Cuaresma, tiempo de silencio y oración

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 20/02/2021 - 12:03pm
Edicion
513
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

Con el compromiso de la santa ceniza iniciamos el tiempo sagrado de la Cuaresma. Unidos al Señor, como Iglesia de Dios en marcha caminamos hacia la gran fiesta de la Pascua: Muerte y resurrección de Jesucristo. Guiados por la palabra de Dios recorramos, con pleno sentido cristiano, esta senda que nos lleva a descubrir las exigencias de nuestra fe en Cristo.

Como preparación a la Pascua, Cuaresma es un tiempo de gracia: las riquezas de la muerte de Cristo y su resurrección, como evento de salvación, están distribuidas y entregadas a nosotros a través de la Cuaresma. - El tiempo de Cuaresma ha sido siempre un tiempo de una especial vivencia de fe para el cristiano. Ha sido vivido como un tiempo penitencial. Sus signos externos así nos lo manifestaban. Era la época del año en que los cristianos vivían con más fuerza y vigor su fe.

Por lo tanto Cuaresma es un tiempo de conversión: aunque la Gracia y total liberación del mal son un regalo, que no podemos tener sin  vaciamos a nosotros mismos de falsas riquezas y valores. Conversión, en el último sentido, es para liberamos a nosotros de valores falsos que nos esclavizan; así podemos crecer de acuerdo a los verdaderos valores concedidos por Cristo.

LECTURAS:

Génesis 9,8-15: «Hago un pacto con ustedes: el diluvio no volverá a destruir a los vivientes»

Salmo 25(24): «Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad»

1Pedro 3,18-22: «El diluvio fue un símbolo del bautismo que   

San Marcos 1, 12-15: «Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían»

La prueba de Jesús

El ministerio de Jesús se inicia bajo el signo del Espíritu pero también bajo la nefasta sombra satánica. Es lamente al final de la actividad y de la vida de Jesús cuando Pascua el primer signo tiene el dominio sobre el segundo. Esto es Cuaresma, la Gracia de la está a la mano. Vivamos de acuerdo al Evangelio y nuestras vidas serán reformadas. Esto es lo que ofrece Cristo a los hombres al anunciar la cercanía del Reino de Dios: la superación del pecado y la intimidad con Dios. La respuesta del hombre será ponerse en marcha como signo de la aceptación en la propia vida de la victoria de Cristo.

Éste es el primer anuncio de Jesús, es su primera buena noticia. Y siempre que habla del Reino lo presenta como un Reino de Amor. El Amor tiene como consecuencia la justicia: un Reino donde todos son tratados con el mismo respeto y la misma dignidad; donde se reconocen a todos los mismos derechos; donde no hay divisiones, ni envidias, ni enfrentamientos. Y donde hay justicia, reina la paz. (expresada en la armonía del ambiente habitado por Jesús: «Vivía con las fieras y los ángeles le servían»).

Las pruebas de la iglesia

- El poder, la gloria y avaricia personal; el doblegarse y venderse en el orden político social engendra la idolatría, el endiosamiento, los mitos corruptores. Sólo UNO es el Señor. El orgullo y la soberbia personal o los grupos predominantes, frente a la apertura y sencillez humilde de la fe. Pruebas eclesiales son también la eficacia temporal, el triunfalismo y dominio; contar sólo con medios humanos.

El Papa Francisco sostiene «cuando el Pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente... E«el Pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo». La Iglesia no necesita recetas mágicas para poder convertirse, sino que debe únicamente ser fiel y escuchar atentamente al Dios que habla, y que lo hizo de manera radical en Jesucristo por medio de la Encarnación.

¿Qué podemos hacer?

«La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle ―poner su morada‖ en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra   dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos   caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual».

