Bendito el que viene en nombre del Señor

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 27/03/2021 - 3:54pm
Edicion
518
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

DOMINGO DE RAMOS

A causa de la pandemia que nos ha originado muchas restricciones, no tenemos en este domingo la acostumbrada procesión con que se conmemora la entrada de Jesús en Jerusalén... Pero eso no ha sido obstáculo para acoger a Cristo como a nuestro Rey y Salvador.

Empezamos la celebración de la Semana Santa. La llamamos también la Semana Mayor, la gran semana donde celebramos el Misterio central de nuestra fe: la muerte y la resurrección del Señor. Y no lo hacemos por simple recuerdo de un acontecimiento único en la historia. La liturgia nos lo hace presente hoy. No lo «repetimos» porque es irrepetible. Es un misterio que dura siempre, cubre todo el tiempo y no pasa nunca. Eso nos permite abrir el espacio y entrar en presencia de él a través de las celebraciones litúrgicas, más sobrias, tal vez, por tiempo de pandemia, pero siempre hermosas, evocadoras y solemnes.

Hoy nuestra atención está centrada en el relato de la pasión y muerte del Señor que proclamamos en este Domingo. Su meditación debería hacer que surgiese de nuestro corazón aquella misma profesión de fe del Centurión ante Jesús clavado en la cruz: «Realmente este hombre era Hijo de Dios».

LECTURAS:

Para la bendición de Ramos: Mc. 11, 1-11: «¡Hosana! Bendito el que viene en nombre del Señor»

Isaías 50, 4-7: «El Señor me ha dado una lengua de discípulo»

Salmo (22)21: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»

Filipenses 2, 6-11: «Jesús tomó la condición de esclavo»

San Marcos 14,1 – 15,47: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios»

Contemplar y vivir

La pasión y la muerte de Jesús no son un acontecimiento sólo para recordar y admirar, sino para contemplar y vivir. Nadie en la historia tiene grandeza suficiente para invitar al hombre a compartir su misterio y a darle visibilidad en su propia vida. El arte de la pintura, la escultura, la música ha hecho obras imperecederas para representarlo y cantarlo. Pero donde ese misterio debe tener total cabida es en nuestra propia vida. Cristo nos había dicho antes de su muerte: Tomen la cruz y síganme... Donde yo esté ahí estará mi discípulo... San Pablo nos ha dicho que nos es preciso vivir, morir y resucitar con Cristo. El bautismo nos ha hecho compartir esa muerte y esa resurrección muriendo al pecado y viviendo para Dios... Sin Cristo que sufre y muere el dolor humano es un absurdo. A la luz de la cruz gloriosa de Cristo la vida se ilumina y se carga de sentido salvador. Digamos con san Pablo: Lejos de mí poner mi confianza en nada distinto a la cruz de nuestro Señor, Jesús y Mesías...

Diferentes actitudes

En este Domingo con el que comenzamos la celebración de la Semana Santa, la Palabra de Dios nos presenta dos acontecimientos distintos:

• Uno en el que se recuerda la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén

 • El otro es la Pasión del Señor. Llama la atención lo diferentes que son las actitudes de quienes aparecen rodeando a Jesús en ambos momentos. En el primero hemos visto como lo aclaman como el Hijo de David, como gritan ¡Hosanna!, como alfombran su camino y lo reciben como alguien grande que los llena de júbilo... Sin embargo, al escuchar la Pasión vemos cómo dejan de aclamarlo y lo dejan solo, lo traicionan sus amigos e incluso lo niegan, lo abandonan todos, y la muchedumbre se exalta para gritar que lo crucifiquen.

En demasiadas ocasiones nos pasa a nosotros lo mismo que a quienes rodeaban a Jesús en sus últimos días: queremos ser sus amigos, pero nos cansamos; queremos seguirle, pero nos resulta demasiado exigente lo que nos pide; o tenemos miedo de defenderlo, de hacerlo presente, de hablar de Él como el Señor... A veces incluso nos empeñamos tanto en que Dios tiene que hacer las cosas como nosotros queremos que, si no es así, lo negamos, decimos que no existe o que o es un Dios bueno. Muchos no le reconocieron como Mesías porque no aceptaban que el prometido viniera montado en un borrico o que fuese humilde, pobre, servicial; decían que tenía que presentarse majestuoso.

