Ascensión del señor

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 15/05/2021 - 2:29pm
Edicion
525
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

La Pascua es un acontecimiento en tres dimensiones:

->: la Resurrección del Señor,

->: su Ascensión al cielo

->: y Pentecostés (el Espíritu Santo enviado por el Señor).

Últimamente las liturgias dominicales han puesto énfasis en la Resurrección. Este Domingo celebramos la Ascensión, y en el texto de los Hechos de los Apóstoles leemos el relato histórico de los últimos momentos de Cristo en la tierra, antes de su regreso al cielo.

LECTURAS:

Hechos de los Apóstoles 1,1-11: «Lo vieron levantarse»

Salmo 47(46): «Dios asciende entre aclamaciones»

Carta de los Efesios 4, 1-13: «Lo sentó a su derecha en el cielo»

San Marcos 16, 15-20: «Fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios»

Nueva presencia de Cristo Resucitado

En el contexto de las narraciones, se pueden apreciar algunos aspectos esenciales: - - el fin de la presencia visible de Jesús, - su glorificación,- su nueva presencia en la Iglesia - y la promesa de su venida futura al final de los tiempos.

La doctrina del Nuevo Testamento completa la perspectiva: - Jesús se queda siempre con los suyos, aunque de modo invisible y eficaz; - ha ido a preparar un lugar para los suyos, para que estén también glorificados junto a él ; - ha subido al cielo como «cabeza» de su Cuerpo que es la Iglesia ;- desde el cielo enviará el Espíritu Santo.   - Jesús intercede siempre por los suyos ; - ha subido al cielo como «esperanza» y garantía de nuestra glorificación .   - da sentido a la vida cristiana, como vida que encuentra su plenitud participando en la glorificación de Cristo, como «vida escondida con Cristo en Dios».  

El significado salvífico-eclesial de La Resurrección de Jesús tiene su complemento en su Ascensión, con facetas nuevas, como exaltación de su humanidad para poder enviar el Espíritu Santo y significar la glorificación futura de toda la humanidad en el más allá. Con la muerte y resurrección, la ascensión es también causa de salvación y alimento de la fe y de la esperanza .  «Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor... nos volvió a la vida junto con Cristo... nos resucitó y nos hizo sentar con él en el cielo». La Ascensión es el triunfo de Jesús, Rey del universo (cfr. 1Pe. 3,22). La Iglesia celebra este acontecimiento en el contexto del Misterio Pascual, a los «cuarenta días» de la Resurrección y diez días antes de Pentecostés. Al «recordar» la Ascensión, el misterio acontece, no sólo por la nueva y permanente presencia de Jesús glorificado entre nosotros, sino también por la actualización del mismo misterio por medio de los signos litúrgicos y sacramentales. La gracia de la Ascensión se comunica de modo eficaz, sin condicionamientos temporales.

El significado misionero

El mandato misionero, que Jesús comunicó a su Iglesia el día de la Ascensión, da pleno significado a la fe en este misterio, así como a su celebración. El hombre concreto, la humanidad entera y el cosmos ya pueden encontrar su dinamismo definitivo, puesto que la salvación que Jesús comunica abarca: el ser integral del hombre (también con su corporeidad), toda la humanidad, toda su historia y toda la creación, en marcha hacia «el cielo nuevo y la tierra nueva».

Contemplación, vivencia, misión:

La Ascensión del Señor indica su nueva presencia entre nosotros. Con el envío del Espíritu Santo, nos hace ser su expresión («testigos») y su «complemento». Somos parte de su biografía. Quiere actuar con nuestra pobre colaboración. Su gozo es podernos presentar al Padre como prolongación suya en la historia. Para vivir esta realidad, hay que pasar días de «cenáculo» «con María la Madre de Jesús», revisando la propia vida e implorando que venga el Espíritu Santo.

