Paz, alegría y comunión

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 22/05/2021 - 1:16pm
Edicion
526
P. Héctor De los Ríos L.
 

VIDA NUEVA

Hemos celebrado la Pascua del Señor Jesucristo: su paso por nuestro mundo. Él ha regresado a su Padre pero antes de partir ha pedido a sus discípulos esperar en Jerusalén la venida del Espíritu Santo. Acompañados de María cumplieron la consigna del Señor. Hoy, en esta solemnidad llamada Pentecostés, la Iglesia, nosotros que la constituimos, nos regocijamos y recibimos como aquellos discípulos el don del Espíritu de Dios. Los textos de la Palabra de Dios que escuchamos en este Domingo nos dicen cuál es la actividad del Espíritu en la Iglesia y en el mundo a través de nosotros.

LECTURAS:

Hechos de los apóstoles 10, 1-11: «Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en diversas lenguas”.

Salmo 104(103): «Envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra»

1Carta de Pablo a los Corintios 12, 3b-7.12-13: «Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu»

San Juan 20,19-23: «Como el padre me envió, así también los envío Yo»

La paz y el perdón

El Evangelio nos recuerda que la paz y el perdón son dones y efectos del Espíritu Santo. Son también una dimensión de la unidad y fraternidad en la Iglesia y en la sociedad. La paz proviene de una fraternidad sólida y bien establecida. La fraternidad proviene de la práctica de la justicia y la misericordia, que va más allá de la justicia. Cuando esta práctica es suficientemente estable, se arraigan la fraternidad y la verdadera paz.

Acentuemos, como lo hace el Evangelio, la importancia de la misericordia para edificar la fraternidad y la paz. La misericordia tiene que ver con el perdón y la reconciliación, muy aptamente expresado en el sacramento de la reconciliación-mencionado en el Evangelio- y en todo gesto y actitud humana que lleva a la reconciliación.

El Espíritu une y reconcilia

El perdón y la reconciliación son particularmente urgentes en nuestros días. Muy obviamente en nuestra sociedad, pero igualmente en familias y en la convivencia humana en todos los niveles. La pura justicia no es suficiente, pues la justicia responde el dar a cada uno lo suyo, pero no llega al perdón. Y en la sociedad ha habido tanta injusticia, violencia y odio, que sin reconciliación y perdón la paz y la fraternidad no pueden ser restauradas. Ese es también el caso en muchas familias y relaciones personales. - Estas son exigencias cristianas difíciles y a veces duras. Y cuando miramos la realidad humana, nos desanimamos. Una vez más, Pentecostés como la Fiesta del Espíritu creador de fraternidad y paz debería levantarnos el ánimo, y recordarnos que el perdón y la fraternidad son un don de Dios, antes que nada, y este don nos ha sido dado por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.

La Iglesia animada por el Espíritu de Dios será el «instrumento» sacramental de salvación para el mundo: esto quiere decir que hace presente y visible la acción de Dios en la historia.

Dones para el bien común

Esta presencia del Espíritu en la Iglesia exige de los creyentes, de cada uno de nosotros, una conversión y una transformación que facilite en los cristianos y en la Comunidad el incesante quehacer santificador del Espíritu. Todo lo que en la Iglesia disgregue, separe y desuna, es un pecado contra el Espíritu; todo lo que mate la caridad entre los hermanos, lo que fomente la enemistad entre los hombres, es ahogar el Espíritu y condenar a ineficacia a la Iglesia.

Sólo quien deja en sí mismo y en la Comunidad eclesial amplios espacios de libertad para que el Espíritu actúe sin trabas, quien pone sus dones al servicio de la común utilidad y quien es capaz de agradecer a Dios los carismas de sus hermanos, aunque sean diferentes a los que él ha recibido, solo éste es el que ha comprendido el misterio de Pentecostés.

Bajo la acción del Espíritu

A partir del bautismo, y robustecidos luego en la confirmación, el Espíritu Santo nos habita. No nos damos cuenta quizás de su presencia, pero él está ahí. Cuando oramos él nos hace orar, cuando amamos cristianamente él nos hace amar, cuando nos llenamos de gozo y esperanza él está ahí, en lo íntimo de nosotros colmándonos de sus dones y sus frutos.

Cuando se nos enfría la fe y se nos oscurece la esperanza, cuando dejamos de amar y nos invade el desamor, cuando se nos hace tedioso orar es que nos hemos hecho reacios, infieles y duros a la acción del Espíritu. Pero él está ahí sin dejarnos, esperando la hora de nuestro regreso y nuestra apertura. En un mundo carente de amor y de solidaridad, sin unidad y conflictivo, pidamos al Espíritu que inunde con su amor que une y con su calor que reanima el corazón de todos hombres y mujeres de hoy. Sólo así será siempre Pentecostés, fiesta de gozo y de vida, de amor y de esperanza. - No nos es posible desempeñar la misión que como cristianos tenemos en el mundo sin la fuerza de Dios. Es misión divina en el contexto de la fragilidad humana. Por eso necesitamos la presencia viva de Dios en nuestro acontecer de cada día. Que Dios impregne con su luz y su poder todo lo que vivimos. Nada ocurre en la historia de la salvación sin la presencia activa del Espíritu Santo.

