Comunión vital con Cristo

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 01/05/2021 - 12:14pm
Edicion
523
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

 

Han transcurrido ya cuatro semanas de Pascua y hoy inauguramos la quinta. Las lecturas bíblicas nos van ayudando a entrar cada vez con mayor fuerza en la vida nueva del Resucitado y las consecuencias que tiene para la comunidad cristiana. No debemos cansarnos de celebrar nuestra fiesta principal, que dura siete semanas: - nuestra fe cristiana es fundamentalmente alegría y visión optimista. - La resurrección del Señor es un acontecimiento no sólo para admirar y contemplar sino también para vivir. Esta invitación es una rica consecuencia de la Pascua. La liturgia de este domingo nos lleva a preguntarnos cómo dar vida en nuestra existencia a ese hecho salvador.

Ya en dirección a Pentecostés, a muchos nos ayudará también el recuerdo de la Virgen María, en el mes de Mayo, que ha comenzado ya. En efecto, ella es el mejor modelo que podemos tener para sumarnos a la Pascua de Jesús, ella, que la vivió muy de cerca y se dejó llenar otra vez en plenitud del Espíritu, junto con la comunidad.

LECTURAS:

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31: «Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino»

Salmo 22(21): «El Señor es mi alabanza en la gran asamblea»

1 carta de Juan 3, 18-24: «No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad»

San Juan 15, 1-8: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos»    

Delante de la Palabra

Por dos veces Jesús nos coloca delante la realidad de su Palabra y nos revela que es élla la que nos vuelve puros (v. 3) y es también élla la que nos abre el camino de la oración verdadera (v. 7); La Palabra se nos anuncia y se nos da como presencia permanente en nosotros; también ella, de hecho, tiene la capacidad de permanecer, de fabricar su casa en nuestro corazón. Por tanto debo preguntarme: ¿Qué oídos tengo yo para escuchar este anuncio de salvación y de bien, que el Señor me envía a través de sus Palabras? ¿Dejo espacio a la escucha, a esta escucha profunda, de la que toda la Escritura me habla continuamente, en la Ley, en los Profetas, en los Salmos, en los Escritos apostólicos? ¿Me dejo encontrar y alcanzar hasta el corazón por la Palabra del Señor en la oración, o prefiero fiarme de otras palabras, más suaves, más humanas y semejantes a las «Permanecer» en Cristo

a) Unión con Cristo

Celebrar la Pascua es, precisamente, vivir unidos a Él. El nos prometió: «Yo estaré con ustedes todos los días» (Mt. 28, 28). Pero hoy nos dice que somos nosotros los que debemos estar con El: «Permanezcan en mi» (v. 4). A veces nos extrañamos de ver cómo nos debilitamos espiritualmente... porque nos separamos del que nos da su Vida, Cristo Jesús. Si el sarmiento que se separa de la cepa se muere.

Nuestra fe debe alimentarse continuamente: Con la oración, y con la Eucaristía. ¿Cómo estaremos unidos a Cristo sin oración, sin escuchar su Palabra? Si queremos permanecer unidos a Jesús es preciso que nos alimentemos de su cuerpo y de su sangre. Es El mismo quien nos lo dice con toda claridad: «El que me come, permanece en mí y yo en El».

b) Amor fraterno

Pero esta unión con Él se tiene que traducir también en la caridad, en el amor fraterno. Vivimos en comunidad: en la familia, en la Iglesia, en la sociedad. Amar a los que tenemos en nuestro entorno es la primera lección que nos dio Jesús. Si en la vida no buscamos sólo nuestro propio interés, sino el bien de los demás, entonces sí que «permanecemos unidos en Cristo». El nos dijo que, al final, sólo nos examinará de esto: si hemos amado al prójimo.

Las lecturas de hoy nos invitan a mantenernos unidos a Cristo y a amarnos como El nos ha amado. Si lo hacernos así vale la pena la Pascua que estamos celebrando.