Nuestra vida está injertada en la misma vida de Cristo. Ya no estamos solos. Ocupamos un puesto peculiar en su Corazón, participamos de su misma vida. Él ya comparte con nosotros su glorificación. Quiere seguir construyendo la historia por medio de nosotros, que somos su familia («Iglesia»), la visibilidad de su donación. El Espíritu Santo, que formó a Jesús en el seno de María, nos transforma ahora - en el corazón de María y de la Iglesia- en testigos del nuevo proyecto de Dios-Amor: una historia que se construye y se escribe amando a Dios y a todos los hermanos, sembrando día a día solidaridad y gratuidad, para llegar al encuentro definitivo con Cristo glorioso.

En el momento de su Ascensión Jesús no sólo habló sobre el cielo y la vida futura, y de seguirlo a él al cielo después de la muerte. Jesús habló, igualmente, sobre la tierra y sobre la responsabilidad de todo discípulo de llevar el Reino de los cielos a este mundo. - La gloria de la Ascensión al cielo es una llamada para todos, pero como última etapa de una vida vivida de acuerdo con esta llamada. El cielo de cada hombre se prepara y de alguna manera se anticipa en este mundo. Esto es lo que quiere decir la predicación y promoción del Evangelio del Reino, aquí y ahora. No debe entonces sorprendernos que el acontecimiento de la Ascensión del Señor sea también el acontecimiento del comienzo de la misión de la Iglesia en el mundo entero: «Vayan y hagan discípulos en todas las naciones»... y así en adelante.

El cielo de cada hombre se prepara y de alguna manera se anticipa en este mundo. Esto es lo que quiere decir la predicación y promoción del Evangelio del Reino, aquí y ahora. No debe entonces sorprendernos que el acontecimiento de la Ascensión del Señor sea también el acontecimiento del comienzo de la misión de la Iglesia en el mundo entero: «Vayan y hagan discípulos en todas las naciones»... y así en adelante. Algunos discípulos deseaban seguir contemplando a Jesús en el cielo, pero Jesús los envía de vuelta a trabajar por el bien de los demás: «¿Qué hacen ustedes mirando al cielo?».

En el Cristianismo: contemplación y oración, apostolado y compromiso van siempre juntos. Es muy difícil para nosotros imaginar nuestra vida más allá de la muerte, ya que sólo tenemos la limitada experiencia de vivir de acuerdo con tiempo y lugar, mientras que Dios y el cielo y la vida eterna no tienen tiempo y lugar en el sentido terreno.

Desprendámonos de nuestra imaginación al tratar de estos hechos que están más allá de nuestra experiencia. S. Pablo dice: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman». Renunciemos a tratar de entender los «cómos», los detalles externos, y apeguémonos a la fe substancial de la Iglesia: creemos que después de la muerte encontramos a Dios ... Morimos entre las manos misericordiosas de Dios; creemos que nuestra persona entera -cuerpo y alma- serán llenados con la propia felicidad y plenitud de Dios; creemos que esta plenitud es perdurable y siempre renovada.

Para contemplar y vivir la Palabra:

Escuchemos una palabra autorizada del Magisterio de la Iglesia, que nos orienta para interiorizar la Palabra, en el Misterio de la Ascensión del Señor, y para orarla y vivirla: - «El Señor arrastró cautivos cuando subió a los cielos, porque con su poder trocó en incorrupción nuestra corrupción. Repartió sus dones, porque enviando desde arriba al Espíritu Santo, a unos les dio palabras de sabiduría, a otros de ciencia, a otros de gracia de los milagros, a otros la de curar, a otros la de interpretar. En cuanto Nuestro Señor subió a los cielos, su Santa Iglesia desafió al mundo y, confortada con su Ascensión, predicó abiertamente lo que creía a ocultas» (San Gregorio Magno, Papa).

Relación con la Eucaristía

En la Eucaristía celebramos el Misterio Pascual, la Muerte, Resurrección y Ascensión del señor, «hasta que Él vuelva». Por eso la Eucaristía nos proyecta más allá de nuestra situación presente, a abrirnos a la eternidad a la cual somos llamados.

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