Para interrogarnos

La pasión y la muerte de Jesús no son un acontecimiento sólo para recordar y admirar, sino para contemplar y vivir. Nadie en la historia tiene grandeza suficiente para invitar al hombre a compartir su misterio y a darle visibilidad en su propia vida. El arte de la pintura, la escultura, la música ha hecho obras imperecederas para representarlo y cantarlo. Pero donde ese misterio debe tener total cabida es en nuestra propia vida. Cristo nos había dicho antes de su muerte: «Tomen la cruz y síganme... Donde yo esté ahí estará mi discípulo»... Sin Cristo que sufre y muere el dolor humano es un absurdo. A la luz de la cruz gloriosa de Cristo la vida se ilumina y se carga de sentido salvador. Digamos con san Pablo: Lejos de mí poner mi confianza en nada distinto a la cruz de nuestro Señor, Jesús y Mesías..

Allá donde estemos estos días, no nos dejemos arrastrar por el deseo de vacaciones o de consumir el ocio que se nos propone, sino que procuremos tener presente que estas son las fiestas más importantes de los cristianos, acudamos a las celebraciones si es posible, o al menos dediquemos tiempo a la reflexión de lo que celebramos y a la oración, y así sea para nosotros una Semana Santa de verdad.

La Pasión de Jesús continúa

En la Iglesia continúan los dolores de Cristo, porque la comunidad cristiana es el lugar de la lucha contra el mal. Ella debe recoger todos los sufrimientos de los hombres, causados en último término por el pecado, y, combatiendo encarnizadamente contra los egoísmos y las faltas de amor, debe convertirse en la gran compasiva. No hay ningún dolor humano que sea extraño a la Iglesia. La pasión de Cristo continúa hoy en todos los hombres que sufren cualquier clase de dolor físico o moral: hambre y desnudez, pobreza y abandono, tristeza, desesperación, falta de comprensión y amor. Continúa, de modo especial, en todos los hombres que son víctimas del odio de los demás hombres. Esto significa, en último término, que el único signo válido de la lucha de los cristianos contra el pecado es la «com-pasión» efectiva de todo el inmenso dolor de la humanidad.

La contemplación de los dolores sufridos por Jesús durante su pasión y muerte nos lleva a una compasión más profunda, a aquella actitud espiritual que nos hace sintonizar con el fondo del sufrimiento de la persona que padece, es decir, con los motivos reales de su sufrimiento. Según el cántico de Isaías, Jesús aceptó voluntariamente los dolores de la pasión para «saber decir al abatido una palabra de aliento» (Is. 50, 4), es decir, para destruir el mal profundo de los hombres. Llegaremos al núcleo esencial de la compasión hacia Cristo, cuando hayamos emprendido una lucha efectiva contra el pecado en nosotros y en los demás.

Contemplemos con el Papa Francisco

«Este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un profeta «new age», un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión; es el gran Paciente del dolor humano. - Él está presente en muchos de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy sufren como él, sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares, por las enfermedades... Sufren a causa de la guerra y el terrorismo, por culpa de los intereses que mueven las armas y dañan con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en su dignidad, descartados.... Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con ese rostro desfigurado, con esa voz rota pide que se lo mire, que se lo reconozca, que se lo ame.

No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de él: Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz» (Papa Francisco, Homilìa en Domingo de Ramos 2017).

Relación con la Eucaristía

En la Eucaristía tenemos a este Jesús entregado a la muerte, que se nos da a todos, que nos ama dándose. Que la contemplación y la comunión con Jesús en su camino hacia la cruz, nos lleve a la contemplación y comunión con todas las pasiones existentes en nuestro mundo; al acto de fe en Dios que salva a su Hijo y nos salva en Jesús, porque nos ama en El y en cada sufriente. De esta profesión de fe nace la Iglesia.

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