PENTECOSTES es:

- Confirmación de los Apóstoles en la FE: antes eran simpatizantes, cercanos, dispuestos a seguirlo, pero no eran verdaderamente “creyentes”. Por eso el hecho de la muerte acabó con su entusiasmo y los dispersó, los encerró en el miedo. Ahora, el Espíritu los hace «creyentes» y testigos.

Nacimiento de la Iglesia: antes eran «grupo» pero no verdadera «comunidad», y se dispersaron a partir del hecho de la muerte de Jesús: unos se quedaron en Jerusalén, pero encerrados  y otros decidieron huir de Jerusalén. Ahora, el Espíritu los reúne, los congrega, por encima de las múltiples diferencias de raza, cultura, idioma, costumbres, y los convierte en «Comunidad».

Comienzo de la Misión: antes estaban «encerrados», con miedo.... Ahora el Espíritu los saca del encerramiento y los envía al mundo a proclamar el Evangelio.

María en Pentecostés

María ora con la primera comunidad. Ella, maestra de oración, siempre dócil a la suave voz del Paráclito, enseña a los discípulos a esperar con confianza al Don que viene de lo alto: el Espíritu prometido por Jesús como fruto de su muerte y resurrección. Así como en la Encarnación el Espíritu había formado en su seno virginal el cuerpo físico de Cristo, así ahora, en el Cenáculo, el mismo Espíritu viene para animar su Cuerpo Místico. María ha tenido ya experiencia de la acción del Espíritu Santo, puesto que a su poder creador debe Ella su maternidad virginal. Pero «era oportuno que la primera efusión del Espíritu sobre Ella, que tuvo lugar con miras a su maternidad divina, fuera renovada y reforzada. En efecto, al pie de la cruz, María fue revestida con una nueva maternidad, con respecto a los discípulos de Jesús. Precisamente esta misión exigía un renovado don del Espíritu. Por consiguiente, la Virgen lo deseaba con vistas a la fecundidad de su maternidad espiritual“ (S. Juan Pablo)

Benedicto XVI ha señalado que «no hay Iglesia sin Pentecostés y no hay Pentecostés sin la Virgen María». Y es que María, por su profunda humildad y su amor virginal, se ha convertido en Esposa del Espíritu Santo. El Papa S. Juan Pablo II dijo que «la dimensión mariana de la Iglesia antecede a su dimensión petrina, aunque ambas sean complementarias».». Por su fe, esperanza y caridad, María es tipo de la Iglesia. Ella está tan vacía de sí misma y tan llena de amor a la voluntad de Dios, que el Espíritu Santo se complace en inundar continuamente su alma y escuchar sus ruegos por la Iglesia naciente. Pero esta experiencia de oración con María para invocar al Espíritu Santo no es algo que pertenezca al pasado. El Papa Benedicto afirma que «en cualquier lugar donde los cristianos se reúnen en oración con María, el Señor dona su Espíritu» (Benedicto XVI: Ibid.). Tengamos el coraje y la generosidad de renovar nuestra oración unidos a la siempre Virgen. Pidámosle a Ella que interceda por nosotros ante Jesús para que, como en las bodas de Caná, se dirija a su Hijo para decirle: «No tienen vino». Con su poderosa intercesión, Ella nos alcanzará un renovado Pentecostés para nuestras almas y para toda la Iglesia. Es necesario señalar el desarrollo doctrinal y la continuidad que existe entre el Evangelio de S. Lucas y los Hechos. Para S. Lucas la Iglesia naciente que se describe en Hch 1,14 es el cumplimiento de la historia de Israel. Todos los demás personajes que aparecen en la infancia de Jesús (Isabel, Zacarías, Juan Bautista, Simeón) han desaparecido, y sólo María permanece en la nueva comunidad. Ella, que viviendo en fidelidad a Jesús se convierte en prototipo del verdadero Israel, es ahora prototipo de la Iglesia naciente. La «Hija de Sión» aparece como el vínculo de unión entre el Nuevo y el Antiguo Testamento.

¿A QUÉ NOS COMPROMETE la PALABRA?

No sólo recordamos un hecho pasado y ya lejano sino que vivimos un acontecimiento actual. La Iglesia vive en ese hoy perpetuo. Siempre es Pentecostés. Abramos nuestro corazón, nuestros hogares y comunidades, la sociedad en que vivimos a esta venida del Espíritu de Jesús. La acción del Espíritu Santo en nosotros con frecuencia la entorpecemos con nuestros pecados personales y sociales. Si hoy no nos entendemos ni incluso los que hablamos el mismo idioma y hasta decimos profesar una misma fe en Cristo, ¿no será que estamos ahogando al Espíritu, resistiendo a su influjo vivificante y unidor, y que, al no dejarnos invadir por El, estamos creando en nuestro tiempo una Babel de locos? Pentecostés nos compromete a buscar caminos de entendimiento, a través del diálogo, desarmando los espíritus

Relación con la Eucaristía

Por la acción del Espíritu, que el Padre derrama sobre los dones de pan y vino que ofrecemos, se hace realidad el admirable intercambio eucarístico y la transformación admirable e inexplicable de esos pobres dones humanos en el Cuerpo y la Sangre del señor: «Te pedimos, Padre, que santifiques, por la efusión de tu Espíritu, estos dones, de manera que se conviertan para nosotros en el Cuerpo y la sangre de Jesucristo, Señor nuestro».

Caliescribe edición especial