La corrección fraterna en Comunidad

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 05/09/2020 - 4:21pm
Edicion
489
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

Preocuparse por los hermanos que se alejan de la Comunidad

Nos reunimos el Domingo para compartir nuestra fe fraternalmente. Sabemos que Jesús nos ama porque, como él nos dice en el Evangelio de hoy, (domingo 23 del tiempo ordinario) «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo con ellos». Gozosos por esta presencia del Señor, nos disponemos a presentarle nuestra acción de gracias y a escuchar su Palabra. Al mismo tiempo, pidamos perdón por nuestros pecados, que no solamente son una ruptura de fidelidad a Dios, sino que son un daño que causamos a nuestros hermanos. La liturgia de este Domingo pone énfasis en la práctica de la caridad en situaciones particulares.

Lecturas:

Ezequiel 33,7-9: «Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre»

Salmo 95(94): «Ojalá escuchen hoy su voz»

Romanos 13,8-10: «Amar es cumplir la ley entera»

San Mateo 18, 15-20: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano»

Camino para la convivencia

Este evangelio de este domingo nos enseña un camino para la convivencia. Cristo nos ha llamado a un ideal de Iglesia muy alto. Pero es consciente de que en toda Comunidad humana, llámese Familia, Pueblo o Nación, hay necesariamente enfrentamientos y divergencias. También en la Iglesia los hay. Los apóstoles frecuentemente discutían entre ellos por ambiciones y celos de poder. En la Iglesia primitiva, fresca y hermosa como nos la presentan los Hechos de los Apóstoles, hermanos que tenían un solo corazón y una sola alma , pronto se dieron conflictos. No los oculta san Lucas en su libro. Los discípulos de origen judío contra los de origen griego por roces en el servicio  o por motivos hondos y decisivos como fue el saber de dónde venía la salvación: del cumplimiento de la Ley antigua o de la muerte y resurrección de Jesucristo; y hasta dos grandes, Pablo y Bernabé, discutieron y se separaron por una razón que podía ser fácilmente superable. Y ya entonces se acudió a lo enseñado en el Evangelio, la corrección fraterna. Nadie escapaba de ella, ni el mismo Pedro, con todo y ser el primero. La corrección fraterna es un servicio Amar al prójimo no es siempre sinónimo de callar o dejarlo que siga por malos caminos, si en conciencia estamos convencidos de que es éste el caso. Amar al hermano no sólo es acogerlo o ayudarle en su necesidad o tolerar sus faltas: también, a veces, es saberle decir una palabra de amonestación y corrección para que no empeore en alguno de sus caminos. Un centinela tiene que avisar. Un esposo o una esposa deben ayudar a su cónyuge a corregirse de sus defectos. Un padre no siempre tiene que callar respecto a la conducta y las costumbres que va adquiriendo su hijo. Ni el maestro o el educador permitirlo todo en sus alumnos. Ni un amigo desentenderse cuando ve que su amigo va por mal camino. Ni un obispo dejar de ejercer su guía pastoral en la diócesis. La Comunidad cristiana no es perfecta. Coexisten en ella, como en cada uno de nosotros, el bien y el mal. Pero, como todos formamos parte de esa Comunidad, todos somos un poco co-responsables en ella: de un modo particular los que tienen la misión de la autoridad, pero también todos los demás. Eso pasa dentro de la Iglesia. Son impresionantes al respecto las siete cartas del ángel a las siete iglesias del Apocalipsis, en las que con las alabanzas y ánimos, se mezclan también palabras muy expresivas de corrección y acusación. Pero también pasa a un cristiano en su relación con la sociedad. Tanto los responsables de la Comunidad como los simples fieles, tienen el deber de llamar la atención en contra de la corrupción de los poderosos o de las injusticias que se cometen contra los débiles o de las desviaciones graves que afectan a los derechos humanos o los de la Comunidad eclesial o de los episodios graves de racismo o genocidio... Dios quiere la salvación de todos. Jesús se entregó por todos, y dijo que no había venido a salvar a los justos, sino a los pecadores, como el médico no está para los sanos, sino precisamente para los enfermos. Así nosotros, los seguidores de Jesús, debemos querer la salvación de todos y no podemos desentendernos del hermano, también cuando le vemos tentado o frágil y en peligro de caer. Se nos pide, no sólo que no hagamos el mal, sino que nos esforcemos en hacer positivamente el bien. Además de los pecados de pensamiento y de obra, existen también, como recordamos en la oración del «yo confieso», los pecados «de omisión». La vida nos ofrece múltiples ocasiones para vivir lo que nos pide este evangelio. En el seno del hogar, en el aula del estudio o del trabajo, en