Comieron todos y se saciaron

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 22/06/2019 - 1:48am
Edicion
426

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

 

Evangelio: san Lucas 5,11b-17

La Iglesia consagra este Domingo a la contemplación del gran misterio de la Eucaristía. Cada vez que se celebra la Eucaristía, la Iglesia está haciendo presente el misterio del Cuerpo y la Sangre del Señor. A lo largo de nuestra vida hemos participado quizás miles de veces en el rito de esta celebración. Es posible que se nos vuelva rutinario, que lo hagamos distraídamente, movidos tal vez por una urgente necesidad o por un compromiso social. Podemos preguntarnos qué nos trae en este Domingo a la celebración de la Eucaristía. ¿Una tradición, una costumbre? ¿Sentir que se nos pide como una obligación y que faltar a ella nos puede hacer incurrir en pecado?

Esa celebración, así sea sencilla y pase desapercibida, es siempre una fiesta. Sin embargo, la Iglesia nos invita hoy a detenernos atentamente a considerar el misterio de la Eucaristía que con fe celebramos diariamente. La fiesta de la Eucaristía se celebra en la liturgia del Jueves Santo y del Corpus Christi. - El Jueves Santo se celebra la institución de la Eucaristía en relación con la Pasión, Muerte y Resurrección. Aparece más el carácter de sacrificio («cuerpo entregado... sangre derramada»).- Y el día de Corpus Christi insiste más en la presencia viva y real que se completa con el homenaje popular y comunitario de la procesión.

Pan y Vino

Estamos ante un elemento significativo: en el momento de dar a su Iglesia los signos visibles del memorial, Jesús no escogió ninguno de los elementos típicos de la cena pascual judía (cordero, hierbas amargas...), sino los elementos más espontáneos de un banquete: el pan y el vino. De este modo indicaba una cierta ruptura con el ritual mosaico para enlazar con la base cósmica y antropológica del «fruto de la tierra y del trabajo del hombre».

Pasaba por encima de la alianza mosaica para enlazar con la alianza originaria, en la fe de Abraham. Era, pues, una forma de significar el carácter universalista de su misterio, y de la Eucaristía que confiaba a su Iglesia. Por otra parte, el pan y el vino son elementos «elaborados», que piden la reunión de muchos granos de trigo y muchas uvas, para hacer una nueva unidad que tiene un sentido para el hombre: ¡son su alimento! No es de extrañar que ya la «Didajé» (escrito cristiano del siglo II d.C.) utilizase esta imagen del «trigo disperso y reunido» para significar a la Iglesia, fruto de la comunión con el Cristo.

Es una memoria (pasado) y una celebración (actualidad) que compromete nuestra vida y se hace esperanza (futuro), pues el retorno del Señor lo tenemos que preparar viviendo -aquí y ahora- en fraternidad y compartiendo el pan y la paz.

Jesús es el Pan de Vida.

«Si alguno come de este pan vivirá para siempre».  «El pan que yo doy es mí carne para la vida del mundo». Jesús no rectifica la intención con que son recibidas sus duras palabras, sino que mantiene su afirmación y la recalca con más fuerza. Aquí está el anuncio-promesa del Pan de la Eucaristía. Incluso hace comparación entre este Pan y el Maná: el Pan de Vida -que es Cristo mismo- supera al pan del desierto (= el Maná), por su duración hasta el final y porque librará de la muerte.

El Pan de la fraternidad

El rito tiene sentido en el amor y es la expresión del amor. El Pan eucarístico remite a otro pan: alimento, trabajo, alegría, etc.. La caridad no anula la justicia, la supera y la supone. La limosna, la caridad y la beneficencia, no son nunca una componenda entre la fe y la vida. La justicia tiene sus exigencias diarias. El Cuerpo de Cristo es comida y principio de vida, como Pan eucarístico, pero sólo cuando lo precede la fe y todas sus consecuencias. Cuando el Cuerpo total vive en la justicia y en la caridad, o la busca a pesar de todo, entonces tiene sentido la Eucaristía que hace la fraternidad. La fiesta de Corpus nos habla de la manifestación del Señor, pero no solamente en las procesiones por las calles de nuestras ciudades y pueblos (que está muy bien hacerlo), sino en nuestra manera de vivir, que debe ser signo de fraternidad, de unidad, de caridad. La Eucaristía, como nos dice el apóstol San Pablo, exige unidad y fraternidad entre aquéllos que la celebran.

Relación con la Celebración eucarística

Celebramos y adoramos no una cosa, sino a una Persona viva y activa que nos ama, que está presente en medio de nosotros, para renovarnos en la vida y en el amor. Si la celebración de la Eucaristía no nos conduce a la fraternidad, a la unidad, a la solidaridad, podemos afirmar categóricamente que no estamos celebrando la Eucaristía de Jesús.

¡Esto significa celebrar de modo pleno el día de «Corpus Christi»!

¡La Eucaristía sólo tiene sentido en la fe y en el amor fraterno!

Concédenos, Padre de bondad, que la Eucaristía nos empuje a formar una comunidad donde reine la unidad y la fraternidad. Que todos nos unamos en los mismos deseos y esfuerzos de fraternidad y colaboración para que a nadie le falte el pan de cada día.

Que la fiesta de «Corpus Christi» nos ayude a dejarnos impregnar de lo que significa la presencia real y salvadora del Señor en el Sacramento del pan y del vino. Que nosotros, discípulos de la Palabra de Dios, aprendamos en ella que, celebrando la Eucaristía, damos testimonio de unidad, de fe y de fraternidad. Amén.

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