la Eucaristía, no podremos parecemos cada vez más al Señor y tener pensamientos, sentimientos y comportamientos de bondad y de amor, de modo que sepamos disculpar, comprender, perdonar... y en vez de provocar situaciones de conflicto, aprovechar cada ocasión para ayudar a mejorar y a estar más cerca del Señor a quien lo necesite y lo desee.

Relación con la Eucaristía

Cristo se nos ofrece como el Pan de la Vida. Esto tiene dos significados: por una parte, si comemos de este Pan (el Cuerpo de Cristo, la Eucaristía), tendremos vida interior: creceremos en fe, esperanza, amor a Dios; amor, justicia y solidaridad con los demás. Por otra parte, si comemos el Cuerpo de Cristo, no moriremos para siempre; viviremos para siempre después de la muerte.

La Eucaristía es la vida del mundo en estos dos sentidos. Que hoy al recibir la Eucaristía, recibimos también la Luz y la Fortaleza que necesitamos para descubrir lo que hemos hecho mal y para hacer del amor nuestro estilo de vida.

Desierto y muerte, cielo y vida: un dulce connubio que se cumple en cada Eucaristía...sobre cada altar, aquel altar del corazón en el cual la vida del Soplo divino consuma la arcilla desfigurada del hombre perdido: es la Nueva Creación en Cristo por el Espíritu.

Pidamos una vez más a María, la mujer eucarística, que nos ayude a no desperdiciar el tesoro que Dios ha dado en la Eucaristía, sino que amando y viviendo el misterio de Cristo seamos transformados en Él.

Dios los guarde,

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