El camino de la felicidad

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 16/02/2019 - 9:18am
Edicion
408

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

6º  domingo del tiempo ordinario

Evangelio: san Lucas 6,17. 20-26: “Dichosos los pobres…”

Ricos y pobres, pobreza y riqueza, son realidades que conocemos a todo lo largo de la vida. Incluso lo experimentamos como vivencia personal. Somos lo uno o lo otro, pasamos de un campo al otro fácilmente. ¿Pero a la luz de la Palabra de Dios podemos hacer una lectura de esas dos realidades ¿Qué significan en nuestra relación con Dios y con los hermanos? La Palabra nos invita a reflexionarlo.

¿De qué lado estamos?

Es una palabra de Dios que está dirigida a nosotros hoy. Nos invita a salir de la indiferencia y a optar por lo que Dios nos ofrece: su Reino y nuestra plena realización de hombres y de hijos de Dios; o el rechazo del ofrecimiento divino con las consecuencias que trae. Es una decisión que nos dice cuál es la calidad de nuestra fe en Dios y en el Señor Jesús. De qué lado nos encontramos: o de aquellos que ponen su confianza en el Dios que nos ama y nos lleva a él, o del lado de las contingencias humanas, personas o riquezas, que tan fácilmente se esfuman y dejan la experiencia del fracaso en lo fundamental de la vida. No estamos solos en esa opción. De ello depende no solo nuestro destino sino también el de muchos que con nosotros van por el mundo y que se verán afectados por nuestra decisión. Que la sabiduría divina nos ilumine y el poder del Espíritu nos fortalezca en esa necesaria opción de la vida.

Dos caminos

Las palabras de Jesús, en el Evangelio, son una indicación de «dos caminos». Como en el salmo, Jesús empieza por indicar el camino de la felicidad, y sólo por contraste el de la desgracia.

En el Reino Mesiánico son declarados «Bienaventurados», dichosos: los pobres y hambrientos, los que lloran y son perseguidos. Benditos; porque ponen su confianza en Dios. Son declarados «Desventurados»: los ricos y saciados. Los que disfrutan y son alabados por los hombres. Desventurados; ponen su confianza en la carne.

Jesús remarca cómo van a cambiar radicalmente las suertes de los unos y de los otros: Los que fiaron de Dios y no pusieron su corazón en vacuidades, recibirán en el Reino Eterno la recompensa y plenitud de goce. Recompensa que será Vida eterna. Los que se alejaron y olvidaron de Dios y pusieron su amor en lo caduco, en la eternidad sufrirán hambre y sed. Hambre y sed de quien pierde a Dios Estamos invitados a tener de nuestra vida y nuestra presencia en el mundo un sentido integral. Tanto el rico como el pobre tienen un punto de referencia superior, Dios mismo y su plan salvador. Jesús nos ha dado el ejemplo de cómo interpretarlo.

En su encarnación escogió el camino de la pobreza auténtica. Quiso que los ricos de su tiempo aprendieran a usar de los bienes terrenos de que abundaban. Estuvo en sus casas y fue atendido por ellos. Pero les recordó siempre que en un verdadero corazón de discípulo Dios tiene el primer puesto, y junto a él, el hombre, el hermano, el prójimo. Las riquezas son fuente de servicios, no ídolos a los que se sacrifica lo más sagrado que tenemos como es nuestra misma vida y nuestro destino. Caminos para realizarlo en la sociedad se han inventado. Pero el camino verdadero es la «unión entre justicia, caridad, verdad y paz», nos lo ha recordado el Papa Benedicto XVI. Más allá de las frágiles soluciones políticas hay que entrar en el misterio de Dios que es la fuente de todo amor y de toda justicia.

La pobreza evangélica

Es salirse del Evangelio dar sentido sociológico a la fórmula hoy de moda: «Iglesia de los pobres». Es «pobre» en sentido evangélico todo aquél que se sabe y se reconoce necesitado de la gracia de Dios y confiesa humildemente que nada es y nada puede de sí mismo; pero que todo lo puede en Aquél que lo conforta E, igualmente, es pobre evangélicamente el que coloca los bienes terrenos o riquezas en su verdadera escala de valores, los usa con desasimiento y como «medios» y no como fin. Hacer del Evangelio un programa o bandera de lucha de clases es o ignorancia o sacrilegio.

Es «anti-discípulo»: a) El avariento y egoísta que limita sus preocupaciones a lo terreno y material, b) El duro de corazón que cierra sus entrañas y su mano a los pobres y desvalidos, c) El arreligioso que niega o prácticamente no acepta su dependencia de Dios. Todas estas actitudes equivalen a idolatría o culto de «Mamón»= espíritu del mal.

Relación con la Eucaristía

La vida Cristina no es sólo escuchar un mensaje profético e intentar vivir de acuerdo con él. Jesús no es sólo la Palabra, sino también la Vida. La Misa dominical, la Eucaristía en sí misma, comporta el anuncio de la Palabra, pero ésta conduce siempre al Misterio de la Pascua del Señor: es el Misterio del camino de la felicidad, iniciado por Jesucristo mismo.

En la Eucaristía y en los demás sacramentos, podemos experimentar, en la fe, que la vida del cristiano es, ya «ahora», participación en el mundo de la resurrección.

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