La paciencia de Dios

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 23/03/2019 - 1:26am
Edicion
413

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

3° domingo de Cuaresma

Evangelio. San Lucas 13,1-9

Estamos ya en el tercer domingo de Cuaresma. Vamos subiendo la escalada cuaresmal en oración y confianza en Dios para llegar más limpios a la cumbre pascual.

En el camino hay dificultades, pero tenemos que seguir avanzando. A veces queremos ir por caminos que no van rectos hacia la Pascua. Por eso debemos convertirnos, que significa cambiar.

El camino recto es el de Jesús, el del amor verdadero: el que siguió con su vida y nos enseñó en el Evangelio. Por eso en Cuaresma debemos estar tan atentos a las enseñanzas de Jesús.

Hoy Jesús en el evangelio nos enseña cómo es Dios, al contrario de cómo piensa sobre Dios la mentalidad terrena. Suele pasar que, si nosotros somos vengativos, pensamos que Dios es también vengativo. Y eso no es correcto. Solemos echarla culpa a Dios de todas las cosas que nos suceden.  Veamos lo que dice el evangelio en su primera parte: Lucas 13, 1-5: “En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo…”

A Jesús le habían contado lo que había hecho Pilato con unos galileos quizá guerrilleros o algo parecido. Jesús aprovechó para dar una enseñanza. Puede ser que haya otros más malvados. No podemos juzgar de la maldad de cada uno por el modo final de su vida. No sólo cuando entra en juego la libertad humana. Jesús pone el ejemplo de una catástrofe natural: una torre que se había hundido y había matado a varias personas. No podemos decir que eran peores que otros.

La naturaleza tiene unas limitaciones que se traducen en deficiencias y catástrofes. Esta vida no es el final, es de paso y de alguna manera viene la muerte: el paso de esta vida a la otra. En muchas catástrofes naturales se mezcla la impericia o la mala voluntad del ser humano. Por ejemplo: Si hay inundaciones, los que más sufren son los pobres que han tenido que hacer su casita junto a los ríos o en terrenos peligrosos.

¡Cuánto mejor viviríamos, aun en lo material, si se practicase de verdad el mandamiento del amor!

Dios no castiga al ser humano, sino que cada uno se castiga a sí mismo. Dios ha hecho este mundo: de paso o de prueba. Y lo ha hecho con toda bondad, para nuestro bien, para que nos ayudemos a ser más felices aquí y sobre todo en la eternidad.

Pero la gente se pregunta: ¿Por qué Dios permite que haya tantas calamidades? La fe nos da las respuestas. Pero ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a Dios?¿Qué somos nosotros para saber a quién debe Dios premiar o castigar? Claro que hay una Providencia de Dios encargada de velar. Y Dios atiende a la oración de quien suplica. Muchas veces un sufrimiento nos hace progresar en el camino del espíritu. En ese caso es un bien. Pero hay que comprender ese sufrimiento.

Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Dios quiere que aprovechemos todas las circunstancias de la vida para aprovechar en el espíritu, para cambiar. Si no lo aprovechamos, hallaremos una muerte peor que los aplastados por la torre o muertos por Pilato. Así que ante los diferentes cataclismos debemos revisar nuestra vida. Quizá, ayudando a los perjudicados, nos mejoremos nosotros y nos convirtamos.

La conversión no es cosa de un día o quizá ni de una sola época de nuestra vida. Dios tiene paciencia con nosotros. Esto es lo que indica la 2ª parte del evangelio que dice así: Y les dijo esta parábola: "Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas". (Lc 13, 6-9).

La higuera era como un símbolo del pueblo de Dios y puede ser también el símbolo de cada uno de nosotros. Dios viene a buscar frutos un año y otro y a veces no encuentra. Y tiene paciencia. Si fuese un ser humano, como nosotros, lo arrancaría enseguida; pero quiere frutos y espera, tiene paciencia. Espera a ver si vamos cambiando, si nos convertimos.

Nosotros debemos imitar la paciencia de Dios, en nuestra trato de unos  con otros, como el labrador que debe esperar su tiempo a que llegue el fruto. Qué grande es la paciencia de Dios con su pueblo, según nos describe la Biblia. Y ¡Qué paciencia la de Dios para con nosotros! Porque es infinita su misericordia. Alguna vez actúa de forma extraordinaria y maravillosa. 

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