Mi primer encuentro con el Atletismo

Por Yesid Sandoval el Sáb, 11/04/2020 - 6:05am
Edicion
468

Yesid Sandoval

 Presidente Liga vallecaucana de atletismo 


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¿Guacandá? Me preguntó el funcionario de la embajada americana, el día que viajé a solicitar mi visa para poder ir a trabajar al exterior como entrenador de atletismo, en el año 2008, esto gracias a una corta pero exitosa carrera como formador de talentos deportivos.

El hombre se refería a si ese era el nombre de mi barrio, ubicado en Yumbo Valle del Cauca, el gringo con ojos azules y hablando un español medio escueto, me hizo la siguiente pregunta: “Profesión míster Sandoval”. Fue en ese momento que se congeló mi mente, recordé mi pasado, mi barrio, sus calles, mi gente y por todas las cosas que había pasado hasta ese momento: (recolector de tomate, frijol, algodón, millo, cebolla. Sin dudas eran años de la abundancia agrícola.

Entre otras cosas que recuerdo, no podría dejar de lado que fui payaso, reciclador de vidrio, papel, hueso, ayudante de construcción, cuidador de carros, en fin, acá nos quedaríamos si les hago un hoja de vida amplia y las historias de cada una de estas ocupaciones que desempeñé con orgullo.

Sin duda el oficio que me tenía frente a ese señor y quizás la puerta para la entrada a este mundo deportivo,increíblemente, vendedor de empanadas, sí, aunque suene raro. Se preguntarán y eso ¿por qué?

Trascurría el año 1989, yo era el chico que vendía las famosas empanadas de doña Mery, la señora del billar, (mi tía). En ese entonces el fútbol estaba en pleno auge y Colombia clasificada al mundial de Italia 1990 (famoso gol de Fredy Rincón y la embarrada de Rene Higuita); aparte de que hacía 30 años teníamos en nuestro sector, tres canchas de fútbol famosas en Yumbo, la ladrillera, cerámicas y Titán; cada una de ellas a reventar cada fin de semana.

Estos escenarios deportivos albergaban torneos de alto nivel y mucho público, por supuesto ahí estaba yo con mi canasto surtido, con buen ají casero y mis servilletas listo para  realizar el recorrido como cada semana, después de terminar mis labores de estudiante en la escuela Titán.

Una de las anécdotas que tanto recuerdo, es los intermedios de los partidos, donde los chicos teníamos la costumbre de entrar a las canchas con nuestras pelotas viejas y rotas, cual pibe Valderrama a hacer jugaditas y divertirnos con el popular rompe tapa. 

Eran los 15 minutos más esperados y a la vez, no sé por qué se pasaban tan rápido, sólo el silbato del árbitro, el señor de negro, y la presencia de los jugadores,hacían que todos abandonáramos el campo de juego para convertirnos en espectadores nuevamente, en mi caso en el vendedor de las empanadas con buena carne.

Un día no sería igual, todo cambiaría para mí. Después de esconder mi canasto con el producto que vendía,  ingresé al intermedio de un juego de fútbol para convertirme en el ‘pibe de mi barrio’. Luego de jugar durante los 15 minutos de gloria que duraba el receso del partido, ya era momento de evacuar la cancha para que el show continuara y al buscar el cesto que guardaba el producto para vender, lo encontré vacío. 

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Cinco mil pesos $5000 era el botín para el ganador, el segundo puesto recibiría un balón, el cual en otras circunstancias, sería genial para mí

En mis cortos 11 años de vida acababa de ser víctimade los delincuentes de estómago, ni siquiera me dejaron el ají  ni las servilletas, pero sí un tremendo lio, sin producto para vender, ni plata para responder. Muy aburrido y desesperado por la situación, sabía que la única forma en que se pagaban esas deudas, era a punta de chancleta, cosas de la época.

