Shakespeare en tiempos de COVID-19

Por Efraim del Cam… el Sáb, 09/05/2020 - 2:05pm
Edicion
472

Efraim del Campo Parra

Politólogo con maestría en Política (Sheffield, UK), y ciencias políticas y relaciones internacionales (Ginebra, Suiza). He sido consultor en programas de desarrollo económico sostenible para la Organización internacional de Trabajo (Suiza) y la Cámara de Comercio Hispanoamericana de Carolina del Norte. Especialista en desarrollo sostenible y política pública.


Es increíble lo que ha pasado la última semana. Escandalo tras escándalo, uno se ha quedado anonadado por la crisis institucional y falta de realidad que tienen nuestros gobernantes. Para ser honesto, creo que yo esperaba que ocurrieran casos de corrupción en municipios alejados que tradicionalmente han sido controlados por mafias o clanes políticos. Lo que no me sorprendió es el nivel de derroche y corrupción que vemos desde el gobierno central.

¡Ojo! La corrupción no es solo aquel acto que está tipificado en el código penal y administrativo, en donde personas captan o se favorecen de recursos públicos. Tal y como lo narra Shakespeare, la corrupción también son aquellos actos que no están ceñidos por imperativos morales y éticos de lo que es justo y verdadero. En diversas obras este autor explora de manera crítica como los legítimos y carismáticos gobernantes (i.e. Rey Richard II o Claudius) socavan Estados y generan sufrimiento a partir de actos moralmente cuestionables. Por ejemplo, en la Tragedia de Hamlet la corrupción se manifiesta en una atmosfera de decadencia, en donde las imágenes de venganza, enfermedad, pestes, descomposición y veneno preponderan sobre las demás.

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Es verdad cuando el señor Hassan Nassar, consejero presidencial para las comunicaciones, dice que el Estado no debe dejar de funcionar

En la última semana he caído en cuenta sobre la relevancia que tienen las tragedias de Shakespeare para entender lo que está pasando en Colombia. Dirigentes corruptos, chuzadas y derroche del gobierno central no es más que un reflejo de una sociedad que ha perdido sus valores morales y principios éticos. Adam Smith en su libro The Theory of Moral Sentiments (1759), decía que las personas tenemos una tendencia natural a buscar nuestro interés propio. Sin embargo, como criaturas sociales, también estamos dotados de una simpatía natural hacia los demás.

Es verdad cuando el señor Hassan Nassar, consejero presidencial para las comunicaciones, dice que el Estado no debe dejar de funcionar. Lo que no es cierto, es que el Estado deba seguir funcionando como lo venía haciendo antes del COVID-19. No sé si en Palacio se han dado cuenta, pero la coyuntura actual requiere de un cambio en las prioridades y formas de gobernar. Hoy lo que necesitan millones de colombianos es un Estado con más empatía hacia los demás, en donde los pocos recursos disponibles que tenemos se direccionen a dar solución a problemas urgentes en los hogares. Creo que hablo por la mayoría de los colombianos cuando digo que los gastos en seguridad o estrategias de comunicación para “mejorar posicionamiento del presidente Duque” no benefician a una inmensa mayoría de colombianos que se acuestan sin comer, o no tienen para pagar su alquiler el próximo mes o están rodeados por grupos ilegales.

Tal y como lo describía Shakespeare en sus tragedias, la corrupción se refleja en la decadencia de una sociedad. En el caso de Colombia, se refleja en aquellos colombianos enfermos, muertos o con hambre. En una clase política que desde revanchismos y oportunismos toma decisiones que benefician a unos pocos y aportan poco o nada a la solución de los problemas. En unas instituciones que restringen las libertades y socavan los valores democráticos persiguiendo a los que piensan y actúan críticamente; o en una sociedad que discrimina al personal médico por estar “expuestos” al COVID-19. 

Me preocupa de sobremanera lo que está pasando en Colombia, y mucho más que no se tenga la intención de hacer algo para cambiar. Es difícil mantener el optimismo y creer que podemos ser mejor, cuando la sociedad solo quiere “seguir funcionando”. Tal y como dijo Francisco a Bernardo en Hamlet, “I am sick at heart”.

Adenda: Lo que está pasando en Venezuela parece una pelea entre niños caprichosos. ¿Será que el presidente (imaginario) Guaidó no sabía de la incursión en tiempos de COVID-19?

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