Seguimos los pasos de Cristo, vida del mundo

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 28/03/2020 - 8:26pm
Edicion
466
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

Evangelio: san Juan 11, 3-7.17.20-27.34-45: «Yo soy la resurrección y la vida»

Estamos a dos semanas de la Pascua. El domingo próximo ya será Domingo de Ramos, la puerta de la Semana Santa. Las lecturas de hoy nos preparan muy bien a la Pascua: nos ayudan a fijar nuestros ojos en Jesús, en su camino hacia la cruz y hacia la vida nueva. Como dice el prefacio 5o de Cuaresma: «en nuestro itinerario hacia la luz pascual, seguimos los pasos de Cristo, maestro y modelo de la humanidad reconciliada en el amor».

En la serie de etapas salvíficas de la historia del AT llegamos hoy a la figura de los profetas, don eximio de Dios a su pueblo. En concreto, el profeta Ezequiel. Mientras que en el evangelio leemos la resurrección de Lázaro, donde Jesús se revela a sí mismo como la vida del mundo, después de haberse manifestado en domingos pasados como la fuente de agua viva y como la luz. Hoy las tres lecturas bíblicas apuntan al mismo y gozoso mensaje: la vida. Tanto Ezequiel para su pueblo, como Pablo para sus lectores como, sobre todo, el Evangelio con el relato de Lázaro, nos aseguran que nuestro destino es la vida.

Dios quiere abrir sepulcros

También ahora necesitamos todos, como personas y como comunidad, oír las palabras de esperanza pascual y de vida que rezuman los textos de hoy: una palabra providencial para esta situación de angustia e incertidumbre provocada por la pandemia que aflige hoy al mundo. Porque podemos sentir la tentación del desánimo o de la impotencia ante un mundo que puede parecemos que no tiene mucho futuro, o ante una comunidad eclesial poco viva y creativa, o ante personas determinadas -nuestra comunidad cristiana, o nosotros mismos- que pueden presentar síntomas de cansancio y hasta de muerte.

Los tres evangelios «bautismales» de estos domingos parece como si quisieran presentarnos los diversos estados deficitarios de la humanidad: la situación problemática de la mujer samaritana, una persona con sed, y no sólo de agua; la situación lastimosa del ciego de nacimiento, condenado a una oscuridad total y perpetua; y ahora la situación de Lázaro, todavía más radical: la muerte. Un sepulcro es la imagen más clara de la no-vida, y no favorece precisamente la esperanza. Pero Dios nos invita a la esperanza. Por medio de Ezequiel, de Pablo y, sobre todo, de Cristo Jesús. En Ezequiel, hoy hemos escuchado palabras muy esperanzadoras: «abriré sus sepulcros... les infundiré mi espíritu y vivirán». Dios es Dios de vida. Sus planes no son de muerte, sino de vida.

¿A QUÉ NOS COMPROMETE la PALABRA?

La primavera ve brotar con nuevo brío la vegetación. Estamos a punto de entrar en la Pascua, que es vida nueva para Cristo y para nosotros. La Pascua de este año debería ser una primavera espiritual en la que estemos todos sumergidos, después de un invierno crudo por el grave daño de la pandemia que estamos sufriendo. Dios quiere ayudarnos a pasar a una vida más abundante en cada Eucaristía. Y, de un modo especial, en la Pascua próxima, que, por razones que sólo Dios conoce, no podremos celebrar públicamente.

El mensaje de este Domingo 5º de cuaresma es en verdad esperanzador. Para Israel, para Lázaro. Para nosotros. Eso significa la Pascua. Eso significa el Bautismo, que nos sumergió ya desde el principio, con Cristo, en su muerte y en su vida. Nosotros, que creemos en Cristo resucitado, no podemos vivir sin esperanza. No hay tumba que se resista a ese Espíritu vivificador que está dispuesto a repetir el portento de la Pascua con nosotros. Tendremos que oír la voz imperiosa de Jesús: «sal fuera».

Relación con la Eucaristía

La Eucaristía es semilla, anticipo y garantía de vida. El Señor Resucitado, que ya está en la escatología, en la vida definitiva, se apodera de ese pan y ese vino que traemos en el ofertorio al altar, y entonces, identificado radicalmente con esos dos elementos, se nos da a nosotros, y así nos comunica así su vida escatológica. - Por eso nos dijo, según Juan, en su «discurso del Pan de vida»: «el que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida... yo lo resucitaré el último día... Como yo vivo por el Padre, así el que me coma vivirá por mí».

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