el encuentro informal de la calle, dondequiera que estemos podremos encontrar la oportunidad de hacerlo. Para no ser importunos ni molestos, sepamos distinguir lo que vale la pena, lo que compromete al hermano y a la Comunidad, lo que pone en juego valores significativos. Hacerlo con la discreción del mismo Dios que no atropella sino que lleva pacientemente a cada uno es secreto de este servicio de corrección fraterna que se nos ha encomendado. Y cuando llegue el momento de que algún hermano nos deje sentir a través de sus palabras la preocupación del Padre Dios por nuestra vida, recibámoslo con amor y agradecimiento. La pedagogía de una corrección eficaz Los «pasos» que recomienda Jesús para realizar con delicadeza y eficacia esta corrección al hermano son ya conocidos en el AT., y se intentaban seguir también en el ámbito de la Sinagoga judía, cuando se trataba de expulsar a alguien de ella. > El primer paso es una conversación privada, un diálogo personal. En el AT ya se recomendaba esta corrección como uno de los modos de mostrar el amor al prójimo: «no odies a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no cargues con pecado por su causa».  > El segundo paso es la advertencia ante uno o dos testigos. Así se da cuenta el corregido de que el asunto es serio e importante, y puede sentirse movido a corregirse. Aunque de momento no le guste, y pueda reaccionar con una respuesta un tanto destemplada: «¡no te metas en mi vida!». > El tercer paso, si hace falta, lo indica Jesús: «díselo a la Comunidad». Sólo en casos extremos, cuando ninguno de estos métodos ha dado resultado, y el hermano se obstina en su desvío, dice Jesús que habrá que considerar que esa persona no quiere pertenecer a la Comunidad. No se trata tanto de excomunión, sobre todo en un sentido jurídico y penal, sino de actitud pastoral: el deseo es siempre el bien de la persona, no su escarmiento o su castigo. Además, tratarlo como «un pecador o publicano», no significa condenarlo o rechazarlo, sino, al contrario, tenerle paciencia y tolerancia, como hizo Jesús con los pecadores y publicanos, para atraerlos a la Comunidad. -  Características de la corrección fraterna - Que se vea que no lanzamos nuestro aviso a la cara, con agresividad o deseos de venganza, sino desde la comprensión y el interés fraterno. ¡Sólo quien ama tiene derecho a corregir! Seguro que lo hará con delicadeza y sabrá encontrar los momentos y las palabras oportunos. - También tiene que ser una corrección hecha desde la humildad. No nos dirigimos al hermano como jueces ni como fiscales, ni desde la perfección y santidad que tenemos nosotros, sino desde la debilidad que reconocemos en todos, en el otro y en nosotros: como personas débiles que se dirigen a otra persona débil. - Son buenas las recomendaciones de Pablo sobre la corrección fraterna: «cuando alguno incurra en alguna falta, ustedes, los espirituales, corríjanlo con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado». - Para eso, no podemos empezar ya de entrada con la condena o la humillación. Muchas veces hay que interpelarle «provisionalmente», sabiendo antes, si es el caso, escuchar sus explicaciones, porque no siempre son ciertas las cosas que se dicen de los demás. No nos atrevemos a «juzgar» a nadie de entrada. - Se supone que cuando un responsable de la Comunidad recibe una «denuncia» o queja con respecto a un hermano, lo primero que hace no es creer lo que oye, sino investigar discretamente sobre su veracidad. No podemos constituirnos fácilmente poco menos que en fiscales de la humanidad, con una mentalidad farisaica del que se cree él justo y los demás son unos pecadores. - La corrección es cristiana cuando ayuda, cuando echa una mano, cuando hace fácil la rehabilitación. Como cuando Jesús perdonó a Pedro, o cuando acompañó a los dos discípulos de Emaús saliendo a su encuentro, escuchándolos, explicándoles, y sólo después reprendiéndolos por su cortedad de miras.

Relación con la Eucaristía

La presencia del Señor en la Eucaristía, y luego en nuestra vida («Lo que hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron»), es una de las perspectivas que más sentido y fuerza da a nuestra existencia de cristianos. El evangelio de Mateo empieza con el anuncio del «Emmanuel = el Señor con nosotros», termina con el «yo estoy con ustedes (= Emmanuel) todos los días, hasta el fin del mundo», y aquí, en medio, nos asegura que «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». En la Eucaristía está el pleno cumplimiento de esa promesa de la presencia del Señor en y para la Comunidad. La Eucaristía asegura la unidad de las Comunidades cristianas; en ellas crecemos y maduramos y en ellas obtenemos la reconciliación.

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