Tiempo de «escucha»

El tema de la escucha es también recurrente en el Magisterio del Papa Francisco. Así, en su Mensaje, él nos dice «necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan»...En otro lugar del mismo Mensaje leemos: «la Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios». Que Francisco hable de los profetas no es algo ingenuo, ya que ellos tienen una función social y política que denuncian justamente   indiferencia que el hombre tiene o con Dios o con los hermanos. En Cuaresma se vuelve necesaria una Iglesia más profética que despierte al mundo dormido en la globalización de la indiferencia.

Tiempo de desierto:

En el Evangelio de hoy tenemos la imagen sugerente del desierto. Podemos destacar varias notas. El desierto es: - * un lugar de soledad y silencio. Oímos sólo la voz de nuestra reflexión y de nuestra conciencia. Y nos preguntamos: ¿Hacia dónde nos dirigimos, dónde está la salida? ¿Cuál es la meta y el final? ¿Qué dificultades hay? ¿Con cuáles me voy a encontrar? ¿Cómo las voy a resolver?

Hay que decidirse y empezar a caminar. Hay que ser fuertes y constantes y seguir caminando siempre. Detenerse es morir. Buscar la soledad y el silencio. Huir del ruido, las voces, el ajetreo que no nos permiten detenernos. Reflexionar para no ser superficiales Preguntarnos hacia dónde vamos para recordar, renovar, actualizar las metas, los ideales de nuestra vida que, a veces, por la rutina, los olvidamos y caemos en la mediocridad.

* Lugar de encuentro con la Palabra

La Cuaresma es ocasión propicia para dedicar tiempo a la Palabra de Dios para reflexionarla y asimilarla, porque nuestro ideal es Jesús, pensar y vivir como Él y nuestra meta es la santidad: sean santos porque Dios su Padre es santo; sean perfectos (Lv. 19,2 y Mt. 5,48)...La Palabra de Dios nos recuerda y completa el mensaje de Jesús, que es el camino de la santidad, y su persona y su vida son nuestro modelo.

* Lugar de superación

Reflexionar sobre las dificultades que encontramos. Las que vienen de nosotros mismos: pereza, cansancio, orgullo. Las que vienen de los otros: malos ejemplos, dejarnos arrastrar. Las que nos ofrece la sociedad: modos de vida y comportamiento contrarios al Evangelio. Es necesario procurar conocerlas para evitarlas y superarlas.

La Conversión que nos pide Jesús en el Evangelio, más que liberamos de los pecados, vicios, y toda forma de egoísmo, debe ser llenamos de esperanza y amor a Dios, sentido de justicia, compasión y generosidad. Y, como dos elementos contradictorios, no deben existir en el mismo lugar (un lugar no puede estar, al mismo tiempo frío y caliente), mientras más vivimos de acuerdo al Evangelio, menos vivimos de acuerdo al espíritu del mal (aunque el reverso también es verdad). Así, la conversión no es un compromiso «negativo», sino una positiva y creciente experiencia.

Nuestro compromiso hoy es el camino cuaresmal

La cuaresma es momento propicio para enfrentarnos con la realidad de nuestro ser en Cristo, para aceptar radicalmente los compromisos que adquirimos con él en nuestro Bautismo. La gran tentación nuestra es la de abandonar la fe, abandonar a Cristo y a su Iglesia. Es allí donde las tentaciones de Cristo en el desierto se hacen presentes en nuestra vida. Y nosotros, adheridos a él por la fe en el, podemos derrotar ésa que es la gran tentación de la vida. Emprendamos con fe y decisión el camino cuaresmal. La palabra de Dios nos irá diciendo día a día a qué tenemos que renunciar, de qué nos debemos convertir, cómo debemos adherir a Cristo que nos va llevando, como personas y como Iglesia, hasta las alegrías pascuales.

Relación con la Eucaristía

La Eucaristía es la renovación de este amor de Dios que no falla; sólo fallará si fallamos nosotros. Sólo el que está dispuesto a ser fiel puede participar del Misterio Eucarístico.

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