Dios, ¿ausente?

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 16/01/2021 - 12:13pm
Edicion
508
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

"Vieron dónde vivía y se quedaron con Él" -San Juan 1, 35-42

En medio de la pandemia, en el dolor y en el silencio, han surgido voces que gritan: “¿Dónde está Dios?”, incluso alguien se ha atrevido a decir que Dios tiene coronavirus, pregonando una ausencia de Dios y afirmando que el hombre en estas circunstancias se está olvidando de Dios. Pienso que es todo lo contrario. Es en estos momentos de soledad y de intimidad donde buscamos y descubrimos a Dios muy dentro del corazón, con toda su verdad, con toda su ternura y dando el sentido a nuestra vida.  Creo que este momento es muy propicio para encontrarnos de verdad con Dios. Un verdadero y sincero encuentro. De esos encuentros que cambian la vida y transforman a las personas. que parece imposible no haberlos tenido antes porque se dan de una manera tan íntima y personal que pareciera que toda la vida los estuviéramos esperando. 

En el evangelio de hoy, Juan nos relata el encuentro de los primeros discípulos con Jesús. No es la narración periodística de un encuentro, sino la narración de un momento que ha transformado la vida y que después puede ser narrado en detalles y símbolos que en un primer instante pudieran pasar inadvertidos. Dos discípulos de Juan escuchan a su maestro expresarse sobre Jesús como el “cordero de Dios”, y sin preguntas o vacilaciones, con la misma ingenuidad que el joven Samuel que hemos contemplado en la primera lectura, siguen a Jesús, es decir, se disponen a ser sus discípulos, lo que implicará un cambio definitivo para sus vidas. ¿Por qué siguieron a Jesús? ¿Simple curiosidad? ¿Qué los impactó más? Ciertamente la presentación que hace Juan Bautista diciendo que Jesús es “El Cordero”, implica toda una tradición muy viva en la cultura judía, pero esto no parece ser el motivo de su seguimiento.

Al verlos Jesús, entabla un diálogo con ellos: “¿Qué buscan?”, como cuestionando hasta dónde están dispuestos a seguirlo. Cuando ellos responden: “¿Dónde vives, Maestro, Rabí?”, realmente están preguntando mucho más de su persona, de su presencia y en cuáles ámbitos lo podemos encontrar. Jesús simplemente les dice: “Vengan y lo verán”. Estos buscadores desean entrar en la vida del Maestro, estar con él, formar parte de él. Y Jesús no se protege guardando las distancias, sino que los acoge y los invita a su morada. Este gesto simbólico se ha comentado siempre como una de las condiciones de la evangelización: no basta dar palabras sino hechos, no teorías sino vivencias, no hablar de la buena noticia sino mostrar cómo la vive uno mismo. O sea: la evangelización no tiene que ser una lección teórica, sino un testimonio, el evangelizador no es un profesor que da una lección, sino un testigo que ofrece su propio testimonio personal. 

En días pasados alguien que estuvo grave de Covid,  comentaba: “hasta ahora que estuve enfermo y solo, he encontrado a Jesús y ¡Mire dónde lo vine a encontrar! ¡En el dolor y la enfermedad!” Hoy también a nosotros Jesús nos dice que para conocerlo se necesita experimentar donde Él vive: en su Palabra, en su Eucaristía, en la vida de los pobres y sencillos, en los enfermos y despreciados, en la soledad y en la impotencia. La pobreza y sencillez siguen siendo el ámbito de Jesús, sólo quien quiere permanecer ciego no lo puede descubrir. Quizás tengamos miedo de encontrarnos con Jesús y prefiramos declarar su muerte o su ausencia… pero ahí sigue Jesús viviendo muy cerca de nosotros, compartiendo la vida, es más, amándonos, aunque nosotros no queramos reconocerlo. Nada puede sustituir la experiencia de fe personal, honda e íntima, de donde nacerá el deseo de seguir e imitar a Jesús. El culmen del proceso cristiano está en la experiencia de Jesús como aquellos discípulos que “Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día”.

El impacto de la vivencia, del testimonio, conmueve a los discípulos, y ellos se convierten en mensajeros que atraerán a nuevos discípulos. A Pedro hasta el nombre le cambia para indicar la profundidad de este encuentro. Seguir a Jesús, caminar con él, no puede hacerse sin haber tenido una experiencia de encuentro con él. Pero también una vez encontrado Jesús, no podemos continuar con nuestra vida gris e indiferente. Encontraremos un verdadero impulso y una nueva fuerza para servir a los hermanos al estilo de Jesús, para dar a conocer, con obras más que con palabras, su persona y su vida. Será urgente convertirnos en misioneros de su Evangelio.
 

Ciertamente la vida actual está llena de ruidos, de prisas y ahora de incertidumbres, pero eso no nos da el derecho de decir que Dios no existe o que está ausente. Necesitamos escuchar la Palabra de Dios, guardarla en nuestro corazón. Cuando Samuel (primera lectura) escuchó el llamado de Dios, se dice que en aquel tiempo la palabra de Dios era escasa. Y uno se pregunta, si la palabra de Dios es escasa o nosotros estamos tan sordos que no queremos escucharla, perdemos la capacidad del silencio, la capacidad de escuchar en nuestra interioridad la voz de Dios que nos habita. Dios puede continuar siendo aquel desconocido en el cual estamos inmersos y rodeados por su amor. Hoy debemos hacernos una serie de preguntas y disponer nuestro corazón para responder sinceramente al Señor. ¿Estoy dispuesto a reconocer a Jesús en mi vida cotidiana y permitir que trastoque mis intereses más profundos? ¿Puedo, como Pedro, no sólo cambiar mi nombre, sino mis actividades y prioridades? ¿Estoy dispuesto a tener un encuentro profundo con Jesús en estos momentos y en estas situaciones? ¿Qué medios estoy poniendo para que pueda realizarse?

Padre bueno, que en Jesús nos muestras todo tu amor y quieres encontrarte con cada uno de nosotros, dispón nuestro corazón conforme a tus deseos y permítenos ese encuentro profundo que transforme nuestras vidas en un verdadero seguimiento de Jesús. Amén

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