Esperanza gozosa

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 22/12/2018 - 9:06am
Edicion
400

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

 domingo de adviento -C

 

Evangelio: san Lucas1, 39-45

Navidad reviste para nosotros una explosión de júbilo en nuestra sociedad. Quizás no siempre valorada como se debe. Porque detrás de todas esas manifestaciones de alborozo está el misterio que ha dado origen a ese tiempo especial. Es posible que esa bulliciosa expresión de regocijo nos impida contemplar el misterio. Hagamos la pausa un tiempo. Silenciemos el corazón y simplemente contemplemos, sin palabras y con asombro, lo que estamos celebrando.

Navidad es fuente de esperanza y de compromiso de testigos. Miqueas caminaba con su pueblo hacia Jesús. No lo vio con sus ojos pero lo percibió con su larga mirada de profeta. Jesús al nacer nos ofrece el camino seguro de nuestro andar por el mundo y el tiempo. Es Dios que sale de su misterio, nace, comparte nuestra condición y nos lleva con él hacia el Padre para una consumación feliz. Y ahí está nuestro compromiso: vivir en este mundo como hijos de Dios que en Navidad han descubierto el plan divino que hace nacer a Dios entre nosotros. Navidad es acoger como Isabel esa visita y cumplir nuestra misión en el mundo, no instalados definitivamente en él, sino peregrinos con Jesús hacia el misterio de Dios.

 Feliz  Navidad

En la humildad de nuestra carne... No nos cansemos de meditar y ahondar en el misterio de Cristo, Dios encarnado que entra al mundo. No nos acostumbremos a ese misterio central de nuestra fe de modo que se nos haga corriente y carente de relieve. Dios no viene a dominar el mundo con poder sino a salvarlo por amor. Por eso llega en la humildad de nuestra carne, no hace ostentación de su poder; por eso nace en un lugar pequeño y desconocido, de personas que en su mundo eran comunes y corrientes, pertenecientes al mundo de los pobres. La Iglesia debe reencontrar ese  camino de humilde y eficaz servicio, huyendo de ostentaciones y asumiendo su vocación de servidora de la humanidad. Debe mostrarse ante el mundo, como Jesús, apoyada en el poder de Dios que está siempre al servicio de los que lo acogen y reciben con un corazón de pobre.

Navidad es tiempo de silencio, de contemplación, de apertura al misterio de Dios que quiso pasar por la infancia, con el silencio del infante, con la pequeñez y dependencia del recién nacido, para asumir en plenitud nuestra condición humana y llenarla de su misterio divino. Cuánto tiene que aprender la Iglesia en su pastoral de hoy de la humildad de Dios en este misterio. Una humildad que no es apocamiento sino conciencia profunda de que quien obra es el poder de Dios encerrado en la humildad de nuestra carne. En medio del ruido que acompaña esta fiesta hagamos un paréntesis de silencio y meditemos, contemplemos y amemos.

Alabar como María

El Adviento Litúrgico es una invitación insistente que nos hace la Iglesia a unir nuestra voz filial al coro de alabanzas en honor de María: «Ella, por el poder inefable del Espíritu Santo, llevó con amor en sus purísimas entrañas al que habría de nacer entre los hombres y en favor de los hombres».

Belén (casa del pan) es un pueblo muy familiar para los cristianos. Estos días de Navidad repetiremos muchas veces este nombre. El profeta anuncia lo que hará gloriosa a esta pequeña ciudad: ser el lugar del nacimiento del pastor-rey de Israel. Allí nació el rey David y allí pondrá el evangelista Lucas el nacimiento de Jesús. El profeta insiste en el fruto de este nacimiento: «esta será nuestra paz». Escuchando esta profecía adivinamos el significado de las palabras angélicas de la noche de Navidad: «En la tierra paz a los hombres...».

Misterio de Cristo

El mensaje de la carta a los Hebreos es una entrada en profundidad en el misterio de la persona de Cristo. Este, del que habla proféticamente Miqueas como pastor de orígenes remotos (1a. lectura), y que es el «Señor» que María lleva en su seno, es el enviado de Dios, dispuesto a cumplir en todo su voluntad; es el sacerdote por naturaleza, mediador entre Dios y los hombres, que se ofrece desde el primer instante de su presencia en el mundo para dar cumplimiento perfecto a la comunión entre Dios y los hombres, que no lograban los sacrificios antiguos.

El texto de la carta los Hebreos, como preparación inmediata de la Navidad, enlaza también la Encarnación con la pasión del Siervo, y de esta manera muestra la unidad de todo el Misterio Pascual de Cristo. (Las narraciones del nacimiento y de la primera infancia de Jesús desarrollarán este paralelismo entre «Nacimiento» y «Misterio Pascual».

Enseñanza sobre la Virgen María

La escena de la Visitación nos ilumina dos valores riquísimos de la Mariología: a) María en camino, aprisa, ascendiendo a la Montaña, es para todos nosotros modelo de disponibilidad, diligencia y optimismo en secundar las inspiraciones. ¡Adelante! ¡Arriba! ¡Aprisa! Programa de fervorosos y valientes; de quienes viven en fe, esperanza y caridad. Programa muy apropiado a los hijos de l a Virgen.

b) El Mesías es Sol divino que se enciende en el cielo de María; María es su aurora. Y para todos, la manera más suave y más segura de encontrar a Cristo será encontrar a su Madre; y todos de brazos de María recibiremos al Hijo de Dios encarnado en su seno virginal La presencia santificadora de Jesús en casa de Juan, recluido en el seno de su madre Isabel, tiene lugar por mediación de María. María «visita» = hace su «adviento» en casa de Zacarías, y así se cumple en principio la esperanza mesiánica: ¡El Señor vendrá a salvar a su pueblo! El tema del arca portadora de la presencia misteriosa de Dios en medio de su pueblo es el trasfondo de esta escena.

María y la Iglesia

La figura de María, en este misterio, adquiere una fuerte dimensión en relaccion con la Iglesia: en el seno de María fue llevado Jesús durante nueve meses; en el tabernáculo de la fe de la Iglesia, Jesús es llevado hasta la consumación de los siglos. La Iglesia, a la vez que espera al Señor, también lo lleva.

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