El Padre misericordioso

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 26/03/2022 - 5:56am
Edicion
568
P. Héctor De los Ríos L.
 

VIDA NUEVA

El evangelio de Lucas es conocido como el «Evangelio de la Misericordia». Todo él puede ser leído como un gran relato que nos sumerge en el amor entrañable del Padre. Dante llamó a Lucas «Escriba de la mansedumbre de Cristo» En la Palabra que hoy nos trae este evangelista, Jesús es el gran protagonista: a través de sus palabras y sus acciones se revela el rostro misericordioso de Dios. Hace dos mil años, sus discípulos fueron testigos privilegiados de ello. Hoy nosotros ,discípulos atentos a su Palabra, nos disponemos a contemplar el evangelio como verdadera buena noticia del amor de Dios.

LECTURAS:

  • Josué 5,9a.l0-12. «Hoy los he despojado del oprobio de Egipto»
  • Salmo 33(32): «Gusten y vean qué bueno es el Señor»
  • 2 Corintios 5,17-21. «Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo»
  • San Lucas 15,1-3.11-32. «Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido».

¿QUÉ NOS DICE la PALABRA?

En la meditación de esta Palabra nos debemos fijar, no sólo en el hijo menor, sino también en su hermano mayor y, por supuesto, en el padre: ellos son los protagonistas de esta historia. El perdón de Dios, fiesta pascual. También la pericopa de este Domingo es exclusiva y típicamente lucana. Es importante poner como centro de la parábola la misericordia del padre más que la actitud del hijo menor; así se puede valorar a un tiempo la manera de proceder de los dos hijos. La descripción del itinerario hacia el padre, y la actitud de éste es paradigmática para el proceso de la reconciliación del cristiano con Dios. Por eso, si el domingo anterior se insistía en la llamada a la conversión, hoy hay que describir e invitar a la celebración del perdón de Dios, como una fiesta pascual: «Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido».

El banquete de fiesta es, sobre todo, la Eucaristía pascual, a la que los pecadores que somos todos hemos de prepararnos mediante el proceso de renovación de la Cuaresma.

El hijo menor:

- Creyendo encontrar su felicidad y su libertad lejos de la casa paterna, toma una radical decisión: la de «vivir su vida».

- con su actitud pone distancia y se va...

- vive las consecuencias de su decisión: su «ida» de la casa paterna lo llevo lejos, no sólo del padre y del hermano, sino de su propia identidad: llegó a ser «nadie»... Dejó de ser «hijo» (lo que era en la «casa paterna») y se convirtió en «sirviente» en «tierra extranjera»...

- representa a quienes abusan de los dones de Dios y a quienes   poniéndose a sí mismos como norma sin consideración a los demás ni a los sufrimientos causados...

- pero asumió su realidad... reconoció... y REGRESO: volvió al Padre, volvió a ser hijo...: ¡Resucitó!

¿Qué actitudes muestra el hermano mayor? ¿A quiénes simboliza? - Aunque el hijo mayor no ha abandonado la casa también vive alejado del padre. En su dureza de corazón, en su incapacidad de perdonar y acoger a su hermano, descubrimos a los fariseos y maestros de la ley. Jamás han desobedecido una orden de Dios, pero en su fidelidad no se aprecia ni un ápice de alegría ni amor. - Nunca han experimentado el perdón del Padre, y por eso no comprenden la alegría y la fiesta en la reconciliación. En la rigidez de su comportamiento marginan de la salvación a los que no son como ellos. Son incapaces de entender la inesperada actitud de Dios.

- encuentra dificultad para perdonar el agravio producido por su hermano menor..

- le resulta enojoso participar en la fiesta que el padre organizó por el regreso de su hermano menor...

- ofrece la estampa mezquina y distante de quien no sabe perdonar....

- a pesar de estar en casa, no disfruta de la convivencia con el padre...

- no llega a descubrir lo que significa «todo lo mío es tuyo»... - y vive con amargura la nueva felicidad de ju hermano...

