“Buscando una casita”

Por Héctor de los Ríos el Vie, 18/12/2020 - 6:06am
Edicion
504
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

20 de diciembre, cuarto Domingo de Adviento.

II Samuel 7, 1-5. 8-12. 14. 16: “El reino de David permanecerá para siempre en presencia del Señor”

Salmo 88: “Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor”

Romanos 16, 25-27: Se ha revelado el misterio oculto durante siglos”

San Lucas 1, 26-38: “Concebirás y darás a luz un hijo”

La Anunciación

¿No es fácil encontrar una casa? Ciertamente que para la mayoría de las personas es muy difícil encontrar algún lugar que responda a nuestras necesidades y que esté al alcance de nuestro presupuesto, si es que hay alguno.

Ahora imaginemos que para quien tenemos que buscar esa casa es nada menos que  el Mesías esperado, para el Rey de cielos y tierra, para el Todopoderoso, para El que tiene en sus manos el destino de los tiempos… No nos asustemos y acerquémonos a mirar las exigencias del que está por llegar.

San Lucas se encarga de manifestarnos los deseos y las expectativas de este “enviado” que está por llegar. Lo hace a su estilo y con formas literarias que nos manifiestan no tanto la historia sino la intención de presentar a un personaje extraordinario.

Lo hace utilizando un esquema que se llama “Anuncio” o “Anunciación” y que era muy utilizado no solamente por los escritores bíblicos, sino por otros escritores de la región que buscaban manifestar la importancia de la persona que habían que presentar. San Lucas así lo hace cuando nos introduce en la vida de Juan el Bautista.

Algo tendrá que ver, pues, todo lo que ahora nos dice. Primeramente destaca el lugar. Mientras que para el Bautista nos coloca en la solemnidad del Santuario, entre los inciensos y las ofrendas, para el Mesías escoge Nazaret, ahora reconocida por todos, pero en aquel tiempo totalmente desconocida, jamás nombrada en el Antiguo Testamento, considerada como una región pagana, no está ligada a ninguna promesa o expectativa mesiánica.

Si acaso como lugar cercano al paso entre poblaciones importantes y en una región mezclada de razas ligadas al comercio y expuestas a todos los paganismos. ¿Qué nos querrá decir? No sé, quizás que la salvación llega desde los lugares humildes, ignorados, sencillos y no tanto desde los lujos o las grandes instituciones de Israel.

Zacarías y María

El Anuncio del Bautista nos causaba ya cierto desconcierto porque el Ángel es enviado a dos ancianos estériles, con todo lo que esto provoca entre las malas lenguas vecinas, considerados no propiamente fuertes para educar y sostener a un profeta.

Pero al menos teníamos la justificación de que Zacarías y su esposa eran personas rectas, irreprochables y que seguían en todo la ley del Señor, y los dos considerados descendientes de tribus ilustres de Israel.

Pero para el Mesías al presentarnos a María, no nos dice nada de sus antepasados, y si algún mérito de buena familia tiene es ser la prometida de José, él sí que es descendiente de la estirpe David. No se nos habla nada de observancia de leyes pero ciertamente a José lo presenta como un hombre justo. ¡Pero José no estaba a la hora del anuncio!

Así que, siguiendo nuestra comparación, mientras Isabel ya había perdido toda esperanza de tener un hijo, María no estaba preparada y ni por asomo esperaba en aquel momento tener un hijo. Así nos encontramos con una jovencita, sin blasones importantes de familia, sin títulos ni reconocimientos, como una clara representante de los “pobres de Israel”, que era muy fiel a Dios pero que no tenía ninguna relevancia social.

A la hora del anuncio las reacciones son muy distintas. Mientras Zacarías se llena de temor, se muestra incrédulo, pide pruebas y nunca da su consentimiento, María es muy claro que se sobresalta y hasta se preocupa al sentirse alabada, pide explicaciones porque no sabe cómo puede ser eso, pero al final se pone como esclava y como fiel servidora de la palabra del Señor.

Dos personajes contrastantes, dos actitudes contrastantes y dos resultados contrastantes: mientras Zacarías permanece mudo por su incredulidad, María engendra la Palabra, con rapidez la lleva a las montañas y se transforma en anunciadora del Todopoderoso.

Un sí que compromete

Los días ya se acercan y Jesús busca casa donde nacer. No son muchas sus exigencias  en cuanto a comodidades y riquezas, solamente pide corazones sencillos, compartidos y desapegados de lujos, de riquezas, de honores, y de ambiciones.

Nosotros podemos ahora escuchar esa solicitud de Jesús: “Busco casita”, y apresurarnos a responder con la generosidad de María, con un sí seguro y confiado, con un “fíat” que compromete y dispone, con un “yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, confiando en un amor mucho más grande que el nuestro.

No temamos, también para cada uno de nosotros son las palabras de Gabriel: “Alégrate. El Señor está contigo”. Claro que a nosotros no nos puede decir que estamos llenos de gracia, porque nuestros delitos nos abruman y nuestras miserias saltan a la vista.

Pero el Señor es tan generoso que a pesar de nuestras miserias también nos escoge para pesebre, cueva, o casita, donde pueda nacer el Salvador. No importan las apariencias externas, lo importante es la limpieza interior y la apertura de corazón para recibir a Jesús.

No olvidemos que con Jesús llegan también los pastores, los pecadores, los enfermos, los despreciados… entonces, sí exige una puerta grande y noble para aceptar a todos como hermanos. No podemos poner a la entrada el consabido: “Nos reservamos el derecho de admisión”, porque Jesús, como buen peregrino, llega acompañado de todos sus hermanos, sin hacer distinciones para todo el que acepte su invitación.

Rompe esos abismos que se abren entre pobres y ricos. Destruye las barreras que separan. Ya sabemos su estilo: escoge a los pequeños, no le importa el ruido ni el llanto de los niños y para todos es como un pan, ¿cómo un pan? ¡Para todos se vuelve alimento, luz y vida!

Así, que si de verdad queremos ofrecer nuestro corazón como casa, preparémonos para las consecuencias porque tendremos que vivir al estilo de Jesús y pasar una Navidad bajo sus condiciones, pero si no estamos dispuestos a todos estos riesgos, ¿por qué, entonces, nos seguimos llamando cristianos?

Son los últimos días de este Adviento y el contemplar tan cerca el nacimiento de Jesús nos obliga preguntarnos: ¿Cómo voy a acoger a Dios-Niño que se hace presencia viva y concreta en medio de nosotros? ¿Cómo voy a vivir y cómo voy a expresar a este Dios ternura que se acerca hasta convertirse en uno de nosotros? ¿Cómo voy a dar calor y compañía al recién nacido en mi corazón y en mi casa?

 Señor, por el anuncio de tu Ángel has dado a conocer a María tu amoroso designio de salvación y la has hecho partícipe de la Encarnación, concédenos abrir nuestro corazón y convertirnos, por medio de tu Espíritu, en casa y portal donde nazca Jesús y sean bienvenidos todos los hombres porque son nuestros hermanos. Amén.

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