Camino a casa de mi tía y dispuesto a contar la verdad, pasaba por la caseta comunal, mientras un parlante anunciaba en medio de una kermes, (Evento muy popular en esos tiempos para recolectar fondos para las actividades de los barrios), encostalados, banquitas, y vara de premios, entre otros, pero lo que me llamó la atención era como anunciaban una carrera atlética, la cual, tenía premiación en efectivo, preciso lo que yo estaba necesitando para solucionar el problema. 

Cinco mil pesos $5000 era el botín para el ganador, el segundo puesto recibiría un balón, el cual en otras circunstancias, sería genial para mí, pero el dinero era mi inspiración, más que eso, era una necesidad.

Entre otras cosas, surgió un problema más. La inscripción a la carrera costaba $200 pesos, que entre mi tío Leónidas y Eisenhower, quienes estaban en medio de la organización  por ser parte del Comité de Deportes, me regalaron el dinero, pero debía prometerles sacar la cara por la gente de mi barrio.

Mientras la carrera estaba a punto de iniciar y parado en la zona de salida, me di cuenta que no era una, ni dos, tocaba darle tres vueltas a mi barrio con todas sus calles polvorientas. Los nervios pasaban a segundo plano, pues era ganar o ganar, no tenía otra opción; era plata o pela. Mis rivales, unos chicos más grandes y de diferentes barrios como: el Municipal, Belalcázar, Lleras, Bellavista, en fin, de todo Yumbo.

Algo dentro de mí me dijo que no me faltaba nada, por el contrario me sobraba y eso era mis zapatos, ya que era campeón mundial para correr en la cabuyera y andar en charcos a pie limpio. Pues bien, antes de que sonara la pistola, perdón (el pito) me quité el calzado y se los pase a mi tío leo (Leonidas), no podía arriesgarme a dañarlos, pues eran los únicos que tenía para todo, (estudiar, jugar y pasear),  dañarlos sería una gran pérdida y de esa pela, ni ganando la San Silvestre me salvaba.

Sin vuelta atrás y la suerte echada, arrancamos. Al paso por la primera vuelta yo me ubicaba en el quinto lugar, no sabía que existía la técnica de carrera, mucho menos qué era dosificarse, ni para qué era la estrategia, sólo estaba seguro de que la gallardía y la verraquera era mi única herramienta, aún más cuando, por lo que podía escuchar, era el mejor posicionado de todos los niños de mi sector.

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Saqué fuerzas de algún lado, llegué triunfante a la caseta comunal, caí al piso y no paraba de llorar

Para la segunda vuelta crucé en la tercera posición, tomé aire profundo y me lancé a la cacería de los otros 2,  a quienes podía ver a tan sólo media cuadra, el apoyo y ánimo de mi gente no me dejaba desfallecer, aparte no dejaba de pensar en que debía ganar para recuperar lo perdido en la cancha de fútbol.

Me aventaban tarros de agua, me acompañaban en ciclas mazamorreras, en fin, cuando pasé por enfrente de mi casa y vi a mis familiares y vecinos saltar como niños, dándome esa voz de aliento y diciéndome que yo era el mejor, a tan sólo tres cuadras de la meta, los pasé, cual correcaminos escapando del coyote, (por cierto, mis dibujos animados favoritos),  

Saqué fuerzas de algún lado, llegué triunfante a la caseta comunal, caí al piso y no paraba de llorar, en parte por el dolor en todo mi cuerpo, (con el tiempo me di cuenta que era el ácido láctico lo que causaba esa fatiga tan intensa), pero también lloraba de felicidad, me sentía ganador. 

Desde ese día entendí que todo en la vida es con sacrificio, que en adelante nada sería regalado y tendría que ganarme todo a pulso, que el apoyo de tu familia y tus seres queridos son fundamental en la vida.

Lo mejor de todo, fue cuando conté a mi tía lo sucedido, ella sin vacilar me perdonó la deuda y me pude comprar un balón y unos guayos de fútbol, pues aunque parezca increíble,mi historia como atleta de verdad se demoraría 4 años más…. 

Continuará.

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