- es el hombre «cumplidor», pero ¡sin amor!, duro de corazón, insensible a los errores de su hermano y sin piedad para con quien reconoce su error y su pecado... Es el «siervo sin entrañas» del evangelio de Mateo:

Muy sugestivo es el contraste entre los dos hermanos. El menor reconoce su miseria y su culpa, regresa a casa diciendo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo».  El mayor nos muestra una postura de arrogancia, no sólo con respecto a su hermano, sino ¡hasta con su padre! Sus reproches contrastan mucho con la dulzura del padre que saliendo de la casa, va a su encuentro a «rogarle» que entre en casa.

¿Cuál es el comportamiento del PADRE ante estos dos hijos? Pensar en el PADRE de la parábola nos cuestiona:

- Respeta la decisión alocada de su hijo...

- no duerme pensando en la suerte del hijo...

- madruga todos los días esperando el regreso del hijo...

- cambia por traje nuevo y joyas los harapos del hijo...

- no pide cuentas al hijo...

- insiste en la alegría de haber recuperado al hijo que «se había perdido»: hace la fiesta más grande por la recuperación, por la resurrección...

Verdaderamente, ¡Dios no «tiene», sino que ES misericordia!

La reconciliación lleva a la pascua

«Tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir...»: La reconciliación es un tema esencial en la Cuaresma. No es una sorpresa que el Evangelio recae sobre el mismo tema de la carta paulina de la segunda lectura. Cristo nos ha conducido hacia la novedad definitiva, pero no de una tierra y de unos manjares, sino de una nueva relación con Dios -reconciliación-, una nueva creación, un mundo nuevo. Para llegar a esta novedad, Cristo fue tratado como pecador: el camino de la cruz. Por este camino, el Cristo pascual se ha manifestado Nuevo Adán, comunicador del Espíritu que vivifica.

La vida en la Iglesia es la experiencia constante de esta obra de Dios: el mensaje de la reconciliación, el ministerio apostólico que es responsable de llevarlo, y sobre todo la Eucaristía, el manjar de la nueva Pascua, que es a la vez alimento de camino - tiempo presente- y pregustación del término: «Gusten y vean qué bueno es el Señor» (Salmo responsorial).

Actualicemos la parábola

Cierro los ojos y visualizo la palabra escuchada, me pongo en el papel del hijo que ha dejado la casa paterna o el hijo mayor que no reconoce la misericordia del Padre, me pongo en la presencia de Dios. Me comprometo a hacer una buena confesión, a un cambio profundo en mi vida, a no condenar a los demás, sino ayudarles a encontrar el camino de la reconciliación con el Padre de las misericordias. Destacamos tres grandes mensajes ante la proximidad de la Semana Santa:

a) Nuestro error al creer que lejos de Dios, lejos de la Casa del padre, encontraremos la felicidad...

b) El gran amor de Dios para con todos nosotros y su actitud de misericordia y perdón para quien reconoce su pecado y quiere volver a casa...

c) La alegría del perdón que se recibe y la fiesta que se organiza cuando tomamos la decisión de decir: «me levantaré y volveré a la casa de mi Padre».

La Cuaresma es el momento oportuno para valorar estas realidades básicas de la vida cristiana, para redescubrirlas: acoger el mensaje de la reconciliación y celebrar la misericordia divina, revisar la participación en la Eucaristía como momento de alegría, de esperanza, de compromiso vital con el camino de Cristo y de la Iglesia, en el servicio de reconciliación de los hombres.

«Me acerqué a "El regreso del hijo pródigo", pintura de Rembrandt, como si se tratara de mi propia obra: un cuadro que contenía no sólo lo esencial de la historia que Dios quería que yo contara a los demás, sino también lo que yo mismo quería contar a los hombres y mujeres de Dios. En él está todo el evangelio. En él está toda mi vida y la de mis amigos. Este cuadro se ha convertido en una misteriosa ventana a través de la cual puedo poner un pie en el Reino de Dios» Henri J. M. Nouwen

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