Acoger a los pequeños y marginados

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 25/09/2021 - 3:23pm
Edicion
544
P. Héctor De los Ríos L.
 

VIDA NUEVA

Ninguno es el dueño de Jesús

El Reino de Dios está abierto a todos los hombres y mujeres del mundo y de la historia. En él no caben discriminaciones ni rechazos. La alegría de Dios está en que todos atiendan el llamado que él les hace, acepten entrar sin condiciones en la morada que les ofrece, asuman cordialmente las exigencias del Reino y caminen fraternamente unidos hacia la meta final. - En la vida se dan numerosos escándalos. Todos podemos ser protagonistas de los mismos. Celebrar la Eucaristía implica siempre un deseo de superarlos. Que al reunimos hoy sepamos acogernos con amor fraternal, dispuestos a escuchar la Palabra del Señor y a celebrar su Pascua con sinceridad. (Domingo 26 del tiempo ordinario)

LECTURAS:

Números 11, 25-29: «Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta...»

Salmo 19(18): «Los mandatos del Señor alegran el corazón»

Carta de Santiago 5, 1-6: «Los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor Dios todopoderoso»

San Marcos 9,38-43.45.47-48: «No hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí»

Sin monopolio de la salvación

¿Qué significa: «Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor» ? La Iglesia y los católicos no tienen el monopolio de las buenas obras, tampoco somos nosotros los únicos que promovemos los valores del Reino de Dios en la sociedad. Personas pertenecientes a otras religiones, o simplemente personas de buena voluntad, hacen y han hecho contribuciones con respecto a la liberación humana, paz, justicia, derechos humanos, solidaridad, disciplina contemplativa, y otras. - No debemos ponernos envidiosos, sino estar contentos de esto. A pesar de que sabemos que la Iglesia es el «hogar» del Espíritu Santo y de los sacramentos del Reino de Dios, sabemos también que el Espíritu hace sus buenas obras en todas partes, también fuera de la Iglesia. El rol de los cristianos no es monopolizar, sino anunciar las cosas buenas que suceden en todos lados.

Verdadera sabiduría

Para un cristiano el ideal no puede constituirlo el dinero, sino el hombre en quien Dios vive. Tampoco puede ser la posesión de bienes (propiedad privada mal entendida), sino la comunicación de los mismos  La Palabra de Dios, en este Domingo, nos apremia a evitar el escándalo. El ejemplo que Cristo nos dio es el que nosotros debemos dar a los demás. Sin embargo, a veces, nuestra vida y nuestras obras están muy lejos de las de Cristo. Tampoco faltan los escándalos más o menos patentes entre nosotros. - Y la cultura abortista que quiere esclavizarnos no tiene reparos en querer eliminar a los niños impidiéndoles el derecho de nacer y el derecho fundamental a la vida, dizque en defensa del «derecho "fundamental"» (¿?) de la mujer sobre su cuerpo»... El «derecho de nacer», que sí es fundamental, se desconoce olímpicamente, y, sin embargo, se quiere defender el «derecho de morir».

Hay una diferencia abismal entre la sabiduría que ofrece el Maestro de Galilea y la mentalidad con que interpretan la ley los magistrados de las «altas cortes». Jesús acoge y defiende la vida de los pequeños Varias veces Jesús insiste en la acogida que hay que dar a los pequeños. «Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a mí»  Quien da un vaso de agua a uno de estos pequeños no perderá su recompensa. Pide no despreciar a los pequeños. Y en el juicio final los justos serán recibidos porque dieron de comer «a uno de estos más pequeños».

Si Jesús insiste tanto en la acogida, es porque muchos pequeños de hecho no eran acogidos. En efecto, mujeres y niños no contaban, eran despreciados y obligados al silencio. Incluso los apóstoles impedían que se acercasen a Jesús. En nombre de la ley de Dios, mal interpretada por las autoridades religiosas, muchas personas buenas eran marginadas. En vez de acoger a los marginados, la ley se usaba para legitimar la exclusión.

En los evangelios la expresión «pequeños» (en griego se dice «mikroi»,

«elachistoi», o «nepioi») a veces indica «los niños», otras veces indica sectores excluidos de la sociedad... Además, no siempre es fácil distinguir lo que viene del tiempo de Jesús y lo que viene del tiempo de las comunidades para las cuales se escribieron los evangelios. Pero, sea lo que sea, lo que está claro es el contexto de exclusión vigente de la época, y la imagen que las primeras comunidades tenían de Jesús: Jesús se pone de parte de los pequeños y asume su defensa. Llama la atención lo que Jesús hace en defensa de la vida de los niños, de los pequeños.

Nuestro compromiso hoy

Es bueno que nos interroguemos sobre nuestra capacidad de acoger y ser acogidos en el seno de la Comunidad Cristiana en que vivimos: familia, trabajo, parroquia, barrio, movimientos a que pertenecemos, incluso las Comunidades religiosas. Es posible que llevemos en el fondo del corazón una actitud que nos aleja de los demás, que nos hace ser recelosos y desconfiados. Quizás de entrada desconocemos a los demás y los descalificamos. - En un canto conocido hay un verso revelador: Tal vez no era de los nuestros... Grupos cristianos cerrados no tienen la plena dimensión evangélica que es sin fronteras.

Son nuestros egoísmos y prejuicios los que levantan barricadas y marginaciones. No las dejemos levantar. Y derribemos las que existen. ¿Qué decimos nosotros? Las recomendaciones que nos ha dado el Señor en el Evangelio de este Domingo tienen mucha actualidad hoy. En muchas personas que pertenecen a la Iglesia católica existe la tendencia antiecuménica de encerrarse en sí mismas, como si nosotros fuésemos cristianos mejores que los otros.

En el mundo de hoy, dominado por el sistema neoliberal, existe el desprecio por los pequeños, y de hecho aumenta por todas partes la pobreza, el hambre y el número de prófugos y de abandonados. Falta entre nosotros los cristianos el compromiso de vivir el Evangelio. Pero si nosotros, millones de cristianos, viviésemos realmente el Evangelio, el mundo no estaría como está.

Para orar y vivir la Palabra:

«La ley del Señor es descanso del alma».  Tu ley es tu voluntad. Es el deseo tuyo de querer armonizar al hombre por dentro. Es la expresión de tu amor. Por eso tu ley no pesa, ni agobia, ni anula. No está fuera, sino dentro de cada una de las personas. Desde ahí sugiere, impulsa, moviliza todas las fuerzas hacia el bien. Tu ley es un «tesoro», es decir, lo más preciado, lo más valioso de la vida. Tu ley es una «joya», es decir, lo más lindo, lo más bello de la vida.

«La palabra insonora de la Creación es como el eco de un canto silencioso que brota de la profundidad de la divinidad. Canto del Verbo en el seno del Padre y que no es otro que el Espíritu Santo». (S. Bernardo)a

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