Cañaveralejo sin toros

Por Guillermo E. U… el Sáb, 19/12/2020 - 11:29am
Edicion
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En pocos meses convenció y conformó a un puñado de neófitos aficionados para traer la fiesta brava


Por Guillermo E. Ulloa Tenorio

Economista de la Universidad Jesuita College of the Holy Cross en Estados Unidos, diplomado en alta dirección empresarial INALDE y Universidad de la Sabana. Gerente General INVICALI, INDUSTRIA DE LICORES DEL VALLE, Secretario General de la Alcaldía. Ha ocupado posiciones de alta gerencia en el sector privado financiero y comercial.


Cuando en febrero de 1892, Tomás Parrondo, mejor conocido como “Manchao”, invitó a los caleños a celebrar la fiesta de lidia de toros bravos, nunca imaginó la ciudad se convertiría en una de las plazas mas postineras y afamadas del mundo taurino.

Don Ulpiano Lloreda González, caleño raizal, quien a temprana edad había mostrado características inequívocas de liderazgo, creatividad e innovación fue el promotor de darle a la ciudad la oportunidad de presenciar la fiesta taurina. En pocos meses convenció y conformó a un puñado de neófitos aficionados para traer la fiesta brava, ya consolidada en Bogotá e Ibagué a Cali.

El domingo 25 de septiembre de 1892 se celebró la primera corrida de toros en improvisada plaza de guadua y madera en lugar aledaño al actual CAM.

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Como circo gitano, Cali no había determinado el sitio ideal para una plaza de toros

Como circo gitano, Cali no había determinado el sitio ideal para una plaza de toros. Por décadas deambulaba de un sitio a otro, hasta que en la década de los años cincuenta y ante la preponderancia de Palmira, como capital taurina, los caleños tomaron la decisión de conformar la empresa.

Liderados por Joaquín Paz Borrero hicieron entrega al entonces alcalde caleño, Jaime Lozano Henao, la iniciativa de la sociedad taurina, quien impulsó el anhelo aficionado y a partir de 1955 se inicio la construcción del actual escenario. Dos años después, el 28 de diciembre de 1957 se inauguró oficialmente la Monumental Plaza de Toros de Cañaveralejo.

La presentación taurina fue tradicionalmente la pareja ideal de la feria de Cali. Ambas celebrarían los 63 años desde su inició, hoy victimas del contagio de la pandemia global.

Después de este atípico y fatídico año, Cali, sus toros y feria jamás volverán a ser igual.

En lejanía remembranza quedará el brillante sol de tardes caleñas de toros, refrescadas por la brisa permanente del rio cañaveralejo, culpable de hacer ondear los capotes y muletas de valientes toreros enfrentados entre la muerte y la gloria con empitonados ejemplares.

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Con pesar y como si se tratará de la icónica vuelta al ruedo del toro ejemplar, estamos presenciando el ocaso de una bella e inolvidable tradición caleña.

Atrás quedará el majestuoso, coqueto y bello desfile de la esbelta mujer caleña, quienes, con bota de cuero en mano, pañoleta al cuello, gafas oscuras y esplendidos sombreros protectores del radiante sol, engalanaron el coso taurino.

Los clarinetes y timbales se silenciarán. No anunciaran el bello cabalgar de la amazona, solemne paseíllo de toreros, cuadrillas y el despertar del ojo avizor del mozo de espadas.

La banda musical entonando el icónico pasodoble escrito e inmortalizado por Helena Benítez de Zapata dando apertura a la mejor feria taurina continental nunca será escuchado igual.

La enigmática ansiedad de interpretar el trapío y aventura de una tarde de toros, comentando y compartiendo un instante, se perderá para siempre en el laberinto del olvido.

Con pesar y como si se tratará de la icónica vuelta al ruedo del toro ejemplar, estamos presenciando el ocaso de una bella e inolvidable tradición caleña.

“Cuando la música suena y en los tendidos se aclama, la emoción y la alegría es tu mas linda faena.” 

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