Jesús es la VID

La imagen de la viña y la tarea del labrador era bien entendida por quienes le escuchaban. Israel era un pueblo ganadero y agrícola. Y de este pasaje podemos destacar tres expresiones de Jesús para nuestra reflexión: -

a)   El Padre, que es el viñador, poda los sarmientos para que den más fruto.

Es imprescindible la tarea de la poda en un árbol; quitar lo viejo y reseco, los brotes que estorban y no dejan crecer, para que haya un crecimiento con fuerza y un fruto abundante. Si Jesús es la vid y nosotros los sarmientos, también necesitamos la poda para poder dar fruto abundante.

La poda puede venir desde nosotros mismos que, dándonos cuenta de nuestras equivocaciones, nuestras debilidades, lo que hay en nosotros de malo, hacemos el esfuerzo de apartarlo de nuestra vida, de corregirnos y mejorar. Puede venir la poda de las personas de nuestro entorno que nos corrigen, nos indican lo que hemos de cambiar, dónde están nuestros errores, hacia dónde nos hemos de encaminar. Y aunque nos resulte doloroso e incomodo que nos corrijan y reprendan, nos es necesario para mejorar y dar fruto abundante. Puede venimos la poda de las circunstancias y acontecimientos de nuestra vida, tanto buenos como malos, que nos sirven para desprendernos de tantas cosas que no le agradan al Señor y estar así en condiciones de crecer en virtud, de desarrollar nuestras cualidades, de mejorar nuestras actitudes y nuestro modo de vivir cristiano. - Es el Señor quien se sirve de todos esos medios para ir purificando nuestra vida y hacernos crecer y mejorar.

b) «Permanezcan en mí»

Es casi como una continuación de la reflexión anterior. Para nada sirve la poda si el Señor no nos hace participar de su vida, si no nos transmite su savia. Es una invitación a fomentar todas aquellas actitudes y actividades que nos mantienen unidos al Señor, y aprovecharlas debidamente. Fomentar el tiempo y la calidad de la oración, mejorar la participación en los sacramentos, cuidar de vivir en la presencia del Señor en todos los momentos de nuestra vida, para que de ese modo la vida de Dios crezca en nosotros y de fruto abundante que se manifieste en nuestro modo de pensar y de vivir.

c) «Lo que pidieren al Padre en mi nombre se lo concederá»

Nos recuerda como hemos de confiar en el Señor y la eficacia de la oración. El Señor es quien más nos quiere, quien más interés tiene en que seamos felices y no nos falte nada. Ponernos en sus manos, en este ambiente de pandemia y de caos social, con una infinita confianza nos permite rezar con constancia y sin desfallecer, con la seguridad de que siempre nos escucha y nos ayuda.

Nuestro compromiso hoy

Hoy escuchamos en lo hondo de nuestra vida esa maravillosa invitación. Es para nosotros, para todos nosotros. El Señor nos quiere comprometidos con él, con su causa, con su misión, con el evangelio. Nos dice y nos repite: Sin mí no pueden hacer nada. El compromiso será «permanecer en Cristo». Los frutos de esta unión vital a la Vid son: pureza de vida y segura eficacia de la oración, progreso en la santidad personal y en la santidad comunitaria (v 8). Una vez más notemos como en el estilo de San Juan: «Permanecer en Cristo» (v. 4), «En su Palabra» (v. 7), «En su amor» (v. 9), «En sus mandamientos» (v. 10), son una misma cosa. Todo, pues, vida, gracia, caridad, vigor, fecundidad, gozo, santidad, está condicionado a la unión a Cristo.

Permanecer en Cristo es rebelarnos contra toda injusticia y desigualdad, contra toda ideología alienante y deshumanizante, contra toda forma de violencia, contra toda política que no respete la vida y que favorezca la corrupción. El cristiano no puede ser sirviente de los populismos oportunistas, esclavizantes, mentirosos e hipócritas, pero tampoco de cualquier sistema que no trabaje, con honestidad, por la equidad, el verdadero respeto de los derechos fundamentales, comenzando por el respeto pleno a la vida, y por castigar de manera ejemplar toda corrupción.

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