Dios llama a cada uno diferentemente

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 29/06/2019 - 10:53am
Edicion
427

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

Evangelio: san Lucas 9, 51-62:  ”Te seguiré a donde vayas”.

Cuando escuchamos hablar de vocación pensamos en quienes siguen el camino del sacerdocio o de la vida consagrada en comunidad religiosa. Y decimos, quizás con cierta satisfacción o con nostalgia: Yo no tengo vocación. Pero no es cierto. Vocación significa llamado. En el plan de Dios todos tenemos llamado o vocación. Nadie viene a este mundo voluntario sino llamado por Dios a la vida y llamado para una obra grande que es la realización del plan divino de la salvación. La vida cristiana consiste en seguir a Jesucristo que nos invita con urgencia a continuar y completar su vida en nosotros.

Somos seguidores de DIOS.

- En todas las religiones se han dado los seguidores de los maestros, como los verdaderos discípulos. En la Escritura: Elíseo recibe las enseñanzas de Elias; el profeta Isaías tiene sus discípulos; Profetas y Sabios tienen sus seguidores. - Los acontecimientos del pueblo se perciben como lugar de encuentro con Dios; por eso cada uno responderá a esa voluntad de Dios a través de la Historia personal y colectiva. De esta forma expresa cada uno su fidelidad a la alianza, al Pacto de unión de Dios con su pueblo. - - Surgirán guías del pueblo para ayudarle en esa respuesta de fidelidad personal, pero llegará el tiempo en que el mismo Dios infundirá sus enseñanzas y todos serán "discípulos de Dios".  El creyente deberá estar a la escucha de Dios para responderle en cada momento.

Somos seguidores de JESUS

Jesús hace un llamamiento universal: a todos. De entre ellos, escoge a los Doce. Luego llama y envía a los setenta y dos, como seguidores que comparten la vida (convivencia) y se dejan modelar por la enseñanza y asumen algún cargo confiado por el Maestro. - Pero hay diferencias entre el magisterio de Jesús y el de los doctores de la Ley: no “comenta” la ley, sino que quiere restituirle su sentido originario: no es un inventario de normas, sino un camino de vida; ayuda a leer los acontecimientos como intervenciones de Dios; se resume en el encuentro con el hermano por el amor, más que en prácticas simplemente externas de “observancia” legal.

- La invitación constante de Jesús es a hacerse discípulos del Señor, Dios vivo, mediante su seguimiento, no de carácter doctrinal, sino personal. -El discipulado es como adhesión a la Persona de Cristo, para siempre, acompañándolo, conformando la vida a la suya, llevando su cruz, compartiendo sus destinos.

El seguimiento de Cristo pide abandonar las seguridades meramente humanas (la madriguera, los nidos) para afrontar en la desnudez total la dureza de la vida. Abandono de lo que da seguridad: poder, dinero, comodidades... Desarraigarse y liberarse para dar el salto de la fe: entrega a la persona de Jesús. Podemos negarnos. El evangelio nos trae un ejemplo: Jesús pide otra renuncia: los vínculos sagrados de la familia, el papá. Representa el pasado. El mundo que debe quedar atrás ante la venida de Jesús. Pertenece a los «muertos», los que aún no han llegado a la vida que trae Jesús («Yo soy la vida»: Los «muertos» se ocupan de ellos. Lo mismo hicieron los hijos de Zebedeo. Frente a Jesús, en la novedad del Evangelio, esos vínculos han pasado a segundo plano: ¡el primer puesto lo ocupa Jesús!

Trabajar en el Reino es asumir una misión en la acción, histórica y salvadora, de Dios: ¡Eso es el Reino!. Quien no lo hace no es digno de él. Es excluido de él. Los compromisos sociales son secundarios. ¡Primero Jesús y el Reino! Jesús nos invita a mirar siempre al frente, adelante. Atrás es el pasado, la nostalgia. Adelante están la esperanza, el Reino definitivo, la vida eterna. Lo que Jesús es y ofrece.

Seguidores de Jesús en LA IGLESIA

- Formamos un discipulado, integrados por su Pascua en el Pueblo Nuevo. Él está presente en la existencia diaria, en nuestras vidas, dentro de la Comunión Eclesial. - Completamos su misión, siendo obreros y obreras del Evangelio en el cumplimiento de los designios del Padre. - Cumpliremos su mandato de "hacer discípulos" dentro de la vida eclesial, a través del mundo, de nuestro propio ambiente. No se trata de hacer adeptos, por determinados intereses; se trata de proponer la fe, ayudando a las personas y los pueblos, en su búsqueda de Cristo como meta, en medio de sus oscuridades.

¿Qué pasó con los tres casos de llamamiento de que nos habló el Evangelio? ¿Cuál fue su respuesta: aceptaron o se negaron? No lo sabemos. Al evangelio no le importa esa respuesta sino la nuestra. En esos casos estamos implicados nosotros: el espacio para la respuesta siempre estará abierto. Toca a cada uno de nosotros, entrabados quizás por los mismos casos, dar hoy la respuesta. Y no uno solo de los tres casos sino los tres, al tiempo, en la misma persona y en la misma respuesta. Y no es llamado sólo para unos, para los religiosos / as, sino para todos los discípulos y discípulas.

La verdadera libertad

Resaltan, para nosotros, los maravillosos resultados de la libertad del Evangelio, de la acción del Espíritu que nos introduce en la pascua de Cristo para una vida nueva. Quienes son dirigidos por el Espíritu respiran el nuevo y vigorizante aire de la libertad moral y espiritual: ya no están más bajo la esclavitud de la ley, y, así, obedecen a los preceptos de Dios con gozo de corazón. Los cristianos, liberados de toda esclavitud, detestan y se oponen vigorosamente a «las obras de la carne»; aman las Escrituras (cuyo autor es el Espíritu mismo) y al Dios trino revelado en ellas en todos sus maravillosos atributos, «elogio de la Ley divina»; Esto acrecienta su libertad de acceso al trono de la gracia. También va de la mano con el testimonio del Espíritu en sus corazones, asegurándoles que son hijos de Dios. - Finalmente, el fruto del Espíritu que abunda en sus vidas fortalece grandemente el testimonio de ellos en el mundo, y todo esto para la gloria de Dios trino  

Relación con la Eucaristía

En la Eucaristía descubrimos y profundizamos la condición de discípulos del Resucitado. Allí se hace presente Jesús para continuar la historia de salvación en nosotros y con nosotros. Del discipulado del amor desembocamos en la Eucaristía y del ser discípulos del resucitado llegamos a la vida de fraternidad evangélica. Celebramos la salvación de los discípulos en el Pan y la Palabra.

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