Escoger la mejor parte

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 20/07/2019 - 12:27pm
Edicion
430

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

Evangelio: san Lucas 10, 38-42: “María escogió la mejor parte”-

El tema de este Domingo es escuchar y acoger la Palabra de Dios: ésa es la «mejor parte». Dios, el «amigo» de los hombres trabó amistad con los patriarcas, caminó con los peregrinos, visitó a los amigos, participó en las alegrías y en las penas de los hombres.

Dos actitudes

La escena representa el momento de la predicación del Evangelio. Las dos hermanas son dos actitudes: Marta y sus afanes representan a las Comunidades judeo-cristianas, aferradas al pasado, menos atentas a la palabra nueva e inquietas por las tradiciones. María. representa a las Comunidades venidas de la gentilidad, sin el peso del pasado y sus tradiciones, y pendientes y abiertas a la Palabra evangélica.

Como Marta, también los discípulos, durante la misión, se preocupaban de muchas cosas, pero Jesús aclara bien que la cosa más importante es la de tener los nombres escritos en el cielo, o sea, ser conocidos y amados por Dios. Jesús repite a Marta: “Tú te preocupas y agitas por muchas cosas y hay necesidad de pocas, mejor, de una sola”.

Antes de este episodio, un doctor de la ley había reducido los mandamientos a uno solo: «Amarás al Señor sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo»”. Cumpliendo este único y mejor mandamiento, la persona estará dispuesta a obrar con amor como el Buen Samaritano y no como el sacerdote y el levita que no cumplieron con su deber. Los muchos servicios de Marta deben ser realizados a partir de este único servicio verdaderamente necesario que es la atención amorosa a las personas.

Esta es la mejor parte que María ha escogido y que no le será quitada. Marta se preocupa de servir (diaconía). Ella quería ser ayudada por María en el servicio de la mesa. ¿Pero cuál es el servicio que Dios desea? Esta es la cuestión. El comportamiento de María está más de acuerdo con el comportamiento del Siervo de Dios, porque, como el Siervo, ella se encuentra en una situación de oración delante de Jesús. María no puede abandonar esta postura de oración en presencia de Dios. Porque si lo hiciese, no descubriría la palabra de consuelo que llevar a los cansados y desanimados. Este es el verdadero servicio que Dios está pidiendo a todos.

El misterio de la acogida

Jesús llega hoy a nuestra casa, a nuestra vida, con su Palabra, sus sacramentos, el prójimo. Toma la iniciativa y quiere que su presencia y su Palabra tengan la primacía en nuestra vida. Que ellas iluminen el discurrir diario. Escuchar es oír, guardar, obedecer. No se nos llama a dos formas de vida, una perfecta (contemplación), y otra menos importante (acción). Preferible la primera.

El evangelio no debate esa experiencia de contraste entre vida activa y contemplativa. Es problema muy posterior en la ascética cristiana. A María no se le pide orar ni contemplar sino sencillamente escuchar. La primacía de la escucha es fundamental en el discípulo. Preguntémonos si lo es en nuestra vida. Marta y María son inseparables en la vida de cada cristiano. Llamados sin cesar a la escucha y al servicio. El que hoy acogemos es el pobre en quien Cristo es acogido, escuchado y servido.  No olvidemos que un día concreto de nuestra vida será Dios quien nos brinde hospitalidad eterna en su misterio.

Después de las escenas de falta de acogida (por parte del pueblo de samaritanos:  la acogida de Marta y María es significativa. Viene a la memoria una escena también lucana: los discípulos de Emaús. También allí aparece el camino y el acoger en casa y la referencia fundamental a la Palabra de Dios, interpretada en función del misterio de Jesucristo.

Otra escena que podría ofrecerse como paralela, y muy sugerente en la comparación.  Los Apóstoles, en Jerusalén, consideran que no está bien que se ocupen de tal modo de la atención a los pobres que pase a un segundo plano la predicación de la Palabra. Las figuras de Marta y María están allí como aludidas.

Contemplación – acción: María es más contemplativa; le gusta escuchar a Jesús y cultivar su amistad. Marta es muy activa y preocupada con «quehaceres». Y Jesús alaba a María y reprende a Marta. Si destacamos la primacía de la Palabra por encima de todo, la iniciativa de Marta es literalmente, absurda. ¿Cómo puede Jesús apartar a María de la fidelidad a la Palabra? La imagen es fuertemente expresiva.

Es cierto que sería igualmente absurdo pensar en la fidelidad a la Palabra que fuera «desmovilizadora», es decir, que dejara al cristiano simplemente «parado», sin reacción ante las necesidades y urgencias que piden su colaboración y su testimonio. Para no caer en tal interpretación, será bueno recordar el contenido del Domingo anterior: el cristiano tiene la palabra muy cerca de sí, y precisamente esto tiene que hacerle ser realista (¡el buen samaritano!).

El cristiano valora la Palabra por encima de todo en el sentido de vivir con plena fidelidad personal a Aquél que le habla. ¿Significa esto que Jesús no está en favor de la acción, o que prefiere la contemplación sobre la actividad, o la oración sobre el apostolado? De ninguna manera.

Jesús está diciendo dos cosas:

Primero: La oración y la contemplación son muy importantes. No es una pérdida de tiempo. Su amistad tiene valor en sí misma. Pero Jesús no está haciendo una comparación entre la contemplación y la acción.

Segundo: Lo que no estaba bien en Marta no era el hecho de ser muy activa y ocupada en su casa. Estas son cualidades; no tienen nada de malo. Lo que estaba mal era el modo, la actitud de la actividad de Marta. Era demasiado ansiosa; le faltaba paz; no tenía tiempo de escuchar a Jesús y cultivar su amistad.

La Palabra nos invita a vivir en silencio atento la presencia viva y actual de Jesús en nosotros. Y nos da espacio de tiempo para tomar el Evangelio, abrir la puerta a Jesús y escucharlo para conformar con él nuestra vida. La vida cristiana es esfuerzo, pero es también -e incluso prioritariamente- recepción, acogida. En el proceso personal y comunitario hay camino y reposo, misión y comunión, evangelización y sacramento, lucha y fiesta... Bien comprendido: estos aspectos no deben contemplarse como sucesivos y desvinculados entre sí, sino más bien como acentos y perspectivas de una misma realidad indivisible: la fidelidad a Jesucristo.

Esta fidelidad a Jesucristo es la que destaca en la figura de María y en la respuesta de Jesús. Por encima del «servicio» -con demasiada frecuencia sujeto a la preocupación por «tantas cosas»- está el valor absoluto de la Palabra de Dios. Se podría recordar la respuesta de Jesús en las tentaciones: «¡...el hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios!».

También se puede acentuar la actualización que tiene en la vida cotidiana la palabra de Jesús: «... no se la quitarán». La fidelidad a la Palabra es un valor jamás comprometido en sí mismo, sea cual sea la situación del cristiano. Para otras cosas pueden existir impedimentos, dificultades internas y externas: enfermedad, situación social, cultura, economía, etc. La fidelidad a la Palabra es el valor siempre «asegurado». De nuevo, aquí, la referencia al domingo anterior: «...está muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca».

El fruto de acoger la Palabra es la comensalidad con el Señor, su familiaridad, la seguridad de un futuro. Nótese el sugerente paralelismo entre la promesa del hijo de Sara y el «no se la quitarán». También el salmo responsorial: «El que así obra, nunca fallará».

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