Espíritu que hace hombres libres

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 30/05/2020 - 11:43am
Edicion
475
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

 

Evangelio: san Juan. 20,19-23: «Reciban el Espíritu Santo»

Nos reunimos para celebrar la Eucaristía en el Domingo de Pentecostés, el misterio del Espíritu Santo presente en la Iglesia y en nosotros. Durante todos estos Domingos pasados hemos estado recordando y celebrando el gran triunfo de Cristo por su Resurrección.

Ahora comenzamos a celebrar la Misión de la Iglesia, estimulada y fortalecida por la acción del Espíritu Santo. La fiesta de Pentecostés es como la plenitud y la madurez de la Pascua. El Cirio Pascual, símbolo de la presencia de Jesús entre nosotros por su resurrección, queda apagado hoy para dar paso a la acción de la Iglesia por la fuerza del Espíritu.

Si el Espíritu resucitó a Jesús, ahora despierta y llena de vida a la Comunidad cristiana y la empuja a desarrollar su misión con valor y fuerza apostólica. La Comunidad cristiana, que ha estado callada, silenciosa, se lanza a proclamar la resurrección de Jesús y su mensaje salvador a voz en grito en todas direcciones por la fuerza del Espíritu.

¿QUÉ NOS DICE el texto?

¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior... ¿Qué me dice ese dinamismo del texto, todo menos estático? ¿Qué me dice este Jesús crucificado y a la vez resucitado? ¿Qué representa en mi vida y en mi seguimiento el hecho de ser enviado/a, de ser llamado/a a poner en marcha el perdón allí donde estoy? ¿Dónde percibo que Jesús sopla sobre mí y me regala su Espíritu?

Para destacar:

A nivel eclesiológico (discipular), básicamente es un texto de movimientos, de avances, de transformación: del miedo a la alegría, de estar cerrados a estar enviados. Nada queda igual después de la Resurrección, se inicia un nuevo itinerario radicalmente transformado y transformador.

A nivel cristológico, se remarca la bondad de Cristo Jesús, que no solo no reprocha a sus amigos el abandono y la soledad en que le dejaron, sino que les regala las primicias de su Pascua: la paz y el Espíritu Santo con el perdón de los pecados. Jesús es el mismo Jesús crucificado pero también el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios, Dios mismo.

A nivel teológico, es impresionante la densa riqueza del misterio de Dios: Padre que envía, Hijo y Señor, Espíritu Santo.

Él está presente

El texto evangélico se concentra en la creación de la nueva humanidad, la Comunidad animada por el Espíritu con capacidad para discernir quién se ha separado del viejo orden injusto (el «mundo») y se ha incorporado al nuevo orden (la vida de «paz y alegría») y, por eso, está libre de los pecados, y quién permanece aún en el «mundo» y, por consiguiente, mantiene su complicidad con «el pecado del mundo». La oposición entre dentro y fuera (de la casa), primero por miedo y después por la capacidad de discernir y declarar quién es justo y quién pecador, es fruto del don del Espíritu

Jesús se hace presente en la comunidad. Ni siquiera las puertas cerradas (de nuestros miedos, angustias, prejuicios, desesperación, confinamiento por el coronavuris) le impiden estar en medio de aquéllos que no lo reconocen. ¡Hasta el presente es así! Cuando estamos reunidos, también si las puertas están cerradas, ¡Jesús está en medio de nosotros! Y también hoy, la primera palabra de Jesús será siempre: «¡La Paz esté con ustedes!»: así nos visita en nuestro confinamiento para asegurarnos que Él siempre ha estado de nuestro lado, que nos acompaña en esta situación de pandemia para darnos ánimo y devolvernos la esperanza con un saludo vivificador: «La Paz sea con ustedes»

Él les muestra las señales de su pasión en las manos y en su costado. ¡El resucitado es el crucificado! El Jesús que está con nosotros en la comunidad, no es un Jesús glorioso que no tiene nada en común con la vida de la gente. Sino es el mismo Jesús que ha venido a esta tierra y que tiene las señales de su pasión. Y hoy estas mismas señales se encuentran en los sufrimientos de la gente. Son los signos del hambre, de la tortura, de las guerras, de las enfermedades, de la violencia, de las injusticias, de los sufrimientos y angustia producidos por esta pandemia que nos llevó a vivir con las «puertas cerradas». ¡Tantas señales! Y en las personas que reaccionan y luchan por la vida, Jesús resucita y se vuelve presente en medio de nosotros.

«Shalom»: la construcción de la paz

En el evangelio de Juan, el primer encuentro entre Jesús resucitado y sus discípulos está marcado por el saludo: «¡La paz esté con vosotros!». La paz que Jesús nos da es diversa de la «Pax Romana», construida por el Imperio Romano: «no se la doy como la da el mundo». Paz en la Biblia («shalom») es una palabra rica de un profundo significado. Significa integridad de las personas delante de Dios y de los otros. Significa también vida plena, feliz, abundante.

La paz es señal de presencia de Dios, porque nuestro Dios es un Dios de paz. «Javhé es Paz. «¡Que la Paz de Dios está con ustedes!». -Por esto, la propuesta de paz de Dios produce reacciones violentas. Como dice el salmo: «Desde mucho tiempo vivo con los que odian la paz. Estoy a favor de la paz, pero cuando yo digo “¡Paz!” ellos gritan “¡Guerra!”» La paz que Jesús nos da es señal de “espada”. Supone persecuciones para las Comunidades. Y el mismo Jesús nos anuncia tribulaciones. Es necesario tener confianza, luchar, obrar, perseverar en el Espíritu de modo que un día triunfe la paz de Dios Y entonces, «el Reino de Dios será justicia, paz y alegría y estos serán los frutos del Espíritu Santo» y «Dios será todo en todos.

 A qué nos compromete la Palabra

«Así como el músico, con la lira bien templada, ejecuta una armonía, combinando con los recursos del arte los sonidos graves con los agudos y los intermedios, así también la sabiduría de Dios, teniendo en sus manos el universo como una lira, une las cosas gobernándolas con su voluntad y beneplácito» (San Atanasio)

PENTECOSTES es una experiencia de COMUNION y de AMOR.

Contemplemos este Misterio insondable, a la luz de la Encíclica «Dios es amor» (Deus caritas est (DCE)) del Papa Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero, ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro».

Esto es acción del Espíritu Santo en el creyente y en la Iglesia.

«Ahora el amor es ocuparse y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca»

Fue el Espíritu Santo quien sacó a los discípulos del encerramiento y los lanzó a la misión, al servicio del Evangelio para los demás. «Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios»

Relación con la Eucaristía

El relato de Pentecostés es lo que ocurre en la celebración. Reunidos en torno de Jesús los hijos de adopción damos gracias; unidos en el amor de su Espíritu, hacemos una comunidad con los dones que El nos da.

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